
El CUARTO DE MUÑECOS
En el cuarto de los muñecos hay muñecas. En ambos hay muecas como huellas. Huellas como muecas en el rostro de los muñecos que no han dejado en soñarse muñecas. Estas en su imparable estampida queer queriendo vestirse de ellos, los muñecos que toman las identidades de ellas y se esconden a lanzar un llanto largo, como un río diagramado entre archipiélagos venosos, como estrellas emancipadas de su entorno oscuro.
Los muñecos como niñas trepidan en la sudoración del muñeco mohicano, y se llaman a silencio cuando una muñeca porrista busca a su chica barbie, y la búsqueda se hace impertinente e insegura. Nada auguran cuando las nubes se desprenden como postigos mal aceitados. La canción que se busca te encuentra pensándola, entre góndolas de un supermercado de ilusionistas baratos y ropa kitsch. Vas a buscar breteles a una tienda de second hans y solo encuentras guantes. Algunos almidonados, otros entumecidos por la humedad.
La muñeca sentada en la cubierta del piano vertical se pinta los labios y el caballitos de latón se escurre tras una máscara del Zorro. Quién por allí camina son otros muñecos, otras muñequitas que alguien ha soplado desde la cúspide de un pastel de bodas. La vida boba se pone tonta cuando el cielo se quema. Las ruecas de las hilanderas tejen con madejas de telarañas, mantas donde las sombras se arañan. Buscan un espacio donde insertarse fuera del radiador o la nevera. El cuartos de los muñecos es un trepidante ruego de perplejidades.
Lana del Rey canta “The Blackest day” y una lluvia de langostas comienzan a rodar, así como las magnolias en los platos de las ranas, y su voz se escuece como una picadura de un minúsculo muñeco ahora insecto. La voz es un látigo seductor y los muñecos guardan filas. No lejos están los bandidos, detrás de montículos de libros de tapas rasgadas y comics de Lorenzo y Pepita, los Archies, Periquita y el Club de Tobi.
Nada aún del universo Marvel. Entre ellos un primo de Woody, una réplica del vaquero de Toy Story, y un avatar del guardián del espacio Buzz Lightyear. Woody cada tanto busca a una de las porristas, para que le den cuerda y pueda desplazarse de un lado a otro cuando la mayoría duerme. ¿Dónde duermen los muñecos sin muñecas? ¿Ellas bailan solas y beben su licor? Los bandidos comienzan a desperezar y las muñecas han dejado de ser barbies y ahora son gatúbelas, piezas sin cabeza aún con los bigotes puestos, se brindan al delirio del brincar.
Huelen unas ristras de ajos, colgando como un pez muerto y blanco. Un pez lleno de pequeñas cabezas a las que denominan escamas, pero las porristas saben que son gotas de sudor lunar. Esperan que culminen su coreografía para batir palmitas en oscuros estadios de sexo. Llegan los payasos con atuendos góticos y peces saltimbanquis. El Capitán América llora sobre viejos ejemplares de Hustler donde hay un desplegable de Sasha Grey junto a Tarzán. La Mujer Maravilla sólo desea encontrar a Kristen Steward, raptarla y llevarla hasta los confines de Lesbos. Estamos en el cuarto de los muñecos y la música funcional salta desde una cajita de música. La pequeña bailarina tiene los rasgos de Amy Winehouse y las pinturas de sus ojos se han corrido hasta la punta de sus zapatillas.
El Capitán Garfio se ha perdido de cuento y busca una ballena blanca. Otros muñecos heteros buscan a muñecas heteros, y el tero de patas largas y plumines punkies anda a los saltos entre tanto desconcierto llevando un pin de Sid Vicius. Los muñecos indefinidos buscan ositos de peluche que los entretengan, pensando en que tal vez puedan encontrar respuestas. Lady Gaga también se extravía y se encuentra con un muñeco de dientes filosos.
Reconoce a Freddie Mercury hecho de trapo y se ponen a improvisar el tema “Radio Ga Ga”. Y Lady Gaga se pierde entre los subgéneros. Irrumpen muñecos pertenecientes a la Brigada del Lenguaje Inclusivo. Les advierten y los multan, deben concurrir a las básculas de género, la próxima vez deben cantar “Radie Ge Ge” pero Fred se enfada y les dice que él es puto y con eso basta.
Los brigadistas intentan detenerlo pero aparece Montserrat Caballé y lanza un tremendo silbido agudo que les rompe sus cabezas. Lady Gaga las toma y expresa; “to be or not to be…”. Entonces el ambiente adverso se vuelve luminoso. Llegan más payasos y el Cirque du Soleil parece ser otro y se divierten con los muñequitos de la Fura dels Baus. Iguanas de colores comienzan a caer desde los árboles, pero ellos no lo saben.
Fuera del cuarto la temperatura es cada vez más baja y están desfallecen. En la oscuridad el frescor se transforma en humedad y no se congela. Es un frescor agradable que permite corretear a algunos pequeños ratoncitos que sólo se paralizan, cuando se encuentran con la muñeca de Minie. Ella busca a Mickey pero este no está visible, suele ocultarse introduciéndose dentro de sus orejas, y es difícil no diferenciarlo de alguna piedra o de la bola negra de los juegos de pool para niños.
En ese universo todo es tan kafkiano que las eventualidades son tantas como las que obtenemos a través de los acertijos de croll, como si el continuo deslizar de plataformas a plataformas, nos hiciese correr de un extremos de la ficción al otro, y nos deja imbuidos en un vacío tan anónimo como propio. Pero los muñecos no lloran y resulta Raro no hallar al muñeco de Damián yendo a buscar la calle de su casa en la maqueta de Ciudad Gótica, la que permanece junto al piano, los caballitos de latón y la máscara del Zorro.
Es una suerte no encontrarme con ninguno de los muñecos de las tropas de la Chilindrina, pero hay una voluminosa muñeca con una gafas anacaradas a las que los demás muñecos conocen como “La One”. Algo se activa en la carnicería de la juerga visionaria, y los muñecos de la Brigada Moral queman los libros de “Lolita”.
“Era una descarriada”, se le escucha decir a un muñeco vestido de párroco que desde la cima de taburete de magia, observa la escena. Un murciélago cojo se balancea como un piolín que cuelga desde una antena de retransmisión por cable. En ese cuarto todos se parecen a todos y a la vez a ninguno. Pero saben que hay infiltrados usurpando las almas de otros.
Desconocen si provienen del espacio exterior, fuera de las dimensiones del cuarto, o las brigadas de potenciales enemigos, los han hecho inmiscuirse entre ellos. Entonces todos dudan de todos, se mienten los unos a los otros y ninguno sabe a quién creer y a quién no y comienzan a descreer de sí mismos. ¿Por qué no hay ningún muñeco con forma de Jesucristo? ¿No lo han querido bajar de la cruz o este se ha negado a descender? ¿Y los demás dioses, incluso los impronunciables, dónde están? ¿Dónde estaban cuando el Titánic se partía en dos, cuando el Challenger explotaba, cuando el tsunami barría las ciudades costeras de Japón, cuando Rusia invadió el Donetsk, cuando Trump lanzó sus hordas a las calles.
Entonces ante la duda, algunos proponen realizar una fiesta y llaman a los muñecotes de Villague People, los demás muñecos se aglomeran ante al pie del piano, porque ellos actuaran sobre la cubierta del teclado. La expectativa crece y estos se demoran.
Su indio sioux se ha indispuesto y aún se encuentra dentro de la caja de primeros auxilios, donde un muñeco profiláctico le interroga: ¿Qué has estado haciendo? Un muñeco con cabeza de conejo aparece y pregunta: ¿Han visto a Dogson? La muñeca a la que llaman Alicia le pregunta: ¿Qué hace un conejo blanco en este cuarto de muñecos? El resto de los Villague People se impaciente mientras llegan los muñecos del grupo de los acomodados. Comienzan empujando a los de las últimas filas y se encamaran hacia los sitios de privilegio, desde donde poder mirar el show de los muñecos del village.
Felipe Rose finalmente ha llegado hacia la cima del teclado y tras una breve discusión con el muñeco que representa al “Construction Worker” ponen a sonar su música disco y comienzan con su éxito “Y.M.C.A”. Los muñecos acomodados también tienen sus grupos de privilegiados. Así en primera fila aparece el muñeco de Jeffrey Epstein con un resto de soga al cuello y al lado una panda de muñecos acólitos entre los que se encuentran miembros de la realeza europea, empresarios, cineastas, presidentes y expresidentes….un grupo de muñecos ascendentes y detrás los acomodados más humildes, los menos importantes. El resto de la fauna de muñecos plásticos, metálicos, peluches, trapos o cartones, se acomodan como pueden. La banda danza sobre la tapa del teclado que comienza también a reverberar sonidos a partir de las vibraciones de los peoples sobre ella.
El muñeco de Bad Bunny tras el show de la Superbowl, se mantiene distante y uno no sabe qué pensar del supuesto héroe de la música latina, ni acaba por entender que es esta, surgida desde los paraninfos del latinaje caribeño. Entonces surgen los muñecos del ICE. Se abren paso a mamporros y apuntando a los demás con sus armas de carretes de fulminantes. Los Village People continúan bailando, mientras muñecos documentados e indocumentados son llevados a rastras, hasta el cajón de los desechos.
Aparecen muñecos dinosaurios y Dino se siente perdido y busca a Pedro a quienes los ICE lo ha enviado a picar piedras por su vestimenta inmoral. Betty y Vilma ascienden a la nave de los Supersónicos y se pierden a los cuartos contiguos a través de los conductos de aire. El muñeco de Tribilín es detenido por documentación sospechosa ya que su nombre figura como Goofy, y lleva una pancarta donde exhibe el texto: “Human Rights”. Llega una serie de muñecos decapitados, solo uno arrastra su cabeza y dice ser Macbeth: “¡Donde están esas brujas…!!!”, vocifera la caída cabeza con ojos puestos en X como si fuese un truco publicitario de la red de Elon.
El muñeco volador que ya no presenta la gorra roja de los americanos grandes, ni tampoco la de Tesla. El muñequito de Putin es tan pequeño que le ha pedido permiso al Tartufo de Moliere, de calzar sus zapatos de tacón. Queda un poco ridículo vestido de yudoca con esas plataformas, pero el se siente Pedro el Grande, mientras las muñecas hormigas lo miran con cierta sorna y desprecio.
Se acomoda junto al muñeco gordito y rosado, que viste indumentaria de granjero rural, y parece conocerle mientras no cesa de devorar palomitas de maíz. ¿“Eres tú Donald”? Pregunta en voz baja, pero el Pato se ha enterado y baja a la cancha con un bate de béisbol. Le señala increpándole y se despacha con un: “le has comprado los derechos a Disney maldito fanfarrón…!!!”
Los muñecos de seguridad lo confunden con un activista woke y lo rodean rápidamente, entonces como caído del cielo aparece Dumbo y los aplasta a todos, llega el Rey León y de su rugido le despeina el “barrilete cósmico” que el muñeco de Trump lleva como penachos desorientados, a los que Melanie ya no los bate como antes, ni el equipo asesores de presidenciales, puede hacer nada al respecto.
La multitud se impacienta. La barbie porrista con cara inocente, que encaramada al piano había intentado entretenerlos llama a gritos a Billy Cristal y ha Miley Cirus pero sólo aparece el muñeco de Di Caprio, seguido de otro y otros y otros, todos avatares perseguidos por un conflicto detrás de otros, y en el medio de todos desciende Benicio del Toro que no sabe qué hacer aquí, pues ya dejo de ser un sicario y la barba del Che se le perdió en algún lugar de Texas.
Pedro Pascal también irrumpe con esa estirpe de muñeco chileno adosado a las series milagrosas de HBO, aunque la que se lleva el premio es la hermosísima Emma Stone, semidesnuda en su papel de Bella Baxter, y a más de uno se le saltan las comisuras, se despegan los broches, se rasgan las telas, se rompen los botones. “Yo quiero estar en el Show de Graham Norton…!!!”, grita un muñeco colgando desde el cable de un artefacto eléctrico.
“Quiero estar con Graham…!!!” vuelve a insistir y un núcleo de empoderados le celebran y lanzan flores. “A vosotros la Gran Silla Roja….!!! Les dice aquel sonriente y complacido con rasgos de Tarantino. Llega el turno memorial de la Princesa Diana.
Levemente blanquecina de la mano del muñeco de Elton a quién cada tanto le cambian las gafas. Pero hay más y Keira y Keith ambas oscarizadas se sientan a un costado. El cuarto de muñecos esta repleto pero aún hay espacios Vip´s reservados. Llegan Bruce y Obama y un poco después algunos latinos extrapolados y otros expoliados. Por ahí va la sombra de un Camarón y de un querubín poeta andaluz.
Cate Blanche le explica a los muñecos polivalentes su brillante discurso de composición genérica en TAR. Hay un muñeco que apenas respira, encriptado de tan diminuto, bajo un largo abrigo pero a quiénes sus gafas delatan. Es el otro Woody y no ha traído su clarinete, pero siente que esta fuera de su pozo, así como lo estaban sus protagonistas en París a la media noche. Dennis Hopper llegó tarde e incrusto su chopper el marco de la puerta.
Nicholson ríe; “Lo ves muchacho, para esos están hechos los cascos”, lo dice riendo y apuntando a su viejo cascarón del fútbol americano. Un casco dorado como si fuese la fusta del Dios Sol. Nadie pregunta por el muñeco de Peter, es cierto que estos están casi todos muertos, pero quizás en busca de su destino tomo los cartoncitos de LSD y se volatilizo.
Sharon Stone se siente un poco juvenil y se anima a proponer un trío a Binoche y a Mike Rouke, que parece un sobreviviente del propio Apocalipsis. Almodóvar se anota un punto y se va con Chavela a vestir santos y Drexler aparece descolocado. “No se habrán equivocado…? Se pregunta mientras busca un lugar donde quizás encuentre algunos de los alivios de luto que Sabina dejo por los caminos.
Un muñeco calvo de nombre Jarvis, se apunta a la cabeza con uno de sus dedos: “Push…Push…”. Vasta de fanfarrias, los muñecos no lloran, se narcotizan y se enfadan. Hay olor a rebelión y todo parece levantarse en armas. Huele al levantamiento de las Comunas de Víctor Hugo. Entonces, sobre el teclado del piano aparece la banda del payaso accidentado. El de los pelos en punta y labios mal pintados, como si fuesen fogonazos de betún más que de lápiz labial.
Los millares de apretujados muñecos se aquietan ante la llegada de los shamanes del gótico tan luminoso como espurio, siempre incendiario. Suenan las primeras notas. Los acordes de “Boys Don´t Cry” despegan mejor que cualquiera de los últimos intentos de Musk y de Bezos.
The Cure alcanza al Club de los Billones de Reproducciones de Spotify, superando los mil millones de emisiones en la plataforma. Ahí esta el muñeco vestido de Robert Smith y sus secuaces. Intemporal, poético, alado. En 1979 quién hubiese pensado que este cuarto de muñecos ardería bajo estas consignas de resiliencia post punk. Del dolor de quién llora a los pies de su amada, de aquel que atravesado todo límite sabe que sólo puede esconder sus lágrimas.
Una canción airosa ante tiempos de fascismos y suprematismos, un resiliencia pop tan pequeña en su grandeza. En su invitación a derribar tabúes e invitarnos a la sinceridad, en tiempos donde se nos ocultan los nombres de los asesinos de Renne Good y Alex Pretti a quienes han revestidos de inmunidad. Al igual que Navalty o del propio Epstein.
O a los miles de gazzatíes o iraníes muertos o ejecutados en las manifestaciones recientes. U2 acaba de editar “Días de Ceniza”, su nueva canción como anticipo de un próximo EP. Otra evocación hacia las movilizaciones de Minnesota, y a estos tiempos que transcurren, aunque aquí vivamos desprendidos del mundo. Quizás por que “los chicos no lloran”, o sí. Dependen cuán lejos o cerca estén del dolor y la muerte.










































