
Y una gran noche, claro, pues toda noche de recital abre un abanico de dichosas posibilidades. Tratándose de un espectáculo de Joan Manuel Serrat estas incluyen, en un orden sin ánimo de jerarquizar: buen humor, bonhomía (que no es lo mismo), buen gusto y, sobre todo, una tristeza o melancolía sin espinas. De la que no lastima pero conmueve, y que en este caso aumenta su caudal acorde con la edad de cada espectador.
Aunque la voz del catalán acuse el paso del tiempo (son 50 años arriba de un escenario y 78 de vida en general, después de todo) las notas que faltan son reemplazadas en la mente del público por el recuerdo, repuestas por los ecos que han dejado en los espíritus. La multitud acompaña al trovador con voz queda, diríase que tristona, en “Cantares”. Antonio Machado, el poeta que Serrat musicalizó, habla de ser ingrávidos y gentiles, fugaces como pompas de jabón, y vaya si lo siente en carne y alma la multitud que sigue con fidelidad de enamorado al catalán desde hace décadas.
Es que impresiona volver una y otra vez durante el show a la idea de que esta será la última vez que esas canciones, tan habituales como las nubes o las flores, no volverán a ser entonadas por su autor nunca más en un escenario local.
Así lo anunció Serrat en diciembre del 2021. Esta gira (“El vicio de cantar 1965-2022”) será la última o, como expresó el lunes en conferencia de prensa: “un hombre en un momento determinado tiene que decidir dar un paso atrás. Es mejor irse en un momento en que uno todavía conserva un estado físico que le permita hacerlo, cuando todavía se tiene la ilusión por subirse a cantar en un escenario, y todavía hay gente que va a verle”.
La ocasión se convierte entonces en algo más que un recital: es un evento. Uno histórico, que será recordado por los futuros historiadores de la música.
Hablarán de este día, cuando uno de los músicos más queridos por los uruguayos besó el aire y se fue.
La historia de Serrat es más o menos sabida. Desde sus orígenes allá en Barcelona a mediados de los 60, como uno de los tantos baladistas continuadores de una corriente de cantautores (junto a Paco Ibáñez, Patxi Andión, Luis Eduardo Aute, entre muchos) cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, pero que puede remontarse a la Provenza mediterránea y llega hasta los chansonniers belgas y franceses de la primera mitad del siglo XX a este presente, cargado de reconocimientos, éxitos y una obra compuesta por más de 300 composiciones en castellano y catalán. De Jacques Brel tomó esa habilidad exquisita para pintar las vicisitudes cotidianas de la vida sin olvidar al humor; con Brassens aprendió Serrat a hacer canciones sencillas en lo musical y ricas en la letra. Todo ese batido melódico lo puso al servicio de su militancia por la lengua catalana, perseguida como otras lenguas por el franquismo. Desde el año 1967 se unió así al colectivo Els Setze Jutges, movimiento que a su vez impulsaba la Nova Cançó catalana, que luchaba por mantener la cultura y la lengua catalana en plena dictadura franquista.
A esta herencia cultural el artista la ha remozado sin dejar de serle fiel. En efecto, los agudos observaciones de aquellos cantantes anarquistas sobre las injusticias y la sociedad, han continuado apareciendo en las canciones de Juanito. Varias aparecerán en el transcurso del recital. O, para ser más precisos, el show.
Querremos siempre al Nano
Y sin dudas que así será. Desde que su voz llegara al Río de la Plata a finales de los 60, su timbre melancólico, heredero tanto de los cantaores sevillanos como de los chanteurs franceses Serrat fue quien más rápidamente conquistó los corazones de una región compuesta mayoritariamente por descendientes de inmigrantes españoles e italianos.
Rescataba, luego de la larga noche franquista, a ese “ser ibérico” que latía en sus musicalizaciones de poetas, en la pintura de tipos locales, en la narrativa imbuida de ese fatalismo, herencia de los 700 años de ocupación morisca, desgranada en canciones como “Pueblo Blanco”, “Penélope”, etc.. Como parte de ese rescate figuran sin dudas los muchos poetas musicalizados por él: Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, León Felipe, Joan Vergés, Joan Salvat Papasseit, Ernesto Cardenal, José Agustín Goytisolo, Josep Palau i Fabre, Josep Vicenç Foix, Juan Marsé, Josep Carner, Pere Quart, Jaime Sabines, Mario Benedetti, José María Fonollosa, Eduardo Galeano, Joan Barril, Luis Cernuda, Tito Muñoz, Luis García Montero, Federico García Lorca, Pablo Neruda.
A juicio de este cronista la mejor producción de todas, mérito también del gran arreglista Francesc Burrull, fue la dedicada al malogrado Miguel Hernández en el disco homónimo de 1972.
El romance de estas latitudes se vería interrumpido luego por nuestro propio oscurecimiento, durante la larga noche que cubrió los 70 gracias a la desgraciada ocurrencia de unos pocos iluminados vestidos todos de igual manera y con una concepción miserable de la democracia y el valor sagrado de la vida.
En el caso uruguayo la relación se reanudaría recién en una noche húmeda de 1984, cuando un estadio Centenario conmovido lo recibió con miles de encendedores y él, respondiendo a ese cúmulo de constelaciones, abrió los brazos mientras sonaban los primeros acordes de “Cantares”.
Es necesario, sin embargo, decir algo sobre su faceta como artista comprometido. Tal vez el Serrat pos dictadura fue para algunos de sus antiguos oyentes una desilusión. Muchos se desilusionaron al verlo tal como era. Esto es: no solo un cantante sino también un artista militante, comprometido con sus creencias.
El catalán, para que a nadie le quedaran dudas de por dónde iban esas simpatías, hizo subir a Líber Seregni en el intermedio de aquel primer recital. Serrat sin dudas comprendía que la presencia del líder de la izquierda, recién liberado tras años de prisión, le quitaría una parte de su público pero, como corresponde a su carácter, poco le importaba eso entonces y ahora.
Tantos años después, llega un Serrat añoso. Uno que sigue igual de comprometido con sus causas, con lo que piensa él es justo. Fiel a sí mismo. Pero el mundo ha cambiado y Serrat, lejos de la militancia fingida que muchos artistas eligen para permanecen lucrando cómodamente, amplía esa lucha. La preservación del medio ambiente, la condena del terrible trato dado a los inmigrantes africanos por parte de las autoridades europeas. Nuevas luchas. Por supuesto, permanecen causas más antiguas: el destino de los desaparecidos (“Hay que seguir. Con la esperanza que nos dieron las madres, las abuelas y con el espíritu de luchas que habéis demostrado” dijo el lunes al recibir el premio Mario Benedetti a los Derechos Humanos). También la lucha contra toda forma de explotación o crimen contra la humanidad.
Fiesta
Con los años, las citas con Serrat han pasado de ser meros recitales a shows con toda la parafernalia que la época obliga. El catalán no teme usar las posibilidades que le brinda la tecnología. Es así como, de a poco, se transformó en algo habitual la presencia de una pantalla gigante como parte de la pared del fondo del escenario. Esta vez, las imágenes acompañan tanto la música como los intermedios entre canción y canción. “Mediterráneo”, cantado innumerables veces, esta noche amplía su significado gracias a la inclusión de imágenes de pateras, inmigrantes y contaminación junto a las postales típicas de ese mar.
Es un show guionado, además. Gracias a esa misma tecnología de la información omnipresente, es posible descubrir (gracias Youtube), el truco del mago. Otros recitales de esta gira despedida, con algunas pequeñas variaciones, repiten las bromas y tomadas de pelo a sí mismo. Serrat se guía para ello de un teleprompter ubicado a sus pies. Incluso se sirve de él a la hora de cantar. No solo las canciones más o menos nuevas como la “Dale que dale” del disco “Hijo de la luz y de la sombra” (2010), segundo disco dedicado al poeta Miguel Hernández, con que abre el recital. También con canciones muy anteriores, míticas, cuyas letras, uno supone, debería conocer completas sin necesidad de aditamento alguno. Tal vez sea una manía adquirida en tanto y cuanto todos los humanos somos cómodos, pienso al cerciorarme por undécima vez gracias a las pantallas gigantes que cubren los laterales del escenario: los ojos de Serrat bajan una y otra vez hacia el discreto monitor negro ubicado a sus pies.
En cuanto a los intermedios cómicos, que por momentos acercan el show a un stand-up, el músico ya lo había advertido: esta será una despedida pero no por ello tiene que ser necesariamente triste. Y por cierto, las risas que con su gracejo castizo despierta en todos son una defensa de la alegría, como lo planteaba su amigo, un tal Mario Benedetti, en una canción de igual título aparecida en el disco “El sur también existe” (1985). Defendamos la alegría, entonces. Por lo menos esta noche que arriba en el escenario se ha armado una fiesta.
“Les han dicho que este es mi último concierto y eso no es verdad. De hecho espero llegar bien al final de este, pero por las dudas guarden sus boletos; no porque se les vaya a devolver el dinero, sino como aval de una instancia memorable: “yo estaba ahí cuando… PUM” bromea pícaro y feroz sobre su, nuestra, doble condición de mortal objeto del tiempo.
La banda que lo acompaña incluye a Ricard Miralles al piano, que de todos sus arreglistas es el que más tiempo lo ha acompañado. Al presentarlo también guarda un momento para recordar a los anteriores: Josep Mas “Kitflus”, Josep Maria Bardagí, Francesc Burrull, Antoni Ros-Marbà. También a Joan Albert Amargóz, con el que el vínculo continúa en la figura de su hija Úrsula Amargós, violinista de la banda y pareja de Serrat en la canción “Es caprichoso el azar”, del disco “Dos pájaros de un tiro” (2007).
El Furo
En un momento del show Serrat devela un secreto familiar. Allí en la pantalla del fondo aparece un hombre mayor, el personaje de “El carrusel del Furo”. El Furo es en realidad como le decían al abuelo del cantante. Un español de boina, como debe ser, al que Serrat nunca conoció pues las brigadas franquistas lo mandaron a la eternidad de un balazo. Su cuerpo, junto a los de otras víctimas, cayó al fondo de un barranco. La familia jamás pudo recuperarlo.
Quizás por ello, al entonar esa canción monumental que es “Nanas de la cebolla”, sobre un poema que Miguel Hernández le escribió a su mujer desde la cárcel cuando esta le dijo que ella y el bebé de meses vivían a pan y cebolla, el tiempo se detiene. A pesar de toda la parafernalia técnica, aunque Serrat esté rodeado por sus músicos y uno sea apenas uno más en la multitud, el efecto es de estar asistiendo a un regalo íntimo. Canta el familiar de un desaparecido. Alguien cuya familia sufrió los efectos de la guerra, del terrorismo de estado.
Me surge entonces una pregunta al observar los rostros marcados por el tiempo y el dolor que en un momento aparecen en la pantalla del fondo.
¿Cuántos de esos veteranos de tantas batallas se mostrarían de acuerdo con las ideas actuales del catalán en caso de poder hablar a solas, lejos del personaje que anima el escenario, con él?
La agenda política que acompañó siempre a los artistas como Serrat (es decir: la de un europeo comprometida con la defensa de lo humano) construyó con el tiempo un personaje. Al decirlo no pretendo sostener que el discurso del catalán sea una mera pose. Muy lejos de eso, digo que cuando Serrat defiende los derechos humanos lo hace incluso en casos y lugares que, ojalá me equivocara, gran parte de la izquierda latinoamericana no lo acompañaría.
Luego de la desintegración de la URSS y la caída del muro de Berlín, las izquierdas europeas hicieron una relectura en tono crítico de aquel rancio socialismo sesentista. Un barajar y dar de vuelta que es materia pendiente en el subcontinente permitió el florecimiento de una nueva (vieja) verdad: excepto para unos pocos líderes interesados, no es aceptable ninguna dictadura. Del signo que sea.
Y esa es una discusión que todavía nos falta dar. Algún paso en ese sentido ya lo han recorrido personalidades como Jaime Pérez en su momento y Carlos Liscano con su libro sobre Cuba recientemente aparecido.
Pero no es suficiente.
Un indicio de que a todos, líderes y pueblo, nos falta recorrer un buen trecho en favor de nuestros valores surgió hace no mucho cuando Joaquín Sabina, compañero de ruta del catalán, expresó en conferencia de prensa: “Fui amigo de la revolución cubana y de Fidel. Pero ya no lo soy. Ahora estoy del lado de los que se manifiestan y de los que se exilian de la isla. Los que hemos sido de izquierda tenemos la responsabilidad de decir la verdad ante los desastres de la izquierda. Ya no soy tan de izquierdas porque tengo ojos, oído y cabeza para ver lo que está pasando”.
Las palabras, una vez replicadas por los medios, despertaron respuestas del tipo “la merca le cayó mal a Sabina”, “mientras España mantenga y solape una Monarquía, la opinión de Sabina, Serrat y cualquier otro español trasnochado sobre la izquierda en América, vale lo mismo que las promesas de campaña de Lacalle Pou y su narcogobierno” o “Nunca le compré su pose de bohemio antisistema… al final se pegó al talento de Serrat y las orejas (de) palo de sus seguidores”, y muchos etcéteras más. En fin, todo lo que permite la irresponsable impunidad cuando esta se ejerce detrás de un teclado.
Algo de lo que, quizás por algún olvido voluntario de sus fieles, el catalán se ha salvado, aunque les haya dado motivos de sobra a los “macarras de la moral”. Por ejemplo en 2003, cuando el parlamento cubano condenó a muerte a tres jóvenes por secuestrar un barco con turistas (en su desesperación por escapar de la isla) Serrat expresó: “Yo no estoy de acuerdo con ningun régimen; la libertad y la justicia andan de la mano o no andan, y yo me manifiesto en contra de la pena de muerte”. Añadía que la libertad “es aquella que apoya la opinión de quienes piensan distinto a tí”, “el embargo fue una torpeza, la isla ha sido un lugar donde Castro ha podido refugiarse y ha escondido otras caras de Cuba”.
Posición que ha mantenido también respecto de otros símiles de La Habana: tan cercano en el tiempo como en 2019 participó de una carta condenando la persecución contra el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, por parte del régimen de Daniel Ortega. No solo él, también Joaquín Sabina, Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos, entre otros artistas, escritores e intelectuales.
Niño, que eso no se dice/Que eso no se hace/Que eso no se toca
Ambrose Bierce, en su “Diccionario del Diablo” decía que en algunas sociedades a los cínicos, para mejorarles la visión, les arrancaban los ojos.
Vaya entonces esta pregunta cínica: más allá de la coincidencia en ciertas verdades universales (derechos humanos, tema desaparecidos, preocupación por el medio ambiente, etc.) ¿comparte Serrat con su público uruguayo la defensa que muchos todavía hacen de regímenes autoritarios y corrupciones cuya única solidaridad reside en repartir la riqueza de todos entre unos pocos?
No es una pregunta que solo debe hacersele a la izquierda, por cierto. Lo que sucede es que de la derecha ya hemos conocido su respuesta con creces.
Tal vez, esta es una suposición alimentada por la expresión de una izquierda más racional, sin miedo a llamar a las cosas por su nombre, el catalán sepa que la respuesta será cualquier cosa menos agradable. Quizás por ello el show transcurre por una medianía desideologizada, aunque no por ello menos política, haciendo hincapié en la concientización de que todos somos integrantes de una polis, en el sentido de comunidad. La consecuencia entonces es que hay problemas de derecha ni de izquierda cuando se trata de los derechos humanos. Que estos no tienen época ni fecha de caducidad. Son temas que interpelan mucho más allá de este momento, agradable, en que suena la música. Quien la creó también hizo de su vida un ejemplo. Nosotros, en tanto seguidores del Nano, deberíamos asumir nuestras responsabilidades. Pensar qué hacemos o qué callamos para que nadie, en ningún lugar, sufra persecución o muerte.
Ninguna religión, nacionalidad o ideología vale más que una sola vida humana. Eso es lo que nos ha estado diciendo el arte desde el comienzo de los tiempos pero los buenos artistas, que como Serrat también son buenos seres humanos, a veces son escuchados solo con una de dos orejas.
Ver esta publicación en Instagram

















































