
Setiembre 2021
¿Qué significa, en realidad, la frase preferiría no hacerlo? Tal vez un acto de rebeldía. A lo mejor, como los monjes contemplativos, su ser no radica en lo que hacen sino en lo que son. Quien sabe algunos la asocien con el laissez faire que desde la economía se hizo lugar común para “déjalo hacer”. Por último, la frase preferiría no hacerlo puede ocultar también un miedo tímido o exacerbado a emprender cualquier cosa que pueda tener consecuencias lamentables. Pero nada de esto describe a Bartleby, el singular personaje de la obra homónima de Herman Melville, aunque algunas ediciones hablan de Bartleby, el escribiente, siguiendo la primera parte del título original inglés: Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street. Nosotros nos quedaremos solamente con Bartleby, de acuerdo con la edición que usamos (Editorial Norma, 1990). Bartleby es un cuento, publicado en forma anónima en dos partes, noviembre y diciembre de 1853, en la revista Putnam’s Magazine. Tres años después y con algunos cambios, se incluyó en el libro The Piazza Tales.
Bartleby trabaja en la oficina de un abogado escribiendo copias de “contratos, hipotecas y escrituras de los ricos”, como relata su jefe, el abogado-narrador. Y la primera descripción que tenemos de él, ya es un indicio de lo que el lector encontrará a lo largo de la historia: “¡Puedo ver esa figura aún hoy: pálidamente limpia, lastimosamente respetable e incurablemente desolada! Era Bartleby”. Un personaje que mueve a compasión y lástima. Triste, cuya alma está desierta. Así lo recuerda el abogado “aún hoy”. Estos recuerdos del abogado son como los heraldos negros anunciadores de la muerte, que el lector encontrará en esa suerte de epílogo post mortem, con el que el narrador termina su historia: “[…] Bartleby había sido un oficinista subordinado en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, de donde había sido removido repentinamente por un cambio de administración”. Si hay algo que pueda ser más desolador para un hombre, es trabajar en una oficina que habla de la muerte. De la muerte simbolizada en esas cartas que jamás llegaron a sus destinatarios, y que deben ser incineradas porque “las queman por carretadas cada año”. Solo eso sabemos de Bartleby, tal vez el personaje más enigmático de la literatura. El más solitario, el más desolado.
“Preferiría no hacerlo”, le dijo Bartleby a su jefe cuando este le pidió “que examinase con él un trabajito”. Sorprendido, el abogado olvidó el episodio, y la oficina del segundo piso de Wall Street continuó con su enclaustrada monotonía, cercada de edificios por donde laten los corazones y el dinero. En la respuesta del escribiente no había “la más mínima inquietud, ira, impaciencia o impertinencia”. Nada que describiese o insinuase su conexión con el mundo. Pero la frase se tornó un lugar común en aquella oficina, con el consecuente enfado de los otros dos escribientes, Pavo y Pinzas, y el niño de los mandados. El abogado recibió la misma respuesta cuando le solicitó que juntos con sus colegas revisasen cuatro copias que él había transcrito. “Su asombrosa conducta reciente llevóme a prestarle una atención minuciosa a su comportamiento”. El escribiente es un ser sorprendente y asombroso; un personaje extraño, raro, singular, que vive en su inextricable mundo interior. Trazos de un futuro absurdo literario en plena mitad del siglo XVIII: “[…] yo observaría que la obra de Kafka proyecta sobre Bartleby una curiosa luz ulterior. Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas” (Citamos por Jorge Luis Borges, Obras Completas IV, Emecé, 1996. Ver: Herman Melville. Bartleby en Prólogos con un Prólogo de Prólogos).
Las “fantasías de la conducta” borgianas que anunciaban en Bartbely el absurdo kafkiano, inundan la oficina del abogado y el verbo preferir se apodera del lenguaje de todos ellos que, sin percibirlo, pasan a usarlo naturalmente: “De alguna manera, en tiempos recientes había adquirido la costumbre de utilizar involuntariamente esta palabra “preferir”, en toda clase de ocasiones que no eran del todo aptas”, reflexiona el abogado. Pinzas, por su parte, comenta refiriéndose a Bartleby: “si sólo prefiriera tomarse un cuarto de buena cerveza al día, esto le haría mucho bien […]*. Y Pavo, hablándole a su jefe: “–Por supuesto, señor, si usted prefiere que lo haga”. De manera silenciosa, el silencio del singular personaje hecho vida en su frase-símbolo del absurdo, preferiría no hacerlo, va imponiéndose en la oficina desbarajustando su ser y hacer.
La realidad comienza a perder sus contornos. Siempre tuve la impresión de que a realidad no es absurda por ser inventada, es absurda por ser real. Y la lectura de Bartleby me lo confirmó. Borges, en el mismo Prólogo citado nos dice: “Basta que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y lo sea el universo”.
Es esa irracionalidad la que se respira en Bartleby. O esa sensación de irracionalidad que ha alterado la vida cotidiana del abogado y sus empleados. La incomprensible actitud de Bartleby que se niega a cumplir siquiera con su propio trabajo, no obedece ninguna de las órdenes de su jefe y lo cohíbe con su singular conducta, lo atemoriza: “Y temblaba al pensar que mi contacto con el escribiente ya me hubiese afectado gravemente en mi estado mental”. Borges dice que Bartleby es un nihilista: “El cándido nihilismo de Bartleby contamina a sus compañeros y aun al estólido señor que refiere su historia y que le abona sus imaginarias tareas” (Prólogo). El nihilismo que le atribuye Borges al escribiente me parece apropiado, pues este se niega a sí mismo cualquier contacto con el mundo exterior, pero no me parece que el abogado sea un personaje estólido, porque puede leerse también su actitud como la de un jefe comprensivo que intenta comprender a su subalterno y no necesariamente como falto de razón y discurso, aunque ciertamente, no es propio de los jefes actuar como él lo hace con sus subalternos, ni menos en Wall Street. De hecho, el abogado extrema su sentido de la bondad hacia su escribiente, que para él es digno de lástima y comprensión. Pero, claro, que llegue hasta el extremo de cambiarse de oficina, porque es incapaz de expulsar a Bartleby, es una acción que sí puede interpretarse como propia de un personaje estólido.
En otro pasaje, apenas una página después de la reflexión que citamos del abogado en el párrafo anterior, el temor a la locura o a ser dominado sin reparos por la irracionalidad de Bartleby, lleva a su jefe a esta reflexión: “Pensé para mis adentros: ciertamente tengo que salir de un loco que ya, hasta cierto punto, ha trastornado las lenguas, si no las cabezas, de mis oficinistas y la mía propia. Pero consideré prudente no divulgar el despido de inmediato”. Un temor vivo a que lo absurdo todo lo invada, incluso su cotidianidad, hace de este narrador un personaje que dialoga consigo mismo, convertido en dos yoes cuya moral choca constantemente entre el bien y el mal. Por un lado, quiere deshacerse del escribiente, despedirlo; de otro, siente que no debe hacerlo porque no es más que un personaje desolado. “¿Qué voy a hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me dice la conciencia que debo hacer con este hombre, o mejor, con este espectro? Salir de él es necesario, que se va, se va. ¿Pero cómo? ¿Vas a arrojar a este pobre, pálido y pasivo mortal? ¿Vas a lanzar por tu puerta a criatura tan indefensa? ¿Te vas a deshonrar con tal crueldad? No, no lo haré, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir aquí, para luego amurallar sus restos a la pared”. ¿Es estólida la conducta del abogado? Una pregunta sin duda inquietante, cuya respuesta se pierde en un laberinto de ética y normativas que se encuentran y desencuentran en el nihilismo de un hombre y en la voluntad de otro.
Sí, Bartleby ha descompuesto con su preferiría no hacerlo, la racionalidad de lo cotidiano, alterado la realidad que parecía única y monótona pero insoslayable, y penetrado, para bien o para mal, en el mundo que lo rodea, aunque él ignore olímpicamente ese mundo que lo rodea. La indiferencia de Bartleby por el mundo que lo rodea y su exacerbada pasividad cohíben su entorno y lo atemoriza. El escribiente es una curiosidad humana que se termina y se completa con preferiría no hacerlo. Un ser humano sin ayer, sin hoy, sin mañana: “Es un individuo de cuyo origen nada sabemos a ciencia cierta, ni antes ni después de terminar la lectura; de cuyo pensamiento jamás nos enteramos; de cuyos hábitos acabamos por ser ignorantes. Tal vez no exista en la literatura ningún personaje tan enigmático como este, tan inabordable, tan impenetrable, tan desconocido” (Javier Escobar, Bartleby: El hombre y el muro en A propósito de Herman Melville y Bartleby de la citada Editorial Norma. 1990). Si hay una palabra que mejor pueda describir a Bartleby, esta es rezumar: el personaje rezuma soledad por los poros de su cuerpo y sus ojos rezuman lontanaza.
Su muerte en la cárcel es el punto final a la absurdez de su vida. Su muerte como su vida no tiene sentido, o tal vez tiene el sentido del no sentido. La razón de la sinrazón, decía don Quijote. Bartleby, el hombre sin pasado, sin presente, sin futuro, y de quien cuyo único registro de vida es preferiría no hacerlo, encuentra en la muerte el único sentido de su vida: “Acurrucado en forma extraña en la base del muro, con las rodillas recogidas y levantadas, acostado de lado, y la cabeza reclinada sobre las frías piedras, vi al consumado Bartleby. Pero nada se movía. Me detuve. Luego me acerqué a él, me incliné y vi que sus ojos opacos estaban abiertos […]. No parece que hubiera mayor necesidad de seguir adelante con esta historia. La imaginación suplirá con prontitud el relato simple del sepelio del pobre Bartleby”. La imaginación, dice el abogado-narrador. Pero más que la imaginación es la propia realidad vestida con las ropas de lo insólito, esos trazos del absurdo kafkiano que Borges observa en la obra de Melville. Y vamos a concordar con Borges esta vez, pues los diálogos intertextuales que acostumbran a tener los textos literarios, trascienden las fronteras del tiempo y del espacio.
¿Cuántas veces no hemos debido hacer las cosas que preferiríamos no haberlas hecho? No es tan desmesurado pensar que, después de todo, el ser humano tiene consigo algo de Bartleby. Algo de su locura, de su desfachatez, de su absurdez, de su soledad, o qué se yo. De su indiferencia por el mundo que lo rodea, por su nihilismo descarado que tanto identifica al hombre del siglo XXI, incapaz de conectarse con el otro, porque su individualidad lo “hace único”.
Sí, en algún sentido, todos somos Bartleby.
Imagen portada – Archivo – Obra del artista Fernando Foglino – “EL CIBILS”, UNA NUEVA EXPOSICIÓN DEL COLECTIVO FAC – Agosto 2017 – Foto © Federico Meneses


























