
Lo que comenzó en 2008 como una aventura musical entre amigos, trasladando las canciones del grupo español Extremoduro hacia las sonoridades de la milonga rioplatense, terminó convirtiéndose en una de las propuestas más originales de la música uruguaya contemporánea. Milongas Extremas ha construido, a lo largo de casi dos décadas, una identidad artística propia, demostrando que las guitarras criollas también pueden expresar la intensidad, la rebeldía y la energía del rock.
Su llegada al Antel Arena, en el marco de los homenajes a Alfredo Zitarrosa por el noventa aniversario de su nacimiento, representaba un desafío artístico de particular significación. Las expectativas eran enormes, tanto por la magnitud del escenario como por la responsabilidad de reinterpretar la obra de una de las figuras fundamentales de nuestra cultura popular. Y la noche del jueves 22 de octubre de 2026 ofreció un espectáculo de extraordinaria intensidad musical y emocional, donde la precisión técnica de las interpretaciones, la riqueza de los arreglos, la potencia expresiva de las voces y una cuidada puesta audiovisual confluyeron en una celebración que superó ampliamente las expectativas. Y lo ocurrido fue bastante más que un concierto. Fue también un encuentro entre generaciones y una demostración de que las grandes obras artísticas tienen la extraordinaria capacidad de trascender el tiempo. Ciertamente, hay voces que ni siquiera la muerte física logra apagar, porque han conseguido algo que trasciende la existencia de quienes las pronunciaron: convertirse en parte de la memoria colectiva de un pueblo. La de Alfredo Zitarrosa es una de ellas. Su canto, atravesado por la nostalgia, el amor, el desarraigo y el compromiso con su tiempo, sigue habitando la sensibilidad de generaciones de uruguayos que encuentran en sus canciones algo más que música: una manera de reconocerse.
Pero la memoria no es solamente aquello que conservamos del pasado. Es también lo que hacemos con ese pasado desde nuestro presente. Y quizás allí resida uno de los sentidos más profundos de la propuesta de Milongas Extremas: recuperar la obra de Zitarrosa, no para encerrarla en la solemnidad de un homenaje, sino para devolverla al movimiento de la vida, permitiéndole dialogar con otros sonidos y nuevas formas de sentir. Y vaya si se logró, gracias a la notable calidad de Milongas Extremas.
Francisco Stareczek, Matías Rodríguez, Pablo “Paio” Piñeyro, Santiago Martínez Pintos y Camilo “Piquela” Gramoso conforman una agrupación que ha desarrollado una sonoridad singular, donde las guitarras criollas adquieren una intensidad poco habitual y las voces encuentran diferentes posibilidades expresivas. Lejos de limitarse a reproducir las versiones originales de las canciones, Milongas Extremas construye arreglos propios, donde el diálogo entre los instrumentos adquiere un protagonismo fundamental.
Las guitarras no funcionan simplemente como acompañamiento de las voces. Construyen una trama sonora en la que los recursos rítmicos, las variaciones de intensidad y las diferentes líneas melódicas permiten desarrollar interpretaciones de gran riqueza expresiva. Lo particularmente interesante es que esa complejidad técnica no se convierte en una demostración de virtuosismo desligada de la emoción. Por el contrario, los recursos instrumentales aparecen puestos al servicio de las canciones.
El espectáculo alternó pasajes de recogimiento con otros de enorme energía. A las interpretaciones dedicadas a Zitarrosa se sumaron varias composiciones propias de Milongas Extremas y también sus versiones de temas de Extremoduro, que provocaron una respuesta particularmente entusiasta del público. Ese recorrido permitió apreciar la madurez artística de una banda que, sin abandonar sus raíces, ha construido un lenguaje musical reconocible.
La puesta escénica constituyó otro de los grandes aciertos de la noche. Sobre las enormes pantallas del Antel Arena se proyectaron imágenes históricas procedentes del Archivo Zitarrosa, gracias al aporte fundamental de la familia del cantor y de la Fundación Zitarrosa. Documentos manuscritos y registros audiovisuales de diferentes momentos de su trayectoria dialogaron con las interpretaciones musicales, construyendo una experiencia que trascendió el formato convencional de un concierto. Las imágenes históricas alternaban con primeros planos de los músicos, proyectados en dimensiones monumentales, mientras los juegos de iluminación acompañaban los diferentes climas del espectáculo. Haces de luz blanca, tonalidades azules y contrastes de sombras contribuían a crear una atmósfera que oscilaba entre la intimidad y la espectacularidad.
A las 21:20 exactas se acabó la ansiosa espera en el Antel Arena. Nene patudo fue la canción elegida para romper el hielo, seguida de La canción del cantor y De no olvidar. Tres interpretaciones iniciales que colocaron al espectáculo, desde sus primeros minutos, en un nivel musical muy alto. Inmediatamente irrumpió en escena el primer invitado de la noche, Alejandro Balbis. El homenaje contó a lo largo de diferentes momentos con la participación de otros destacados músicos y artistas invitados, referentes de diferentes expresiones de la cultura nacional como Gabriel Peluffo, Carlos Méndez, Catherine Vergnes, Lucía Chappe, Eloísa Márquez, Copla Alta, Jorge Esmoris y Carmen Pi, quienes enriquecieron notablemente la propuesta artística. La diversidad de trayectorias aportó al espectáculo un carácter particularmente significativo. Desde la canción popular y la murga hasta el rock, el folclore y la expresión teatral, diferentes lenguajes artísticos encontraron un punto de encuentro alrededor de la figura de Alfredo Zitarrosa. Y esa pluralidad expresó algo esencial sobre su dimensión cultural: su obra ha conseguido trascender las fronteras de los géneros musicales y convertirse en una referencia compartida.
El público acompañó la propuesta con marcado entusiasmo y, hacia el final, llegaron algunos de los momentos más emotivos de la noche, con clásicos de Zitarrosa como Crece desde el pie, Adagio a mi país -en una verdadera joya interpretativa de Carmen Pi– y Pa’l que se va. Pero cuando parecía que el espectáculo había llegado a su fin, el público reclamó con entusiasmo el regreso de los músicos. Milongas Extremas respondió con una espectacular versión de Autorretrato, de Extremoduro, recuperando con toda su intensidad aquellas raíces musicales que dieron origen a la banda.
Fue un cierre particularmente significativo. Después de recorrer el universo poético y musical de Zitarrosa, Milongas Extremas tendió un puente entre dos universos musicales que han contribuido decisivamente a construir su identidad artística. Y la emoción encontró una expresión colectiva contundente. Los músicos y artistas invitados se reunieron sobre el escenario para recibir el reconocimiento de los espectadores. Una extensa fila de intérpretes, abrazados y saludando, ofreció una imagen que sintetizaba el espíritu de la noche. Del otro lado, el público se puso de pie y respondió con una ovación cerrada. Aquellos aplausos reconocían la calidad técnica de las interpretaciones, pero también la emoción de un encuentro cultural que había conseguido reunir diferentes generaciones alrededor de una misma memoria.
Hay algo profundamente conmovedor en la posibilidad de que una canción sobreviva a quien la creó. Los seres humanos estamos inevitablemente atravesados por el tiempo. Pero el arte introduce una posibilidad extraordinaria: una obra puede continuar despertando emociones cuando su autor ya no está, adquirir nuevos significados, encontrar otros intérpretes y convertirse en parte de experiencias humanas que su creador quizás nunca llegó a imaginar.
La noche del pasado jueves en el Antel Arena fue una demostración de excelencia artística. La precisión musical, la intensidad de las interpretaciones, el encuentro entre destacados artistas nacionales, los registros históricos del archivo Zitarrosa y la emoción del público construyeron una celebración que trascendió el homenaje convencional.
Y cuando los últimos acordes dejaron de sonar y la emoción comenzó a transformarse en recuerdo, quedó flotando una certeza que parecía resumir el sentido más profundo del espectáculo: Zitarrosa sigue vivo. No porque el tiempo se haya detenido, sino porque su obra continúa encontrando nuevas maneras de atravesarlo.
Gracias, Milongas Extremas, por una noche inolvidable. Y, por cierto, si algo quedó claro entre tantos aplausos y emociones compartidas, es que todos nos fuimos con extremas ganas de que se repitan estas noches de milongas.
Ir a la fotogalería