
Una fría noche del invierno del ‘92, en un Palacio Peñarol con una acústica que la palabra infame no llega a describir, Fito Páez presentó por vez primera en Montevideo El amor después del amor. Meses después, en pleno diciembre, llenó la tribuna América del Estadio Centenario para la presentación que seguramente todos recordamos. Esa misma noche, en el Cine Plaza se presentó BB King. Todo no se puede.
El disco más vendido de la historia del rock argentino, el que catapultó a Fito al nivel de megaestrella del mundo hispanoparlante, sigue siendo 30 años después una de esas obras redondas, que se sostiene sin despeinarse en medio del borbollón que infecta las plataformas en las que consumimos canciones y playlists, alejados ya de los discos.
Fito siempre ha tenido un manejo exquisito de la melodía y es un perfeccionista a la hora de arreglar sus canciones. Si no me creeis chavales, preguntadle a Sabina. Y para El amor.., su sexto disco, ya tenía un manejo de la producción más que interesante. Así el disco conjuga el amasijo de influencias -literarias, del cine, musicales- que los seis discos anteriores (Del 63, Giros, La la la –con Spinetta-, Ciudad de pobres corazones, Ey, y Tercer Mundo) habían ido macerando lentamente. En diez años, había pasado de ser el niño mimado de la trova rosarina y Charly, a ser un músico con una voz y una presencia única en el panorama musical de la vecina orilla. Esta vez, sin perder ni un gramo de furia cuando toca, sin dejar de ser ese ser desangelado que parece quebrarse tras el piano, o guitarra en mano, el Fito enamorado del 92 es un Fito juguetón. Un músico que sabe divertirse y que no oculta su faceta de bon vivant que resulta tan seductora como antes fue su fragilidad. El Páez de El amor… es un viejo encantador de serpientes, que no oculta las cicatrices de las muchas mordidas que carga en la piel.
Electrónica, tango, chacarera, robos descarados de riffs de Led Zeppelin, canciones con aroma Beatle, arreglos que van del jazz a atmósferas que pueden ser la banda de sonido de una danza de los siete velos. La desolación de Tumbas de la gloria -dicen los cronistas que que fue la primera canción compuesta para el disco-, la celebración del amor ciego que cree -y con eso basta-, el terror a la infidelidad, los celos más nefastos, hasta una road movie relatada sobre una base musical engañosamente liviana. Nada falta allí. Es un disco que invita sin desparpajo a rodar la vida, sabiendo que cuando menos lo esperamos vamos a ver a quien nos encuentre cuando no estemos buscando a nadie.
Ayer por cuarta vez, Fito volvió para presentar El amor…, esta vez, treinta años después. La apuesta fuerte y sin tapujos es clara. Durante una hora entera la banda, afiatadísima, sutil y potente a la vez, como todas las bandas que le hemos visto por estas tierras, se dedicó a tocar por entero el disco que reunió en el Antel Arena a un público donde los cincuentones pudimos ubicar gente veinte años mayor, o casi treinta años menor. Los clásicos tienen eso, te agarran en algún momento de tu vida y no te sueltan. Como el blues, como el tango, saben esperar, y de un zarpazo, o con la sonrisa más amable, hacer del escucha incauto una nueva presa. Por eso son clásicos. Inapelables.
La voz de Fito suena treinta años más grave, pero sigue entera. Ya no toca la guitarra y se reparte entre su piano de cola (en el mismísimo centro del escenario) o un micrófono frente al cuál se para como siempre se ha parado. Una figura estilizada que se mueve y vibra al compás de su propia música. El extraño prodigio de una marioneta sin más hilos que los que componen la fibra de su arte, que también que sabe ser el sargento que con un solo gesto de la mano izquierda detenga la música o la haga estallar. Una mezcla explosiva de niño fascinado con un juego nuevo con un general que no vacila en enviar una nueva línea de bisoños a ser masacrados en un frente siempre brutal. “…porque uno viene aquí a entregar el corazón, pero también me gusta la sangre” dice sonriendo, mientras organiza al público para corear el potente “Circo beat, uh uh” con el que seguramente se alimente tanto como cuando el Antel Arena lleno de bote a bote canta al unísono el estribillo de 11 y 6.
Bajo (Diego Olivera) y batería (Gastón Baremberg) son siempre un motor que pauta los ritmos, los tiempos, las intensidades. Los vientos (Alejo Von del Pahlen en saxos, Manuel Calvo en trombón y Ervin Stutz en trompeta) acompañan metiendo brillos y pinceladas que arreglan las canciones encontrando -como en el buen jazz- resquicios por donde meterse sin interrumpir, sin alterar, ayudando a que la canción pueda variar mínimamente para poder seguir siendo la misma. Porque las canciones de los discos clásicos, están vivas, en la gente y en los músicos que las reinterpretan cada noche en cualquier parte del mundo. Una acústica (Vandera) muchas veces imperceptible hace tambiéèn al pulso de la noche, los sintes (Juan Absatz) llenan de efectos, programas, capas sutiles y overdubs una paleta sonora que se conjuga a la perfecciòón con las luces y efectos visuales en los que se advierte la mano y la mirada de un detallista. Emme acompaña a Fito allí donde el registro vocal del cantante necesita un matiz al que ya no llega, y Juani Agüero en la guitarra eléctrica es, al decir del rosarino “la tripa misma del rocanrol”.
Tras cerrar la fiesta del album cumpleañero, la banda se retira diez minutos -cronometrados a la vista de todos en una cuenta regresiva que ocupa toda la pantalla del fondo- para volver y encarar la difìcil tarea de seleccionar otros temas de la extensa y prolìfica carrera del poeta rosarino. El diablo de tu corazón, Al lado del camino, 11 y 6, Circo beat, se suceden en un collar donde como no puede estar todo, se extrañan los temas de los emblemàticos Giros, Ey o Tercer mundo. Como si la fiesta iniciara con El amor…, y siguiera de allì en más.
Ya en pleno éxtasis la banda ataca una intro larga (que se parece mucho a Pompas bye bye, o De 1920) y toma por asalto el Antel Arena con una arrolladora versión de Ciudad de pobres corazones. En medio de una pantalla que muestra en trazos blancos los perfiles de una ciudad sobre fondo negro, con el cuerpo doliendo de distorsión y furia, no puedo evitar pensar que en el mejor de los casos el amor todo lo puede, pero esto es Montevideo, siglo XXI, y aqui también la locura y la violencia desatada sigue asesinando un día sí y otro también a un montón de pobres corazones.
El show cierra por segunda vez allí. Con eso me doy por más que super bien pagado. Después la banda retorna para los bises, canta Dar es dar (hasta Fito ha sido capaz de componer canciones bobaliconas como esa que bien podría eliminarse de su catálogo) para cerrar con Mariposa tecnicolor, cantada y bailada por un público ya desatado.
Un show enorme, un paseo por una colección de las canciones que él mismo puso en nuestros walkmans hace décadas, y que parecen destinadas a acompañarnos por el resto de nuestras vidas, junto con esos silencios que también muchos preferimos callar.
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Productora: @gaucho.uy
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