{"id":83778,"date":"2022-08-22T13:58:37","date_gmt":"2022-08-22T16:58:37","guid":{"rendered":"https:\/\/cooltivarte.com\/portal\/?p=83778"},"modified":"2024-01-23T20:13:45","modified_gmt":"2024-01-23T23:13:45","slug":"memorias-de-altagracia-la-responsabilidad-del-falsario","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cooltivarte.com\/portal\/memorias-de-altagracia-la-responsabilidad-del-falsario\/","title":{"rendered":"Memorias de Altagracia: la responsabilidad del falsario"},"content":{"rendered":"<figure id=\"attachment_83779\" aria-describedby=\"caption-attachment-83779\" style=\"width: 469px\" class=\"wp-caption aligncenter\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-83779 size-full\" title=\"memorias de altagracia\" src=\"https:\/\/cooltivarte.com\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/memorias-de-altagracia.jpg\" alt=\"memorias de altagracia\" width=\"469\" height=\"700\" srcset=\"https:\/\/cooltivarte.com\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/memorias-de-altagracia.jpg 469w, https:\/\/cooltivarte.com\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/memorias-de-altagracia-201x300.jpg 201w\" sizes=\"(max-width: 469px) 100vw, 469px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-83779\" class=\"wp-caption-text\">memorias de altagracia<\/figcaption><\/figure>\n<p>Por a\u00f1os <a href=\"https:\/\/amzn.to\/3vP9yXm\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"><strong>Memorias de Altagracia<\/strong><\/a> (Barcelona, Barral Editores, 1974), la novela del venezolano<strong> Salvador Garmendia<\/strong> vivi\u00f3 en mi memoria. Recuerdo su primera lectura all\u00e1 por los setenta, cuando la literatura hispanoamericana ganaba estatus mayor y dejaba definitivamente de ser el patio trasero de Europa. Los latinoamericanos export\u00e1bamos literatura, y los nombres de Borges, Carpentier, Cort\u00e1zar, Donoso, Fuentes, Garc\u00eda M\u00e1rquez, Vargas Llosa eran, como hoy, nombres obligados en todos los centros acad\u00e9micos. En esta columna quiero trabajar un aspecto de la obra de Garmendia, que siempre me inquiet\u00f3: la manera c\u00f3mo se produce el acto de narrar. Me refiero al arte como procedimiento, espec\u00edficamente el episodio relacionado con el andar\u00edn que se encuentra entre las p\u00e1ginas 53 y 62 de la citada edici\u00f3n. En su ensayo \u201cLa aventura de narrar\u201d (A prop\u00f3sito de Salvador Garmendia y su obra en Sobre la tierra calcinada y otros cuentos, Editorial Norma, Colecci\u00f3n Cara y Cruz, Bogot\u00e1, 1991), Salvador Garmendia nos dice: \u201cYo fui a buscar una determinada realidad que cre\u00ed enferma o agobiada, me apropi\u00e9 de la parte que me pareci\u00f3 m\u00e1s adecuada a mis prop\u00f3sitos, quit\u00e9 de ella lo que me estorbaba y rehice lo dem\u00e1s a mi gusto. En realidad, lo invent\u00e9 todo. Muchas personas que hab\u00edan pasado antes por aquellos lugares no vieron lo mismo que yo. Todos ellos estar\u00edan dispuestos a jurar que nada de lo que dije estaba all\u00ed, y seguramente tendr\u00e1n raz\u00f3n. Es necesario que el escritor asuma esa responsabilidad. La responsabilidad del falsario. Despu\u00e9s de todo, no hay por qu\u00e9 asustarse. La literatura es casi completamente inofensiva; y muchas veces, los tonos m\u00e1s sombr\u00edos, el patetismo y la crueldad pueden ser motivo de predilecci\u00f3n y goce est\u00e9tico\u201d. Y se convirti\u00f3 en un falsario. Cervantes ya lo hab\u00eda anunciado en 1615: \u201cel poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como deb\u00edan ser; y el historiador las ha de escribir no como deb\u00edan ser, sino como fueron, sin a\u00f1adir ni quitar a la verdad cosa alguna\u201d (Quijote, Segunda Parte, cap\u00edtulo III).<\/p>\n<p>El arte es recreaci\u00f3n. En esta creaci\u00f3n recreada, el objeto art\u00edstico se va develando no en su corporeidad, que acabar\u00eda con el goce est\u00e9tico, sino a trav\u00e9s de formas primarias que la propia conciencia imaginativa reviste de contenido sugestivo: es como observar el negativo de una fotograf\u00eda, cuya imagen velada le confiere a este signo ic\u00f3nico ese car\u00e1cter surrealista que nos obliga a rearmar el referente. Sin embargo, Memorias de Altagracia es m\u00e1s que una fotograf\u00eda vista por medio de su negativo. Se tiene la impresi\u00f3n, frente a la novela de Salvador Garmendia, de estar asistiendo a una pel\u00edcula que exige una constante y activa participaci\u00f3n creadora por parte del espectador. Pero no es una pel\u00edcula cualquiera; m\u00e1s bien parece un documental dividido en dieciocho escenas absolutamente independientes tem\u00e1ticamente, pero unidas, y esto es lo realmente importante, por la naturaleza del relato, tal como lo plantea el cr\u00edtico uruguayo \u00c1ngel Rama en su ensayo \u201cSalvador Garmendia: culminaci\u00f3n de una narrativa\u201d (en el citado texto A prop\u00f3sito de Salvador Garmendia y su obra): \u201cAunque ins\u00f3litamente la editorial la define como una novela, Memorias de Altagracia, es una colecci\u00f3n de textos narrativos independientes (dieciocho en total) que oscilan entre las tradicionales formas del g\u00e9nero cuento y las del g\u00e9nero estampa, cuya versi\u00f3n moderna quiz\u00e1s deber\u00eda designarse, m\u00e1s correctamente, aprovechando la lecci\u00f3n introducida por Rimbaud, como \u201ciluminaci\u00f3n\u201d. El nombre \u201ciluminaci\u00f3n\u201d responde al conjunto de poemas publicados en 1886, Illuminatios, primeramente y en forma parcial en la revista parisina La Vogue entre mayo y junio de 1886, y luego en formato libro el mismo a\u00f1o con el t\u00edtulo Les Illuminations (en espa\u00f1ol existe la edici\u00f3n de Bartleby Editores, Madrid, 2013). Poemario de textos en prosa, salvo dos, e independientes en su tem\u00e1tica, con un lenguaje plagado de im\u00e1genes y sonidos que abren la aventura surrealista en el mundo de la literatura. Y Huidobro ped\u00eda no cantar a la rosa, sino hacerla florecer en el poema.<\/p>\n<p>Tiene raz\u00f3n Rama, m\u00e1s que formas propias del cuento o la estampa, Memorias de Altagracia es un conjunto de iluminaciones. Iluminaciones contadas por un narrador que no refleja otra cosa que la propia conciencia narradora del pueblo de Altagracia. Altagracia pudo haberse narrado a s\u00ed misma, sin lugar a dudas. Y pareciera ser el procedimiento l\u00f3gico, el m\u00e1s conveniente, puesto que la novela, lo se\u00f1ala el mismo t\u00edtulo, no quiere ser m\u00e1s que recuerdos, evocaciones y leyendas de un pueblo hecho de sangre y de mitos. Pero los t\u00edtulos son enga\u00f1osos o, por lo menos, suelen serlo: estas memorias no tienen ni siquiera el requisito b\u00e1sico para serlo: orden. La novela pudo haber comenzado por cualquiera de estos episodios, y en nada habr\u00eda perdido su peculiar naturaleza en cuanto a su disposici\u00f3n narrativa se refiere. Pero Altagracia narrada por Altagracia tendr\u00eda necesariamente otra disposici\u00f3n, otro orden: una secuencia l\u00f3gico-natural. La novela perder\u00eda, entonces, su condici\u00f3n ontol\u00f3gica de ser novela. De hecho, no ser\u00eda m\u00e1s novela. Ser\u00eda, efectivamente, memorias. Habr\u00eda sido, como dice Borges en su ensayo \u201cEl arte narrativo y la magia\u201d (Discusi\u00f3n en Obras Completas Tomo I, Barcelona, Emec\u00e9 Editores, 2001), nada m\u00e1s que \u201cel resultado incesante e incontrolable de infinitas operaciones\u201d: \u201cHe distinguido dos procesos causales: el natural, que es el resultado incesante de incontrolables e infinitas operaciones; el m\u00e1gico, donde profetizan los pormenores, l\u00facido y limitado. En la novela, pienso que la \u00fanica posible honradez est\u00e1 con el segundo. Quede el primero para la simulaci\u00f3n psicol\u00f3gica\u201d. Y Memorias de Altagracia es una novela m\u00e1gica. Magia que responde a los caprichos del autor.<\/p>\n<p>En el citado ensayo \u201cLa aventura de narrar\u201d, Salvador Garmendia escribe: \u201cQuiz\u00e1s, lo que he pretendido siempre al escribir, es alterar la constituci\u00f3n de la materia y hacerla que parezca moldeable entre mis manos y sometida a mis caprichos. Se trata de un juego que se reanuda cada vez, aun sabiendo que la vida real (o esto que habitualmente tomamos por tal cosa), una vez m\u00e1s, no se dejar\u00e1 sorprender del todo\u201d. Es la responsabilidad del falsario. El procedimiento narrativo entonces es otro: Altagracia delega la funci\u00f3n narradora a la conciencia m\u00e1gica de un ni\u00f1o que, ya adolescente, narra retrospectivamente los acontecimientos m\u00e1s sobresalientes de la historia del pueblo. El material narrativo queda, por lo tanto, sujeto a una selecci\u00f3n que obedece a instancias bien precisas de la tradici\u00f3n oral, y fijadas en la conciencia del narrador. En el recuerdo de este narrador que recoge las voces de Altagracia, comienza a perfilarse el andar\u00edn: \u201c-Es una andar\u00edn \u2013dijo mi t\u00edo Gilberto [\u2026]. Por frente a la botica y al otro lado de la calle, hab\u00eda cruzado una figura extra\u00f1a, que al primer momento no pude distinguir con claridad. Me dio la impresi\u00f3n de haber visto una figura pintada [\u2026] \/ -Hac\u00eda a\u00f1os que no pasaba alguno \u2013coment\u00f3 el hombre que hab\u00eda tra\u00eddo la receta [\u2026]. T\u00edo Gilberto continu\u00f3 moviendo los labios [\u2026] \/ -Debe estar llegando de muy lejos. \/ -Dicen que son mala se\u00f1al advirti\u00f3 el hombre que vest\u00eda de dril color de adobe [\u2026] \/ Al momento me asom\u00e9 a la puerta, pero la visi\u00f3n ya deb\u00eda haber cruzado la esquina y, por el momento, no tuve la intenci\u00f3n de seguirla \/ -Hace veinte a\u00f1os un andar\u00edn anunci\u00f3 aqu\u00ed la peste \u2013dijo una mujer blanca y canilluda [\u2026]\u201d.<\/p>\n<p>Las citas describen con meridiana claridad el manto fantasmag\u00f3rico que se ci\u00f1e en torno al m\u00edtico personaje: \u201ces un andar\u00edn\u201d, \u201cuna figura extra\u00f1a\u201d, \u201cuna figura pintada\u201d, \u201chac\u00eda a\u00f1os que no pasaba alguno\u201d, \u201cdebe estar llegando de muy lejos\u201d, \u201cdicen que son mala se\u00f1al\u201d, \u201cla visi\u00f3n deb\u00eda haber cruzado la esquina\u201d, \u201chace veinte a\u00f1os un andar\u00edn anunci\u00f3 aqu\u00ed la peste\u201d. O sea, nada concreto, nada que se\u00f1ale una forma perfectamente discernible. Hay, eso s\u00ed, una espontaneidad comunicativa, un af\u00e1n cl\u00e1sico de lo que Borges, en el citado ensayo \u201cEl arte narrativo y la magia\u201d llama de \u201cfuerte apariencia de veracidad\u201d, a prop\u00f3sito de la obra de William Morris The Life and Death of Jason y el problema de la verosimilitud: \u201cEl arduo proyecto de Morris era la narraci\u00f3n veros\u00edmil de las aventuras fabulosas de Jas\u00f3n, rey de Iolcos. La sorpresa lineal, recurso general de la l\u00edrica, no era posible en esa relaci\u00f3n de m\u00e1s de diez mil versos. \u00c9sta necesitaba ante todo una fuerte apariencia de veracidad, capaz de producir esa espont\u00e1nea suspensi\u00f3n de la duda, que constituye, para Coleridge, la fe po\u00e9tica. Morris consigue despertar esa fe; quiero investigar c\u00f3mo\u201d. En la descripci\u00f3n de Morris hay \u201cuna fuerte apariencia de veracidad\u201d, concluye Borges. La misma apariencia de veracidad que el lector percibe en la descripci\u00f3n del andar\u00edn, personaje arcano que vive lo m\u00e1gico del relato hecho de recuerdos con las voces de Altagracia. Y con el que el autor debe lidiar en su condici\u00f3n de falsario. El mundo de los andarines est\u00e1 contaminado de mitos y de leyendas. Son personajes extraordinarios cuya presencia es dif\u00edcil de captar y comprender. El narrador, por lo mismo, nada pide al lector, no lo fuerza a creer: establece la duda necesaria que abre la curiosidad y abre el apetito para devorar la fantas\u00eda. Es, en verdad, un acto de fe; esa fe po\u00e9tica como un d\u00eda la llam\u00f3 Coleridge.<\/p>\n<p>El andar\u00edn es un personaje tan fabuloso como los personajes de la mitolog\u00eda cl\u00e1sica. Su figura es figura de todos y, por lo mismo, de ninguno. Su descripci\u00f3n, siempre en t\u00e9rminos dicot\u00f3micos, le confiere ese car\u00e1cter de fantasmag\u00f3rica ambig\u00fcedad: aparece y desaparece con la misma naturalidad como se suceden el d\u00eda y la noche; es un gigante o un enano; un ni\u00f1o o un viejo, puede ser un hombre o una mujer: \u201cEntonces se pusieron a recordar historias de andarines, que hab\u00edan llegado al barrio en forma inesperada y con el mismo sigilo desaparecieron. La m\u00e1s curiosa de todas fue la de un andar\u00edn del Norte que ten\u00eda el pelo rojo y usaba una falda de cuero con cascabeles por encima de las rodillas. Era un verdadero gigante. Med\u00eda m\u00e1s de dos metros y pod\u00eda echarse una marrana al hombro\u201d. \/ \u201cUn andar\u00edn no es hombre ni mujer; es un marimacho que tiene cosas de hombre y cosas de mujer al mismo tiempo\u201d. Una narraci\u00f3n de esta naturaleza requiere, de parte del autor, todo un proceso de persuasi\u00f3n que coloque en la conciencia del lector la capacidad de creer en su historia. Dicho en otros t\u00e9rminos, que su historia se configure como verdadera y que el lector la sienta como tal. El procedimiento narrativo es gradual y el lector se ve absorbido por el relato que sutilmente se interrumpe, queda in suspenso por la narraci\u00f3n interpolada del cometa Halley contada por t\u00eda Augusta, dando la impresi\u00f3n de que los disfrazados resortes apelativos en torno del personaje, quedar\u00e1n encerrados en el breve di\u00e1logo que sostienen t\u00edo Gilberto y los vecinos de Altagracia. Aparici\u00f3n que podr\u00eda pensarse fortuita, pero que obedece en realidad a un plan narrativo rigurosamente elaborado.<\/p>\n<p>\u201cT\u00eda Augusta comenz\u00f3 a hablar entonces del cometa Halley, que una vez hab\u00eda aparecido encima de la casa, mismo sobre el caballete de la galer\u00eda. Al marcharse despu\u00e9s de muchos d\u00edas, casi todos los relojes de las casas se hab\u00edan parado por completo y muchos de ellos no volvieron a andar otra vez\u201d. La relaci\u00f3n del cometa Halley con el andar\u00edn establece la complicidad entre la ciencia y el mito como generadores de lo ins\u00f3lito, lo misterioso y el miedo: \u201cCasi nadie se quedaba en las casas en esos d\u00edas, como no fuera por las noches, cuando ni hombre ni mujer se atrev\u00edan a ir m\u00e1s all\u00e1 de los portones. Las ventanas permanec\u00edan abiertas hasta muy tarde y los interiores iluminados en exceso, pues ni un solo rinc\u00f3n deb\u00eda quedar en sombra: adonde no alcanzaba la luz de los bombillos, se encend\u00eda velas o l\u00e1mparas de aceite\u201d, contin\u00faa el relato de t\u00eda Augusta.<\/p>\n<p>Interesante c\u00f3mo Garmendia elabora la narraci\u00f3n, singularizando el objeto, esto es, y siguiendo a V. Chklovski que analiza el procedimiento narrativo en Tolstoi, \u201cno llama al objeto por su nombre, sino que lo describe como si lo viese por primera vez y trata cada acontecimiento como si hubiera sucedido por primera vez\u201d. Es el procedimiento de singularizaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El mismo procedimiento de singularizaci\u00f3n lo encontramos en \u201cEl guardagujas\u201d, cuento de Juan Jos\u00e9 Arreola, que integra Confabulario, 1952: \u201cEn ese momento el viejecillo se disolvi\u00f3 en la clara ma\u00f1ana. Pero el punto rojo de la linterna sigui\u00f3 corriendo y saltando entre los rieles, imprudentemente, al encuentro del tren\u201d (Seymour Menton, El cuento hispanoamericano, M\u00e9xico, Fondo de Cultura Econ\u00f3mica, volumen II, 1970).<\/p>\n<p>Recordemos tambi\u00e9n a Remedios la Bella, la hermosa muchacha de Cien a\u00f1os de soledad (1967), cuya belleza sobrenatural es de otro mundo, y termina desapareciendo m\u00e1gicamente por los aires de Macondo. Este procedimiento narrativo lo encontramos, adem\u00e1s, de un modo muy elaborado, en las novelas del tempranamente fallecido escritor peruano, Manuel Scorza, como en Redoble por Rancas (1970) por ejemplo. Antes y despu\u00e9s de Salvador Garmendia: desde siempre la literatura parece haber sido escrita por un solo escritor que es uno y varios al mismo tiempo.<\/p>\n<p>En definitiva, lo que el narrador quiere mostrarnos es esta conjunci\u00f3n m\u00e1gico-cient\u00edfica que envuelve la conciencia de los altagracianos. Los habitantes de Altagracia colocan al lado de los fen\u00f3menos puramente cient\u00edficos los fen\u00f3menos que escapan a cualquiera consideraci\u00f3n racional, y ambos son vistos con la misma simplicidad anal\u00edtica, con la misma ingenuidad interpretativa. De ah\u00ed la importancia que tiene para el procedimiento de persuasi\u00f3n la narraci\u00f3n interpolada del cometa Halley: \u201cEl milagro no es menos forastero en ese universo que en el de los astr\u00f3nomos. Todas las leyes naturales lo rigen, y otras imaginarias. Para el supersticioso, hay una necesaria conexi\u00f3n no s\u00f3lo entre un balazo y un muerto, sino entre un muerto y una maltratada efigie de cera o la rotura prof\u00e9tica de un espejo o la sal que se vuelca o trece comensales terribles\u201d. \/ Esa peligrosa armon\u00eda, esa fren\u00e9tica y precisa causalidad, manda en la novela tambi\u00e9n\u201d, se\u00f1ala Borges en su citado ensayo \u201cEl arte narrativo y la magia\u201d.<\/p>\n<p>Memorias de Altagracia es la construcci\u00f3n narrativa de un mundo cuya realidad ha sido falseada deliberadamente desde el propio t\u00edtulo. \u201cEs necesario que el escritor asuma su responsabilidad\u201d, nos dice Garmendia. Y es cierto. Yo esperaba adentrarme en una historia que me fuera contada como una \u201crelaci\u00f3n de recuerdos y datos personales de la vida de quien la escribe\u201d, siguiendo al pie de letra la d\u00e9cima definici\u00f3n de \u201cmemora\u201d que recoge la RAE. Esperaba \u201cescuchar\u201d lo que Altagracia contar\u00eda. Sentarme como si estuviese en la sala de mi casa y sentir sus palabras. Pero la novela, y no memoria, me llev\u00f3 por otros rumbos. No era Altagracia la narradora de la historia, sino un adolescente que asume el rol de narrador y cuenta desde su mirada inquieta, episodios narrados por los adultos del pueblo.<\/p>\n<p>Garmendia lo hab\u00eda inventado todo para escribir una novela, pero deb\u00eda persuadir al lector de la veracidad de su relato. En eso consiste la responsabilidad del falsario.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/amzn.to\/3vP9yXm\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\">M\u00e1s info<\/a> &#8211; <a href=\"https:\/\/amzn.to\/3vP9yXm\" target=\"_blank\" rel=\"noopener\"><strong>Memorias de Altagracia<\/strong><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por a\u00f1os Memorias de Altagracia (Barcelona, Barral Editores, 1974), la novela del venezolano Salvador Garmendia vivi\u00f3 en mi memoria. Recuerdo su primera lectura all\u00e1 por los setenta, cuando la literatura hispanoamericana ganaba estatus mayor y dejaba definitivamente de ser el patio trasero de Europa. 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