
Una historia de amor en los pliegues de la pesadilla
Puedes culpar a la noche, de Rafael Massa, Paladar Negro
Texto: Edh Rodríguez
Edición: Paola Menta
La historia la escriben -en paredes de mármol, estatuas ecuestres, y discursos de fecha patria- los ganadores. La memoria, por suerte, es de otra estofa. Si la historia es patrimonio de quienes rinden culto a la verdad oficial, la memoria es la porfía de los perdedores en el gesto subversivo de romper los discursos monolíticos, para hacernos, a fin de cuentas, más humanos. La memoria es coral.
Las novelas de Rafael Massa son una de las voces más delicadas y potentes de esa polifonía. Una historia de amor, una mujer arrebatada por la tiranía, una jugada desesperada, un secuestro, un robo y varios ajustes de cuentas, se tejen en una trama densa, donde la huida y las cuentas pendientes sirven como telón de fondo.
Guiados por el protagonista, iremos conociendo restos de un relato que como despojos de un naufragio arriban a nuestra costa. El lector se ve invitado a hacer morada y habitarla. Desde el milico gordo y carroñero hasta el criminal que dice tener su propios límites “con niños, no”. Desde la madre que calla y atesora memorias de un tiempo mejor, al mozo de bar que cuenta lo que recuerda buscando también él una verdad que lo redima.
El relato nos llega en la voz de Vittadini, un hombre gris, perdido en París. Migrante, refugiado, exilado -como se decía en los setentas-, anclado en la ciudad luz, fondeado por el recuerdo, la desesperación por permanecer vivo, y sobre todo, por entender. ¿Qué sería de los seres humanos sin la pulsión por encontrar sentido a las cosas?
“He abandonado una cárcel que es un país pero sigo preso de la ausencia, irreconocible en una ciudad ajena, de donde, si decidiera volver a huir nadie notaría el faltante.” Sabremos, sin saber, como suele ocurrir con lo que de veras importa, que quien carga el relato y busca explicaciones está condenado a lidiar con lo irremediable. Y que el recorrido será, o ha sido, una ordalía. Un sobre sin abrir lo espera.

En medio del sopor de la noche parisina, Vittadini nos trae al largo invierno montevideano donde trabó relación con Hitchens “…el relleno de un atraso, el refrito de las sobras, irrelevante en la sala de redacción del diario”, que crecerá hasta ser protagonista de una historia tan terrible como mínima; y que como tantos, solo dará su talla cuando lo veamos caído, antes de perderse en la profunda noche. Un Hitchens, o como se verá luego, dos. El Natalio Ruiz temeroso de su propia sombra, y el Chuck Norris criollo que pone en movimiento una operación que, todos saben, jamás podrá resultar bien
La prosa de Massa es precisa, preciosa, audaz, deja al lector zambullido en ambiente con un minimalismo donde no falta poesía. La memoria es política siempre, porque encarna un relato más cercano a lo ético que a lo épico. “De los asesinos y ladrones que habían querido subvertir nuestro estilo de vida casi no había rastro y no se podía informar. De los asesinos y ladrones que nos habían salvado se ocupaban los alcahuetes y los oportunistas. El orden se había restaurado. O eso parecía.” Cuarenta y seis palabras alcanzan para la -hasta nuevo aviso- mejor descripción de la dictadura en que crecimos dos generaciones.
El horror -el cable y el tacho, herramientas inconfundibles del terrorismo de estado-, la derrota, la culpa y la miseria humana que se emborracha silenciosa, en medio del sopor parisino o la bruma montevideana, son relatados bellamente. Entendámonos. Massa no embellece, que para eso están las maquinarias propagandísticas que activan sus demonios cuando lo consideran pertinente. Massa relata bellamente. Las palabras que brotan de las páginas y bajan como bocados de arena al estómago, son las necesarias para decir la irrealidad de los pasos que tambalean en las veredas de la calle Maldonado, el retrogusto de la resaca, los pulmones asfixiados de los cigarros que se fuman en cadena para combatir la vida. Para hacerla vivible.
Quizá sea porque uno de los personajes está en una París de cafés y barsuchos de mala muerte, porque los faroles encienden cada noche en las escaleras empedradas, en los puentecitos; su prosa por momentos trae ecos del Cortázar de Rayuela, aunque la Maga ya no esté, y en lugar del jazz suenen por lo bajo los acordes aún por nacer de Montevideo Agoniza. Un texto donde la música no ocupa una línea, y sin embargo, como un mar de fondo insistente y apagado vuelvo a escuchar ecos de la orquesta de Racciatti, el sonido gordo y cálido de la bordona del Pepe Guerra, el arpegio denso, filoso, casi gótico de Guitarra Negra.
Hay destellos onettianos en este relato de pulso firme. Frases largas, párrafos donde el paisaje da lugar al personaje, que cobra de esa manera la profundidad del mundo en que habita, y sin embargo, logra recortarse, como aquellos libros para niños que al abrirse dejaban saltar mágicamente seres alados, conejos, enanos, y toda suerte de habitantes de reinos de dragones, mendigos y reyes de alma miserable, siempre dispuestos a la traición.
El mundo que describe Massa es un mundo desencantado. Atrofiado a fuerza de detenciones, ablandes e interrogatorios, de vigilancias estrechas hechas por miles de ojos y oídos que todo lo saben, todo lo transan para asegurarse la tranquilidad propia. Si es que sobrevivir otro día es tranquilidad.
Un mundo en el que los mozos, tan silenciosos y grises como Vittadini en París, son testigos involuntarios, y los bares son escenario de negociaciones, traiciones, trampas mortales y encuentros que no necesitan de despedidas para ser el último.
Un mundo y una época sobre la cual, cada lector tendrá su versión previa, o sobre la cual seguirá interrogándose, buscando comprender una herencia pesada como una lápida, silenciada, y que sin embargo, gracias a la paciencia de arquéologos, antropólogos y escritores, sigue viva y en movimiento.
Puedes culpar a la noche, editado por Paladar Negro, es además un objeto tan bello como breve. Más pieza de orfebrería que libro, abre y cierra con un mapa de la Montevideo donde todo lo relatado ocurre. De igual manera, cada capítulo inicia con una ilustración donde el trazo firme de la tinta convive con la acuarela en una suerte de telón que hay que levantar para llegar al texto. Como en el buen teatro. Una editorial independiente, de tiradas pequeñas cuidadas en cada detalle. Porque la belleza también es política.
Esta última novela presentada por Massa en 2025 (antes estuvieron Heimlich editado por Tren en Movimiento y La Traición publicada por Estuario Editora) es sin duda de las lecturas más interesantes del año. Una de la que no se sale indemne, y eso en medio del ruido, es ya decir bastante.

















































