
Es jueves y el teatro Solís rebosa de público. Con localidades agotadas, el público es recibido por personajes vestidos con ropa de época y antifaces, también por un trío de músicos que con instrumentos de cuerda (mandolinas) se pasean entre el hall y las escaleras de la explanada, anticipando el espectáculo que llevará a cabo la Orquesta Filarmónica de Montevideo junto al actor italiano Mario Gallo.
La producción había convocado a que los asistentes llevasen sus propias máscaras o antifaces, y muchos así lo hicieron, creando un ambiente de misterio y picardía, propio de los famosos bailes de carnaval de hace más de un siglo.
Puntual a las 21 hs. sale a escena la orquesta, mientras la gente sigue entrando… la cola de ingreso llegaba hasta la esquina.
Finalmente, ingresa el director de la orquesta: Martín Garcia.
El aplauso levanta aromas de la platea, finamente perfumada para la ocasión.
La primera pieza del programa comienza lentamente, hasta que la percusión le imprime gran energía. Cuando termina, imagino que los músicos ya deben estar cansados luego de tan importante gasto de energía.
El director nos cuenta que en los dos meses de este año 2025 la filarmónica ha sido vista por más de cuatro mil personas, con funciones a sala llena en varios lugares de la ciudad.
“Nos sentimos de todos ustedes, muchas gracias”. Agradece al equipo detrás de escena que hace posible la actuación, a los artistas colegas, a los compañeros del Teatro Solís.
Garcìa nos cuenta que el programa elegido se basa en fragmentos de óperas estrenadas en el teatro La Fenice de Venecia (incluso durante el propio mes del Carnaval de Venecia).
La idea es que nos sintamos en la propia Plaza San Marcos durante la función. Nos comienza a contar la trama de Tancredi de Rossini, pero es interrumpido por la figura de un Arlequín, personificado por el actor Mario Gallo de la Commedia dell’Arte, con una espectacular máscara y hablando en italiano. No se le entiende nada, pero no importa lo que dice, es la actuación lo que transmite la narración. Con un chiflido, convoca a seis actores (estudiantes de la EMAD) también caracterizados y con máscaras venecianas, a que se sumen al escenario. Ellos sí hablan español y portan cada vez una especie de pequeña pancarta en tela, con los nombres de las obras que están representando.
Suena La Traviata de Verdi y los actores personifican la trama en forma resumida. Muy bien resuelta la escena de la tos de la actriz principal, dejando caer rojísimos pañuelos en el piso hasta que literalmente “estira la pata”. Simple pero muy efectivo recurso, se me ocurre que así sería el teatro en sus inicios.
Sigue un concierto en tres partes para Oboe, con la participación del solista uruguayo Federico Curti. Cada vez que termina una parte la gente quiere aplaudir, pero el director nos detiene, para que continúe el oboe, acompañado de los violines y al final también de los violonchelos. Al terminar, abraza al solista y felicita a la chelista. Luego hace levantar a toda la orquesta que recibe el primer aplauso de pie.
Es gracioso que un par de veces debe ingresar a escena un técnico del teatro a dejar o retirar un atril, en ese momento la orquesta le “aplaude” con los arcos de los instrumentos, lo cual es un reconocimiento de los músicos, al equipo que trabaja tras bastidores.
Sigue otra obertura de Rossini: El señor Bruchino, que entiendo es la misma trama de Tancredi pero en lugar de tragedia, es comedia: enredo/farsa. El arlequín se queja, llora, le pide a la platea que llore con él, y todos respondemos entusiastas.
Viene luego un movimiento sinfónico de Mahler que incluye una exquisita danza por dos bailarinas ataviadas por un sombrero con una larga red transparente que les oculta el rostro y es usada como un elemento coreográfico. Mientras una baila la otra se enreda en la tela que las une hasta que terminan envueltas. Luego se despojan del dorado vestuario y bailan con una especie de traje de baño enterizo, a rayas, que recuerda a la moda playera de los años veinte. Es tan delicada la música y la coreografía que cuando termina, hay un momento de silencio hasta que el público reacciona y aplaude.
Durante todo el concierto hemos visto al fondo del escenario una imagen del paisaje de Venecia, con el lago en movimiento. En este momento el cielo empieza a atardecer y todo el espacio se tiñe de rojo, es la señal de que nos vamos acercando al final de la función.
Vuelve Rossini con Semiramide, se trata de una tragedia de amor y muerte. Al final salen a escena todos los actores y las bailarinas, para recibir el merecido aplauso. Me resulta un espectáculo corto, pero entiendo la gran exigencia técnica que tuvo para los músicos.
De todas formas, García nos propone regalarnos un bis, ya que nadie se ha movido de su asiento. Al terminar, hace parar a cada parte de la orquesta, incluyendo el triángulo y el arpa, cuyos instrumentistas estaban prácticamente ocultos. Todos se levantan orgullosos por la gran labor realizada, y reciben agradecidos el aplauso de la sala llena, de pie.
Me quedé con ganas de ver algo más del afamado Mario Gallo, quizás aprender un poco más de las increíbles máscaras que portaba el elenco… habrá que volver el año que viene, cuando llegue una vez más el Carnaval de Venecia hasta nuestras costas.
Programa:
Gioachino Rossini. Obertura de la ópera Tancredi
Giuseppe Verdi. Preludio de la ópera La Traviata
Alessandro Marcello. Concierto para oboe
1 -Andante e spiccato
2 – Adagio
3 – Presto
Gioachino Rossini. Obertura de la ópera Il Signor Bruschino
Gustav Mahler. Sinfonía Nº5. II – Adagietto
Gioachino Rossini. Obertura de la ópera Semiramide
Solista: Federico Curti (oboe)
Creación coreográfica: Rosina Gil
Bailarinas: Rosina Gil y Nicolasa Manzo
Preparación técnica en commedia dell’arte: Mario Gallo (Arlecchino)
Estudiantes de actuación de la EMAD:
Rocío Cabrera, Maite Ibarra, Micaela Rodríguez, Sofía Vitureira, Manuel Corcelet, Federico Sánchez.
Dirección escénica y Producción artística: Florencia Caballero Bianchi
Diseño de Vestuario y Utilería: Fiorella Mornelli
Solos de fagot: Gabriel Pereira
Mandolinas: Fernando Rosa, Fernando Luzardo, Federico Costa
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