
COSQUIN ROCK UY- día 1 – Bitácora de un viernes con sonido a vértigo
Capítulo aparte para El Galpón de Agarrate Catalina… qué lugar!
EL TESORO ESCONDIDO
Hay festivales que se viven como una ráfaga y hay rincones dentro de ellos que te invitan a quedarte. El Galpón de la Catalina fue, un paréntesis encantado en medio del vértigo eléctrico del Cosquín en su quinto capítulo.
Nuevo en esta edición del festival, se alzó como un refugio encantado en medio del vértigo, como si alguien hubiera abierto una puerta secreta al corazón del predio de la rural. Cerrado, acogedor, decorado como una carpa de circo de los de antes, con guirnaldas suaves, luces cálidas y ese aroma a madera, a historias recién contadas. No necesitaba gritar para hacerse notar, bastaba entrar para entender que ahí adentro iban a pasar cosas que no iban a repetirse afuera.
Al frente, mesas bajas como en un club social de los de antes. Atrás, sillas alineadas con la paciencia de lo artesanal. Y a un costado, una tribuna que parecía sacada de los bailes del interior, de esos donde todavía se escucha cumbia de la buena. Había algo íntimo, medio secreto, murmullo de magia que te envolvía apenas cruzabas el umbral.
Una especie de universo paralelo. Una frutilla inesperada en la torta de este festival importado desde las húmedas sierras cordobesas, un gesto sutil que lo volvió profundamente uruguayo. El detalle que lo diferencia de cualquier otra edición, de aquí y del extranjero. El Galpón fue ese toque de distinción, el rincón atípico donde la magia sucedía. Un espacio de varieté autogestionada por La Catalina, que sabe convertir estos ámbitos en recintos inexpugnables, donde reinan la sátira y la buena vibra.
En su primera entrada, a las 19:00, Ana Prada, Mota y Dostrescinco tejieron la primera ronda. Como si armaran fogón en medio del asfalto, acercaron al público atrincherado y nos regalaron un adelanto de la dinámica que iba a reinar en ese Galpón con alma de peña.
A las 22:00, la segunda entrada. Samantha Navarro —con su ternura filosa— y El Plan de la Mariposa —llegados desde el sur argentino con la energía a flor de piel— ofrecieron un puñado (2) de canciones propias, como un guiño, como un aperitivo de lo que mostrarán hoy en el gran escenario. Impresionaba ver cómo el público uruguayo los abrazaba, con esa mezcla de amor y sorpresa que se le tiene a quien vuelve por segunda vez y ya parece de la casa.
Y luego… luego vino ese momento difícil de describir bien con palabras. Pasada la medianoche, cuando el tiempo se vuelve blando y todo es posible, el reloj marcó las 00:30 y Ana Prada volvió a escena, esta vez acompañada por El Panter Yuliano —voz de La Piñata—. A los pocos minutos, llegaron Los Caligaris desde Córdoba, y ahí el Galpón se transformó en una especie de delirio compartido.
Lo que ocurrió no tiene mucha lógica. De pronto, estábamos en un trencito sin frenos, entre risas, abrazos y farándula total. Un desmadre de alegría con los cordobeses y la Catalina como anfitriones de una fiesta que parecía escrita por un duende. El tipo de celebración que no busca likes, que no entra en storie, se queda como un secreto feliz de los que te llevas para tu casa.
El Galpón cerró la jornada como empezó, con personalidad propia y ese aire de lugar que no necesita gritar para hacerse notar.













































