
La imperiosa necesidad de escribir
“Parte de este mundo”, una obra que te atraviesa
¿Viste cuando salís del teatro y te vas caminando con la vista clavada en el piso, mientras la cabeza intenta ordenar todos los hilos de lo que acaba de pasar… ¿Cuando sentís que no solo viste una obra… sino que la obra te atravesó por completo? Bueno.
Y te das cuenta… La única forma de sacarlo afuera es escribir todo lo que surge en ese momento.
Eso es lo que provoca Parte de este mundo. Una de esas bellezas inesperadas que te encuentran y te abrazan. Y como todo buen abrazo, te acompaña.
La escena no es un escenario tradicional. En ella se despliegan magistralmente textos de Raymond Carver, entre cuentos y poesías, sostenidos por una música sutil, orgánica; una canción que conmueve.
El resultado es una combinación única de arte, una mirada particular sobre la vida que nos interpela a cada momento, ya sea en medio de una carcajada o mientras tocamos una vieja —o reciente— cicatriz del corazón.
Nos interpela, nos mueve, nos muestra, nos enfrenta al espejo. Nos pone entre la espada y la pared.
¿Quién no fue, alguna vez, uno de esos personajes? ¿Quién no ha sido víctima? ¿Quién no podría haber sido el victimario? Lo que para algunos es apenas una situación graciosa, para otros —y lo confirmas al ver alguna cara de quien te acompañan a la mesa— es, sin duda, una herida latente.
Porque la obra, además, tiene eso: una mesa larga, con mantel cuadrillé, donde elegimos un lugar, luego de ser recibidos por el propio elenco. Te ofrecen agua, refresco o cerveza, y una picada acompaña la espera y la obra. Te podés sentar en cualquier lado, “menos donde hay un vaso con agua”, te indican al entrar.
La propuesta te obliga a pensarte, a repensarte, a repensarnos. A cuestionar, con éxito, dónde estamos parados. Plantea encrucijadas y momentos cotidianos desde una óptica que quizás nunca habías considerado, y te fuerza a sentir una empatía que nace sin aviso.
De los doce textos de Carver, eligen cuatro para cada función. La estructura la marcan los cuentos, pero el desarrollo vive y muere en la improvisación. Es tan real que la sorpresa, a menudo, se dibuja en la cara de los propios actores ante las salidas de sus compañeros.
Las poesías y los monólogos te quedan resonando por horas. Y uno sospecha que seguirán ahí con el paso de los días; quizás para toda la vida.
Claro está que nada de esto sería posible sin un elenco a la altura; la selección de los directores es, en ese sentido, un acierto absoluto. Hay personajes a los que querés abrazar, otros a los que mandarías bien a la loma del carajo y algunos con los que, simplemente, te sentarías a llorar.
El aplauso final es, en todo sentido, una verdadera consecuencia. Una ovación de pie merecida, de esas que se ganan de verdad.
Podríamos decir más, pero es mucho mejor que lo vivas en la próxima función. La número 34, que marcará el fin de esta segunda temporada. Esperemos que haya una tercera, una cuarta, una gira…
Muchas veces uno recomienda un espectáculo. Dice “andá a ver tal cosa”. En este caso, es mucho más. Las palabras no alcanzan, quedan cortas, por eso Parte de este mundo es una experiencia que todos deberíamos sentir y, sobre todo, dejar que nos atraviese.


















































