
El increíble Springer
El increíble Springer me desilusionó.
No por torpeza —eso sería fácil— sino por algo peor: vacío.
Es evidente que Damián González Bertolino tiene oficio. Maneja el ritmo, sabe describir, arma escenas con prolijidad. Pero en estos dos cuentos todo queda en la superficie. Nada me quedó resonando.
Ni una idea que persista.
Ni una imagen que se adhiera.
Ni una fisura por donde entre la imaginación.
El primer cuento promete. Hay clima, hay una insinuación de misterio, uno cree que algo va a pasar. Pero no. Se diluye. Como si el texto eligiera no arriesgar, no tensar, no incomodar.
El segundo directamente se vuelve un asedio. Una lectura que se hace cuesta arriba, deseando que termine esa historia de tres mujeres jugadoras de golf y el vínculo de una de ellas con su caddie. No por provocadora —ojalá— sino por inerte. Todo ocurre y, sin embargo, nada sucede.
A mi entender, a ambos relatos les falta espíritu. Eso que no se aprende en talleres ni se corrige con estilo. Eso que hace que un texto te tome del cuello o, al menos, te deje una marca.
Por eso el contraste fue brutal con Mugre rosa de Fernanda Trías que comencé a lee.
Ahí sí encontré lo que busco en una novela: una historia que me absorbe, que se vuelve mía mientras la leo, que me provoca, me incomoda y me empuja a seguir. Capítulo tras capítulo, con deseo real de avanzar.
En literatura, la destreza es condición necesaria.
Pero sin alma, sin riesgo, sin algo en juego, no alcanza.
Y eso —cuando se percibe— es una verdadera pena.













































