Sevilla tres años atrás vestida de noche con vino en la garganta, puertas amontonando a la muchedumbre, y en el fondo de la sala nuestros ojos, y frente a ellos, Nacho Vegas desangrándose en el escenario.
Montevideo tres años después, a un cuerpo de distancia Nacho Vegas camuflado entre el público escuchando a sus teloneros cantar (Molina y Los Cósmicos) “pequeñas cosas que jamás te contaré”.
Es la primera vez que Nacho viene a Uruguay. Es la segunda vez que su vida se abre ante mí.
¡Vamos Nacho! Grita una voz mientras canta “vas en busca de algo que huela distinto al amor”.
Así en Sevilla como en Montevideo tiembla el suelo y tiemblan todos los corazones.
Nacho canta entre cenizas y llamas. Sale humo de la guitarra. Sale humo de su cuerpo. “¿Dónde está todo aquel amor del que nos hablaron siendo niños?”, canta. “Es nuestro cielo”. Su dedo mira al techo y todos vemos el mismo cielo. “Es nuestro”. Puño en alto. “Somos gente bonita” dice.
Cada canción de Nacho es un cuento viral, un poema. Un pulso de vida y muerte. La historia en versión original y desgarradora de la vida mutada en formas verborreicas. De ahí que sea imposible aprenderse sus canciones. Y de ahí también la magia de la explosión de las palabras en la boca del poeta. Pura vorágine exaltada. Pura emoción del que se queda a la espera, nos grita “hasta siempre”, se aleja y se marcha.
Imagen portada: Nacho Vegas foto © Nerea Moreno Felipe
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