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Fotorreportaje a Gabriel Peveroni

Escribo, escribo y escribo. A veces pienso que es una adicción. Lo es. Y como toda adicción, tiene sus etapas, sus momentos, sus heridas, y también sus cicatrices.

Escribir es vomitar. Eso lo escribió Rodrigo Fresán, que por su condición de escritor sabe muy bien a qué se refiere. El problema, según Fresán, ocurre cuando el novato se asoma a ese primer vómito, lo contempla y le encuentra una instantánea belleza. Encuentra un espejo. Encuentra respuestas. Cuando sucede eso, no hay marcha atrás. Ahí mismo nace el escritor, que puede tomar mil caminos, mil bifurcaciones en esos mil caminos, pero siempre será un escritor, lo que equivale a ser un adicto, un escapista, un traductor, un insatisfecho, un discapacitado, un onanista, un plagiador, un obsesivo, un provocador, un fantasma, un solitario, un perdedor, un megalómano, un idiota.

Llevo más de treinta años dándole vuelta a las palabras y sus sonidos.
Empecé en la habitación de adolescente, la puerta cerrada, la música al palo, con una vieja máquina de escribir. El primer poemario se llamó RUIDO DE MÁQUINAS.
Escribí, escribí y escribí.
El viejo Medina Vidal me dijo, años después, cuando ya había perfeccionado cierto estilo y publicado un par de libros: “tus versos muy tienen buena técnica, pero si no provocan emoción en el otro, el lector, si no hacen reír o llorar, más vale que no escribas más”. Me dijo también que si tenía que elegir, se quedaba con aquellos primeros versos, los de RUIDO DE MÁQUINAS.

Traté de escapar de la tentación de ordenar las palabras.
Hacían ruido.
Mucho ruido.
Por eso empecé a escribir cada vez menos.
Empecé a borrar, a quitar, a eliminar.
Me quedé con la página en blanco.
Me quedé sin poesía.
(O exactamente lo contrario)

Dejé de intentar explicar lo evidente.
Se había caído el muro de Berlín y tantas otras cosas.

Me escapé de la poesía, o lo intenté, aunque seguí leyendo a dos o tres poetas que me pegaban muy fuerte: Perlongher, el Negro Pereira, Parrilla. Y tantos otros. Muchísimas lecturas, cada vez más narrativas, y con la certeza de que el autor estaba apenas oculto atrás del muro de palabras.
Bukowski, Easton Ellis, Fuguet. Las películas de Godard. Tantísimas lecturas que empezaron a revolverse y a fermentar otra cosa, otros ritmos, otras experiencias.

Dirigí una obra de teatro que se llamó CERVEZAS Y NAVAJAS. Las palabras se volvieron carne, noche, vida, dolor, risas, alcohol. Me dediqué a vivir, a tener problemas, a no tener tiempo, a otras adicciones que luego también abandoné, menos la de la lectura, que me sigue acompañando hasta ahora.

Hice lo que pude para escapar. Pero volví a escribir. La poesía se volvió teatro, también novela, y centenares de artículos y columnas y guiones que me ayudaron a la aventura de atravesar tres décadas trabajando de la escritura. No es poco.

Subí a la torre más alta de la ciudad, acompañado de María y un grupo de actores. Hicimos GROENLANDIA, que después viajó a Nueva York, a Madrid, Santiago de Chile. Hasta que llegó otro maestro, Alberto Restuccia, para recordarme en EL GIMNASIO que los textos teatrales, o los libros de poesía, que a veces son la misma cosa, hay que cambiarlos, mutarlos, incluso olvidarlos.

Y ahora, cuando ya pasé la mitad de la vida, y no está Medina Vidal y recuerdo su cita de Bernard Shaw, de la dolorosa y hermosa verdad de que la juventud es eso que desperdician los cuerpos jóvenes, siento la ausencia de muchos maestros y maestras que no están y siento que las palabras, en exceso, aturden, pero siento también que las palabras se vuelven más luminosas y que esta vez empezaron a salir, escupidas, vomitadas, miles y miles de palabras que construyeron LOS OJOS DE UNA CIUDAD CHINA,
un punto de inflexión, un divertimento,
una novela que me reinventa,
que me hace reír y llorar,
que me vuelve a colocar como la primera vez,
en la habitación de adolescente deseoso de contar y experimentar el mundo.

Gabriel Peveroni

 

 

 

 

(aeropuerto de sao paulo, 04.11.10)

el corredor se hace cada vez más largo si se piensa en la última puerta atravesada y se sabe que luego viene OTRA Y OTRA Y ASÍ SUCESIVAMENTE hasta que acaban las puertas o bien se atraviesa una última puerta si es que puede concebirse el transcurso del tiempo en relación a puertas y corredores, corredores largos y cada vez más estrechos…………el corredor se hace cada vez más soportable si los que circulan lo hacen de la manera correcta si los que circulan llegan a un destino más o menos previsible si los que circulan lo hacen a una velocidad estable y no se detienen más que lo necesario

y,
sobre todo,

si no escupen en los pisos lustrados si no vomitan en los pisos espejados que terminan en puertas de acceso, con scanner, PUERTAS DE ACCESO O DE NO ACCESO, puertas de acceso o de no acceso, si no escupen en los pisos lustrados si no vomitan en los pisos espejados que terminan en puertas de acceso, con scanner, puertas de acceso o de no acceso, puertas de acceso o de no acceso, si no escupen en los pisos lustrados si no vomitan en los pisos espejados que terminan en puertas de acceso, con scanner, puertas de acceso o de no acceso, puertas de acceso o de no acceso

LA MÚSICA FUNCIONAL DEL AEROPUERTO establece la exacta distancia
entre lo que está afuera
y lo que está adentro:
esta idea es una idea sonora.
una distorsión.
un cambio en el pensamiento.
un zumbido constante y perplejo.
el viento de una noche
y a la mañana trozar los troncos caídos.
las olas de un atardecer de verano
y a la mañana un poco de miedo,
un poco nada más,
miedo a que la fiesta haya terminado bien

RECUERDOS, MEMORIAS, PLIEGUES que se habían olvidado y asoman en el corredor, en la neutralidad de esa mirada que recuerda a alguien que se vuelve invisible…………………………….. y la imagen se esfuma en blanco y negro y el rumor de las olas y la aspereza del viento
hay que trozar el árbol caído
cortar sus ramas,
dejarlas secar,
el invierno siempre llega después de las olas
y el vértigo de sucesivas fiestas

 

G.P.

 

 

 

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Paola Scagliotti

Paola Scagliotti

Comencé hace muchos años con la fotografía como autodidacta y lo sigo haciendo hasta el día de hoy. Realicé varios cursos en la Escuela Uruguaya de Fotografía y video (EUF) participando de algunas muestras colectivas. Disfruto mucho de tomar fotos en recitales y en lecturas poéticas. Algunas de mis fotografías forman parte de trabajos poéticos editados y acompañan artículos publicados en la revista [SIC] de APLU y otros medios de prensa. Actualmente colaboro con un proyecto llamado “Orientación Poesía” y con el ciclo de lecturas de la antología ultra joven “En el camino de los perros" realizando el registro fotográfico. Desde 2015 colaboro en el portal “cooltivarte” realizando la cobertura de diferentes eventos culturales y llevando adelante una sección de fotorreportajes a poetas uruguayos llamado “Fotopoetas”.

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