Este disco, poco transitado y quizá uno de los menos difundidos de Fernando Cabrera, contiene varias joyas.
Esta que cito es el resultado de un “copie y pegue” si uno lo observa sin profundidad. Retazos de canciones, esbozos que quizá el autor unió a manera de suite. Pero para hacer eso hay que tener visión del todo, no es fácil poner un fragmento tras otro pues se corre el riesgo de que sea un menjunje sin sentido alguno. Este disco tiene un par de obras similares, la que da el título al mismo y esta “Noche de Capacidad“. Empieza con un pop “a la italiana” y un texto irónico, luego pasa a un blues pesado y enseguida se vuela al norte argentino, a la vidala.
Todo esto en pocos segundos. El texto va tejiendo su coherencia pese al cambio drástico de pulsos y de rítmicas.
Cae en una meseta y la banda descansa, quedando solos el bajo y la guitarra en el “mi pensamiento pensó”.
Cabrera destroza el discurso y juega con el lenguaje sin abandonar nunca el sesgo poético que es surreal pero dentro del universo cabreriano. Hay una total libertad de escritura dentro de la canción, un procedimiento anti-cancionístico. Donde cualquier escucha “normal” espera el “sentido”, aquí no es así; aquí el autor te lleva de la mano pero a lugares que no son los esperados y transitados. Los pagos de Cabrera son “otros pagos”.
Asoma una balada en 6/8 hasta que irrumpe en un inusitado cambio armónico que desemboca en un rock furioso donde la batería adquiere el protagonismo absoluto. Explota esa “noche de capacidad” hasta un final tan inesperado como imponente. La banda se “desarma” y el cantante deja, antes de retirarse, un aforismo cargado de ironía y de desahogo. Es claro: “el silencio rejuvenece”.

















































