
El Cannes del bosque: a 74 años del primer festival de cine de Punta del Este.
En 1943, durante una cena en el Hotel Casino Punta del Este, Mauricio Litman aceptó una oferta que parecía poco razonable: comprar tierras a las que solo se podía llegar a caballo. Era un gran bosque de pinos, acacias y eucaliptos, al norte de un angosto camino de arena que más tarde sería la avenida Roosevelt. Aquel gesto marca bien su perfil: ver oportunidad donde otros veían límite.
Litman no imaginó simplemente un barrio. Pensó un modelo integral de desarrollo. Abrió calles, loteó, urbanizó y creó Cantegril como un club campestre en el bosque, rodeado de bungalows accesibles, vendidos en cuotas, muchos construidos con materiales producidos por sus propias fábricas en Maldonado. Arquitectura, industria, infraestructura y relato: todo formaba parte del mismo proyecto.
Pero el verdadero salto fue simbólico. Para vencer el prejuicio de un balneario concentrado en Gorlero y la playa, Litman entendió que necesitaba algo más que publicidad inmobiliaria. Necesitaba prestigio internacional. Así nació en 1951 el Festival Internacional de Cine de Punta del Este, inspirado en Cannes y Venecia: el primer festival internacional de cine de América Latina.
El efecto fue inmediato. Joan Fontaine, Silvana Mangano, Gérard Philipe, figuras del cine argentino como una joven Mirtha Legrand y películas como Rashomon, All About Eve o Sunset Boulevard convirtieron al bosque en escenario global. Hollywood entre pinos. Pero también cinefilia exigente: el Cine Club del Uruguay, críticos como Homero Alsina Thevenet y referentes culturales como Jorge Boero Brian y Zorrilla de San Martín garantizaron calidad artística y debate intelectual.
Esa tensión —glamour, estrellas, marketing de piscina versus pensamiento crítico y modernidad cinematográfica— fue su mayor acierto. El festival no fue solo una fiesta: fue una máquina cultural de legitimación territorial.
Litman entendió antes que muchos algo hoy evidente: la cultura no adorna el desarrollo, lo produce. Setenta y cuatro años después, el “Cannes del bosque” sigue siendo una lección vigente sobre cómo una visión estratégica puede transformar paisaje, identidad y destino.










































