La vi sin saber casi nada. Leía a quienes ya la habían visto y todos coincidían en que era una experiencia única, pero no necesariamente de las buenas. Después un amigo la comparó en cierta forma con Sorcerer de Friedkin, y ahí entendí un poco más: no es para verla estresado ni con demasiadas cosas en la mente.
Sirāt es una palabra árabe que significa camino o sendero, y en la religión islámica es el puente que deben cruzar las almas para llegar al paraíso. Y es literalmente todo lo que necesitamos saber. Porque Sirat es de esas películas que más bien son una experiencia, y más allá de lo que suceda (o no) en la trama, lo importante es el camino que recorremos.

Muchas películas tienen su forma especial de comunicarse con el espectador, sobre todo cuando tienen una narrativa menos convencional. Y en este caso, ya desde que comienza lo notamos. Antes de mostrarnos los créditos principales nos va marcando el ritmo con una sucesión de escenas como si fuera un mosaico: bloques de música, sonido, diálogos que se escuchan en la distancia. Me recordó bastante a la primera vez que vi Koyaanisqatsi, donde las imágenes y la música te van poniendo en ese estado de “trance” y te vas acoplando al ritmo de la historia. Después del título la narrativa es un poco más convencional y tenemos diálogos más largos. Desaparece esa estructura de “mosaico” pero continúa de fondo algo de música, o el sonido ambiente que en mayor o menor medida tiene un patrón rítmico que a veces es muy sutil. También me recordó a Cure, donde el sonido juega una parte fundamental en la inmersión.
Visualmente de a ratos te transporta a una película de los 70s, y tiene ese aire onírico y surrealista que es como siempre imaginé que sería la versión de Jodorowsky de Dune, algo que lamentablemente jamás llegaremos a ver. Pero también por momentos tiene un ritmo un poco más acelerado, evocando un mundo post apocalíptico y hostil más al estilo de Mad Max.

Los diálogos no son demasiado extensos y los personajes hablan en distintos idiomas, lo que limita las palabras que llegamos a comprender, a la vez que nos obliga a centrarnos más en lo que las imágenes nos están diciendo.
A veces cuando estamos viendo una película la historia es importante, pero otras veces la esencia es, precisamente, el viaje. No es para estar viéndola con el celular en la mano ni levantándose cada 15 minutos a la cocina o el baño. Bueno, claramente ninguna película lo es, pero en este caso mucho menos. Necesitamos ser parte de la historia, de sentir la boca seca como si estuviéramos en ese desierto, cada nota que vibra en los parlantes como si fueran nuestros latidos. Dejarnos llevar hasta quedar en un estado completo de relax, para que luego la tensión se vaya construyendo a una velocidad lenta pero segura, que te esperes que pase cualquier cosa menos lo que en realidad termina pasando. Y nuevamente se repite el ciclo de paz y tensión, hasta el punto de sentirte culpable por estar relajado. Y ni siquiera voy a hablar del contexto político y social que claramente está muy presente, no sólo porque esto se haría muy extenso sino porque la experiencia radica precisamente en lo que interpretamos de ella según nuestra propia perspectiva. Y es lo que la hace tan catártica, que sentimos que nosotros también estamos atravesando nuestro purgatorio personal mientras estamos sentados en nuestro sillón o butaca.

En el cine (y en cualquier disciplina artística) una obra no siempre existe para ser valorada en términos de “buena o mala”, ni siquiera tiene que gustarnos sino hacernos sentir algo. El cine a veces es simplemente entretenimiento y está bien, pero a veces también es catarsis, es reflexión y es una forma de terapia que nos deja con más preguntas que respuestas.



























