
En 1969, Billy F. Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard formaron una banda de rock influidos por el sonido de Cream, Hendrix y el blues texano. Le llamaron ZZ Top, porque se trataba de estar justamente allí, on top. La banda grabó discos, giró, hizo videos para MTV, se rió de sí misma, nos puso a bailar y llegó a la cima. Si no la vieron, dedíquenle una hora y media a la cálida “That little ol’ band from Texas”, en que los tres músicos relatan su visión del asunto.
El barbado guitarrista, que supo deslumbrar a Hendrix con su versión de Foxy Lady, que abrió para los Doors en el 69 y para los Stones a inicios de los 70s, que se coló en festivales del blues más tradicional, lo hizo a fuerza de boogies imparables como La grange, venidos de la raíz de John Lee Hooker; metió blueses demoledores y desolados (Jesus just left Chicago) y un rock potente en el que se relató siempre la vida de la clase trabajadora (Just got paid). La que transpira 24/7 en el campo o la ciudad para ganarse el sustento mientras busca abrazar el sueño americano.
La Mississippi es una de esas bandas argentinas que son el canto a la porfía. No cualquiera sostiene el fuego del blues en tierra de tango. Se suele celebrar la lírica de Spinetta, Cerati, el Indio. Ahora, cuando las letras de los blueseros de barrio retratan la vida en la ciudad, el gusto por la amistad, el amor, la juerga y el cabaret, ciertas orejas atentas a la corrección política cambian de dial.
Ayer, el reo que le cantó al burdel, a las piernas largas y bien torneadas, el que regalaba por un rato la llave del auto mágico que hacía del perdedor un ganador por dos minutos, subió al escenario del Museo del Carnaval cuando los argentinos ya habían metido un set afiatadísimo que incluyó clásicos como Blues del equipaje, San Cayetano y Un trago para ver mejor.
El público, mayormente masculino, canoso y de remeras negras con imágenes desde Led Zep a los Ramones, ovacionó la entrada de la leyenda texana. La cerveza corrió generosamente hidratando cuerpos y galvanizado gargantas para lo que se vendría.
Durante cerca de una hora, en un set breve y contundente, los músicos se dedicaron a poner cada gesto al servicio de cada canción. Y por un rato, el Museo del Carnaval se transformó en un sencillo y agitado club de blues, donde la fiesta no podía fallar.
Bajo el sombrero, tras los eternos lentes negros, con la Gibson hecha una extensión de su cuerpo, Gibbons hizo siempre sitio a que todos tuvieran su momento. Miró y saludó cada solo de Gustavo Ginoi, compartió micrófono con Ricardo Tapia, hizo chistes, metió frases en su español de gringo que sabe que la frontera de la lengua se cruza con respeto o no se cruza.
Contó con la complicidad de seis músicos que hablan su idioma, el que a fuerza de pentatónicas genera meneos y requiebres de caderas y cinturas sobre una base que suena como una pieza de relojería ajustada en tiempo de swing desatado. La batería de Juan Carlos Tordó no va jamás por las vías de la sutileza, pero sostiene el edificio sin perder jamás el pulso. El bajo de Claudio Cannavo va siempre al punto. Marca la tónica. Hace un trabajo de costura similar al del hilo de los blue jeans. Nada de florituras; sostén, sencillo y efectivo.
La rítmica juega en dar un tono rasposo y sin estridencias. La voz de Tapia de registro potente, logra emerger airosa de la masa sonora. La guitarra de Ginoi dibuja, marca, señala inflexiones. Eso que pasa cuando escuchas un blues bien tocado.
Los teclados juegan en dupla. Un piano tradicional (Gastón Picazo) bordando arabescos, haciendo una filigrana de dibujos breves, efectivos. El otro (Martin Guigui) con un sonido de Hammond, haciendo colchones, iluminando momentos en que la canción necesita ese destello cuando la voz se silencia o una guitarra está a punto de irrumpir.
Sobre esa base, el público, coreó, hizo palmas, saludó, bebió, bailó, y sobre todo vivió un buen momento. Y eso, en la hora más triste del domingo, es como para venderle sin miedos el alma al diablo en cualquier esquina.
Una hora larga de goce, de abrazos, besos y cantos, de padres con hijos, amigas solteras que comentan la vida de los amigos que hoy no llegaron, y de parejas llenas de canas que levantan los brazos y piden un trago para ver mejor o que everybody loves a Sharp dressed man. Que la música es para bailarla, cantarla y gozarla. Y una vez cada tanto, todos nos merecemos un buen show de blues rock, un beso y una flor.
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