
Tal vez, entre las estrellas de rock y los boxeadores no haya tantas diferencias: ambos actores sociales suelen salir de la marginalidad y se encuentran ante las luces de la fama con un impacto aún mayor a sus condiciones de postergación.
En ese sentido, la vida de Elvis Presley parecería ir por los mismos recorridos que hacen a la cumbre y el ocaso de los ídolos: origen humilde, talento precoz, adhesión popular, usureros que juegan perversamente a ser los amigos del campeón, y finalmente un desenlace trágico a una edad demasiado joven como para decir adiós.
La película de Baz Luhrmann, en una coproducción entre Estados Unidos de Norteamérica y Australia, retrata a través de un drama biográfico la historia de una persona que no estaba preparada para tanto y que gracias a su arte dio impulso a una industria que otros aprovecharon para su propio beneficio.
Elvis (2022) muestra a un hombre desbordado -magistralmente interpretado por Austin Butler– en distintos momentos de su vida. Primero, por las ansias de salir de la pobreza y luego por el tormento de no poder sobrellevar tanta exposición. En medio de esos dilemas, hay una relación de cariño hacia sus padres que contrasta notoriamente con la relación conflictiva vinculada a Tom Parker (Tom Hanks), un empresario dispuesto a explotar económicamente las ventajas de representar a una figura crucial de la década de 1960, alguien que como solista irrumpió entre la revolución de The Beatles y los flashes de The Rolling Stones.
Las escenas de la película combinan momentos de la cotidianeidad en un detrás de escena que humaniza al hombre idealizado, con otros tópicos que devienen un musical capaz de recrear el show de las presentaciones en vivo y en directo. Para los amantes de la música, hay un guiño que atrae por sí mismo.
En la cumbre del éxito siempre hay un costo que pagar. A Elvis lo encontró rodeado de multitudes extasiadas por verlo, tocarlo, besarlo, mientras habitaba una enorme soledad. Para soportar la presión acudió a los excesos sin que nadie lo cuidara más allá de que sus afectos empezaban a cobrar dimensión de su salud deteriorada.
Víctima de un manager que dividía por la mitad las ganancias obtenidas y que gracias a su estrella podría solventar gastos en el juego y la noche, Elvis se encontró ante la encrucijada de seguir siendo o dejar de ser.
Con imágenes de archivo se reconstruye ese período, viéndose desmejorado y haciendo todo lo posible para sostenerse en pie, mientras el público le rendía tributo y fidelidad sin importar las circunstancias dolorosas de su ocaso.
La muerte lo encontró en 1977, a los 42 años de edad, a causa de un infarto al corazón. Fue noticia en todo el mundo, generando consternación y tristeza, porque cuando muere alguien conocido, llamado a dejar huella, los fanáticos sienten que pierden a un ser querido, casi como a un familiar.
A partir de ese momento, nacía el mito. Parecido a las deidades griegas, los defectos y miserias lo hicieron aún más grande. En su despedida, el Presidente de la Nación Jimmy Carter dijo que Elvis había «cambiado para siempre el rostro de la cultura popular estadounidense».
Y de allí una reflexión: a quienes rompen el canon y el status quo, nunca les será fácil volver a ser lo que alguna vez han sido, cuando transitaban los anónimos tiempos de infancias inocentes junto a los irrenunciables sueños de alcanzar la cima de la gloria.
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