
Presencia de Linda Kohen
Inauguración y recorridos
Este Premio Figari no es igual al de años anteriores. La pandemia impone sus reglas, sus protocolos, sus cuidados.
De modo que la celebración del premio, que antes se concentraba en una sola velada de inauguración, este año conocerá otro formato, se segmenta en tres días.
En primer lugar, se realizará una ceremonia de entrega del XXV Premio Figari el día miércoles 8 de diciembre, en la que participarán las autoridades del Ministerio de Educación y Cultura y del Banco Central del Uruguay e invitados especiales, la familia cercana de Linda Kohen y sus allegados. A este evento solo se puede asistir con invitación.
El día siguiente, jueves 9 de diciembre, a partir de las 15 hs y hasta el horario de cierre del museo, Federico Arnaud, curador de la exposición antológica de Linda Kohen, realizará recorridos comentados por la muestra. Y a partir de las 16 hs y hasta las 18 hs, del mismo día, contaremos también con la presencia de Linda que recibirá a quienes quieran saludarla. Este horario holgado nos permite la circulación de los visitantes y el mantenimiento del aforo y las medidas sanitarias correspondientes.
Finalmente, el viernes 10 de diciembre, velada de Museos en la Noche, Linda también estará presente en su exposición del primer piso del museo, entre las 19 y las 21 horas, para charlar con los visitantes.
Personalidad muy querida y admirada en el ambiente artístico, Linda Kohen, a sus 97 años, nos obsequia con su presencia y su bonhomía, una lección de vida y compromiso con el arte. Para que nadie quede sin poder saludarla y charlar con ella en este más que merecido reconocimiento.
https://www.museofigari.gub.uy/
Biografía Linda Kohen
Pienso en cuándo fue la primera vez que tuve contacto con las artes plásticas. Fue en la escuela. Tendría unos siete años y, en clase, tuve que dibujar y pintar unas flores. Recuerdo que pinté unas margaritas con acuarelas y recuerdo que le di un tono rosado a la punta de los pétalos. A la maestra le gustó tanto mi trabajo que me pidió que fuera a la oficina principal para mostrársela al director. Qué gran orgullo.
Mi padre era artista; pintó y dibujó muy, muy bien y de alguna manera siempre me mantuvo en contacto con la belleza. Los domingos por la mañana, cuando me llevaba a pasear, me enseñaba a admirar -en el suelo hecho con piezas de mármol de nuestra famosa Galleria- los fósiles. Los estudiamos por sus formas o por su esencia. Las salidas fueron en general visitas a un museo. Le encantó, en la pinacoteca de Brera, la obra del siglo XIX y juntos admiramos especialmente la de los hermanos Induno y Giacomo Favertto.
No recuerdo exactamente cuándo, pero tengo muy presentes algunas clases de dibujo a las que asistí cuando tenía unos diez o doce años; Recuerdo que tuve que copiar algunos moldes de yeso de obras griegas y romanas. Otro recuerdo de mi dibujo, creo, fue en 1938, cuando se estrenó en Milán la película de Walt Disney de Blancanieves. Hice varias copias de las escenas de la película; Los dibujé con tinta china y los pinté con acuarelas; Todavía conservo uno de ellos.
Cuando tuvimos que emigrar, y por varios motivos no pude seguir estudiando una carrera, me dediqué por completo al dibujo y la pintura.
Empecé a ir al estudio de Pierre Fossey, de quien guardo hermosos recuerdos. El estudio estaba en la Plaza Independencia.. Ese taller fue de mucho interés, tanto para la docencia como para los compañeros que lo frecuentaban. Allí dibujé muchos paisajes ‘dal vero’ con técnica de carboncillo, por ejemplo la plaza, el Teatro Solís , alguna casa vieja, o lo que pude ver desde la ventana del estudio, y también retratos de mis compañeros. Eran dibujos y pinturas al óleo.
Durante ese tiempo, 1942, participé en una muestra colectiva de arte femenino en la galería Moretti cuando estaba ubicada en la calle Ciudadela . Apareció una crítica de ese programa en El Día. periódico firmado por Eduardo Vernazza. Me gustó esa nota. Busco a Vernazza y le pedí que me diera lecciones; el acepto. Solía venir a la casa a darme lecciones, al mismo tiempo posaba para mí y me enseñaba. Me enseñó nuevas técnicas y una forma diferente de ver. Fue un período muy prolífico. Guardo muchos retratos de esa fase; muchos de ellos son retratos de Vernazza. Yo solía dibujarlo; a veces lo pinté de cuerpo entero, a veces pinté partes de su cuerpo: manos, orejas… con gran prolijidad y minuciosidad.
Eso fue de 1944 a 1946, año en que me casé y me fui a vivir con mi esposo a Buenos Aires, donde seguí trabajando. Me llevé mi equipo de pintura a mi luna de miel. Me recuerdo en medio del patio del hotel, en Villavicencio, Mendoza, con mi caballete portátil, feliz y pintando.
Cuando nos instalamos en Buenos Aires, donde vivía mi querida amiga Chola, también pintora, sigo trabajando, y además estoy embarazada de mi hija Martha. Solía ir a sesiones de dibujo con modelos en vivo (desnudas) en una hermosa casa antigua en Florida Street. Fue el Círculo de Bellas Artes. Era fines del año 1946. Al mismo tiempo, mi esposo me puso en contacto con un maestro de la pintura argentina, Horacio Butler. Empecé a ir a sus clases en su estudio de la calle Arenales frente a la plaza. Fue un período muy alegre. Continué las clases hasta finales de junio de 1947 cuando vine a Montevideo para dar a luz. En ese momento, se desconocía el sexo del bebé hasta el nacimiento; era mi hermosa Martha.
La enseñanza de Butler fue excelente: fue pintura, ejercicio de armonía y proporciones, división del espacio, estudio del espectro cromático, de valores.
Y pinté bajo la dirección de Butler hasta el año 1948, cuando decidimos volver a Uruguay. Las pinturas que conservo de esa época son: muchos estudios de desnudos, algunos paisajes, algunos retratos y estudios de objetos, con distintas paletas.
Cuando volví a Montevideo en 1949, decidí volver al estudio de Torres-García. Estar en ese estudio me ha enriquecido. El Estudio ha sido uno de los grandes movimientos de las artes plásticas, no solo en Uruguay. El ambiente dentro del Estudio era prácticamente religioso. Había un gran respeto y admiración por el maestro y una actitud de disciplina, seriedad y trabajo, mucho trabajo.
Julio Uruguay Alpuy estaba a cargo del estudio en ese momento, un gran artista, un gran hombre, un gran amigo. Sus clases en el gran espacio del ateneo fueron muy importantes, duras en verdad, de tremenda exigencia. Durante un año, Alpuy no me permitió tocar un cepillo. ¡Fue dibujar, dibujar, dibujar! Fuimos un grupo que trabajamos muy duro y humildemente tratando de olvidar lo previamente estudiado para poder absorber las nuevas teorías y enseñanzas sin prejuicios. Aún tengo muchos amigos entre los compañeros de esa época.
En 1950 nació mi hijo Roberto.
¡Siento que, contra todo pronóstico, me las arreglé para cuidar a los niños y pintar!
Después de un tiempo, Alpuy se fue al exterior y Augusto Torres lo siguió. Augusto era un hombre encantador y sensato. Frente a él me sentí muy tímida, muy pequeña, muy poca cosa. Fue un gran pintor que quedó ensombrecido por la colosal figura de su padre, Don Joaquín Torres-García. Augusto no aguantó con la faena y entregó las riendas a José Grurvich. Gran cambio. Gurvich tenía, diría yo, un temperamento explosivo; inspiraría más que enseñar, corregiría lo mínimo y transmitiría las enseñanzas de la teoría de Torres de una manera muy sutil.
A estas alturas, Eva Olivetti se había incorporado al estudio. Diariamente y con diligencia, Eva y yo solíamos salir en el coche todas las mañanas a pintar. Nos instalaríamos en cualquier lugar de la ciudad que nos atrajera en ese momento en particular y … pintaríamos. Yo suelo empezar en un cartón de unas 40 x 50 o 50 x 60; Solía hacerlo rápido como si estuviera tomando notas. Cuando terminaba, como Eva seguía trabajando, volvía a la asignatura que ya había estudiado y hacía pequeños cuadros de unos 15 x 15 que muchas veces resultaban de hecho mejores que el original. Eran los que mi hermano le puso el nombre de “minis”. Expuse esos minis (con otros trabajos) en Galeria Trilce . Se vendieron a un precio muy razonable y tuvieron muy buena aceptación entre el público.
Además de liderar a Torres taller, Gurvich solía enseñar en su casa de El Cerro y algunos de nosotros solíamos ir allí; incluida, por supuesto, Eva Olivetti. Recuerdo a Lilian Lipschiz, Sara Capurro, Angelina de la Quintana, Gloria Franchi, etc. La casa de Gurvich era hermosa, llena de amor por la vida, llena de cuadros de diferentes tamaños y de pequeñas piezas de arte, porque era tremendamente creativo y los artículos de uso ordinario eran en sus manos objetos de arte. Solía transmitir con sus palabras, sus sugerencias, su ejemplo, algo indescriptible, la alegría, la fecundidad, la alegría de la tarea.
No recuerdo exactamente cuánto duró esta temporada de alegre creatividad, de salir a la calle todas las mañanas a tomar apuntes y, por las tardes, a El Cerro. a la de Gurvich. A veces traía algo de comer, y como muchas veces Rafael estaba ocupado hasta tarde, las visitas se prolongaban y seguíamos las charlas disfrutando de una especie de copetino.
Mi padre murió en 1955 y varios meses después mi abuela. Ambos habían sido pilares de mi existencia; su muerte provocó un gran cambio en mí. Dejé de pintar. Creo que fue por cuatro años.
Un día retomé los pinceles y surgió una pintura muy diferente, como si hubiera madurado algo que estaba dentro de mí.
En 1971 tuve mi primer espectáculo individual. Fue en Galeria Moretti. La pintura era casi toda muy blanca. Cuando se los mostré a Augusto, me dijo: “Algún día, esta serie se llamará tu período blanco”. Desde ese momento he preparado una gran cantidad de espectáculos, en general siempre exponiendo obra nueva.
Había empezado a pintar en serie, o expondría una nueva serie que en general estaba integrada por unas 30 pinturas.
He pintado muchas series y he expuesto muchas series y sigo pintando series, pero… también, a lo largo de la búsqueda han ido surgiendo, casi de forma involuntaria, otras formas de expresión. Rompí el caballete y pinté paneles que forman una pantalla, “La Gran Pantalla”, una experiencia muy interesante para mí porque permitió diferentes posibilidades de las artes plásticas.
También la serie “La cama” fue una nueva forma tratando de introducir la tercera dimensión, pues la obra consistió en collages de tela que, además de pintarse, aportaron a la obra sus propias sombras que, por supuesto, cambiaban según el momento. , la luz y el ángulo de visión del espectador.
De “La gran pantalla” surgió el Laberinto : el laberinto, grande, todo negro, complicado, con un significado entre plástico, filosófico, lúdico.
Han pasado los años; He tenido la felicidad de ser abuela y bisabuela !!!!!!!!!!
Y sigo pintando …
Pienso en cuando fue la primera vez que tuve contacto con “la plástica”. Fue en la escuela. Yo tuve unos siete años y en la clase que dibujar y pintar unas flores. Recuerdo haber pintado unas pequeñas margaritas con acuarela y recuerdo que le había dado un tinte rosado a la punta de los pétalos. A la maestra le gustó tanto mi trabajo que me pidió ir a la dirección para mostrárselo a la directora. Gran orgullo.
Mi padre era un artista; pintaba y dibujaba muy, muy bien y de alguna manera me mantuve siempre en contacto con la belleza. Los domingos de mañana, cuando él me llevaba de paseo, en nuestra famosa Gallería me enseño a admirar, en el piso, que esta ‘hecho con piezas de mármol, los fósiles. Los estudiábamos sea por su forma que por su esencia. Los paseos en general eran visitas a algún museo. Le encantaban, en la pinacoteca de Brera, las obras del siglo XIX y juntos admirábamos especialmente las de los hermanos Induno o de Giacomo Favretto.
No recuerdo exactamente cuando pero tengo muy presente unas clases de dibujo a que concurrí cuando tengamos unos diez o doce años; recuerdo que tenía que copiar calcos en yeso de obras griegas y romanas. Otro recuerdo de dibujo pienso que fue en el 1938 que se estrenó en Milán la película Blanca Nieves de Walt Disney. Hice varias copias de escenas de la película, dibujadas a tinta china y pintadas a la acuarela; todavía guardo una.
Cuando tuve que emigrar y, por varios motivos, no pude seguir estudiando para una carrera, me dediqué de lleno al dibujo ya la pintura.
Empecé yendo al taller de Pierre Fossey, de quien guardo muy lindos recuerdos. El taller estaba en la Plaza Independencia. Ese taller fue de mucho interés sea por la enseñanza sea por los compañeros que lo frecuentaban. Allí dibujé mucho con carbonilla paisajes “dal vero”, por ejemplo la plaza, el Teatro Solís, alguna vieja casa, o sea lo que se veía desde la ventana del taller, y también retratos de mis compañeros. Eran dibujos y pinturas al óleo.
En esa época, 1942, participé en una muestra colectiva de mujeres en la galería Moretti cuando estaba en la calle Ciudadela. Salió una crítica de esa muestra en el diario El Día firmada por Eduardo Vernazza. Me gustó esa nota, busqué a Vernazza y le pedí que me diera clases. Le interesó. Venía él a casa, me daba clases, al mismo tiempo posaba para mí y me enseñaba. Me enseñó nuevas técnicas y otra manera de mirar. Fue un período muy productivo. De esa época conservo muchos retratos. Muchos son retratos de Vernazza. Lo dibujaba, a veces lo pintaba de cuerpo entero o, a veces, dibujaba parte de su cuerpo: manos, orejas… con gran prolijidad y detención.
Eso fue desde el año 44 al 46, año en que me casé y fui a vivir con mi esposo a Buenos Aires, donde seguí trabajando. En mi viaje de bodas llevé conmigo el equipo de pintura. Me recuerdo en el medio del parque del hotel, en Villavicencio, Mendoza con mi caballete portátil feliz pintando.
Cuando nos instalamos en Buenos Aires, donde vivía mi querida amiga Chola, también pintora, seguí trabajando, y también estando ya embarazada de mi hija Martha. Iba a sesiones de dibujo con modelo vivo (desnudo) en una bella vieja casona en la calle Florida. Era el Círculo de Bellas Artes. Era el final del año 1946. Al mismo tiempo mi marido me había conseguido contacto con un maestro de la pintura argentina, Horacio Butler. Empecé a ir a sus clases en su taller en la calle Arenales frente a la plaza. Fue un período muy feliz. Seguí las clases hasta fines de junio de 1947 cuando vine a Montevideo para esperar a mi bebe. En esa época no se sabía el sexo hasta el nacimiento; fue mi preciosa Martha.
La enseñanza de Butler fue excelente: fue pintura, ejercicios de armonía, de proporciones, de división del espacio, estudio de gamas de colores, de valores.
Y pinté bajo la dirección de Butler hasta el año cuarenta y ocho cuando decidimos volver a vivir en Uruguay. Los cuadros que conservo de esa época son: muchos estudios de desnudo, algunos paisajes, algunos retratos y estudios de objetos. Con diferentes paletas.
Al volver a Montevideo en el año 1949 decidí acercarme al Taller Torres García. Fue una gran decisión. El haber estado en el Taller me ha enriquecido. El Taller ha sido uno de los grandes movimientos dentro de la plástica y no solo en el Uruguay. La atmósfera dentro del Taller era prácticamente religiosa. Había un enorme respeto y admiración por el maestro y una actitud de disciplina, seriedad y trabajo, mucho trabajo.
Quien estaba a cargo del Taller en este momento era Julio Uruguay Alpuy, un gran artista, un gran hombre, un gran amigo. Sus clases en el gran espacio del Ateneo fueron muy importantes, si bien duras, de tremenda exigencia. Por un año Alpuy no me dejó tocar un pincel. Era ¡dibujo, dibujo, dibujo! Éramos un grupo que trabajaba mucho y humildemente tratando de olvidar lo aprendido anteriormente para absorber sin prejuicios las nuevas teorías, la nueva enseñanza. Conservo todavía muchos amigos entre los compañeros de esa época.
En el año 50 nació mi maravilloso hijo Roberto.
¡Me parece que contra viento y marea conseguí ocuparme de los chicos y pintar!
Alpuy, al tiempo viajó al extranjero y quien tomó su lugar fue Augusto Torres. Augusto era un hombre adorable y de gran sensibilidad frente al cual yo me sentía muy tímida, muy pequeña, muy poca cosa. Fue un gran pintor a quien hizo sombra la figura gigantesca del padre, Don Joaquín Torres García. Augusto no resistió la tarea y le cedió el lugar a José Gurvich. Gran cambio. Gurvich tenía un temperamento diría casi explosivo; inspiraba más que enseñaba, corregía lo mínimo y transmitía las enseñanzas de la teoría de Torres de una manera muy sutil.
Ya en esa época se había incorporado al taller Eva Olivetti. Con Eva diariamente y diligentemente todas las mañanas salíamos en el auto a pintar. Nos instalábamos en cualquier lugar de la ciudad que en ese momento nos atraía y … pintábamos. Yo empezaba un cartón de unos 40 x 50 ó 50 x 60, lo hacía rápidamente como que fueron apuntes. Al haberlo terminado, como Eva todavía estaba trabajando, volvía al tema que ya había estudiado y hacía pequeños cuadritos de unos 15 x 15 que en realidad eran muchas veces mejores que el primer cuadro pintado. Fueron los que mi hermano, Mario, bautizó “minis”. Esos minis los expuse con otras obras en la Galería Trilce. Se vendieron a precio súper barato y la gente se peleaba por comprarlos.
Gurvich, aparte de dirigir el Taller Torres, también daba clases en su casa del Cerro y allí íbamos a varios compañeros; por su puesto iba Eva Olivetti. Recuerdo a Lilian Lipschitz, Sara Capurro, Angelina de la Quintana, Gloria Franchi, etc. La casa de Gurvich era hermosa, llena de amor a la vida, llena de cuadros de diferentes tamaños y de pequeñas obras porque él era tremendamente creativo y en sus manos los objetos de común utilidad se transformaban en objetos de arte. Él transmitía con sus palabras, sus indicaciones, su ejemplo, algo indescriptible, la alegría, la fecundidad la felicidad del quehacer.
No recuerdo exactamente cuanto duró esta época de feliz creatividad, de mañana salir a la calle a sacar apuntes ya la tarde, varias veces por semana, ir al Cerro a lo de Gurvich. A veces yo llevaba alguna cosa rica para comer y como muchas veces Rafael estaba ocupado hasta tarde, se prolongó la visita y seguíamos la charla disfrutando una especie de copetín.
Mi padre murió en el año 1955 ya los pocos meses murió mi abuela. Los dos estado pilares de mi existencia, sus muertes causaron un gran cambio en mi persona. Dejé de pintar. Creo que fue por cuatro años. Un buen día retomé los pinceles y salió una pintura muy diferente, como que yo hubiera madurado algo que estaba dentro de mí.
En el año 1971 realicé mi primera muestra individual. Fue en la Gallería Moretti. La pintura era casi toda muy blanca. Cuando le mostré los cuadros a Augusto, él me dijo: “Algún día esta serie la llamarán tu época blanca”. Desde ese momento realizó una gran cantidad de muestras, en general presentando siempre obra nueva. Había empezado a pintar en series, o sea, presentaba una nueva serie que en general estaba compuesta por unos 30 cuadros.
Pintó muchas series y expuesto muchas series y sigo pintando series pero… también en la búsqueda han salido, en forma casi involuntaria, otras formas de expresión. Salí del caballete y pinté en paneles que forman un biombo, “El Gran Biombo”, una experiencia muy interesante para mí porque se prestaba a diferentes posibilidades plásticas.
También la serie “La cama” fue una forma nueva tratando de meterme en la tercera dimensión, ya que parte de la obra consistía en collage de tela que, aparte de estar pintada, participaba a la obra con sus propias sombras que por supuesto cambiaban según el momento, la luz y la dirección de la mirada del espectador.
De “El gran biombo” nació el Laberinto: el laberinto, grandísimo, todo negro, complicado con un significado entre plástico, filosófico, lúdico.
Los años han pasado, he tenido la dicha de ser abuela y ahora soy bisabuela !!!!
Y sigo pintando…
Linda Kohen
Fuente: https://www.lindakohen.com/


















































