En 1975 Godfrey Reggio se embarcó junto al cinematógrafo Ron Fricke en un ambicioso y complejo proyecto al que les llevaría casi 10 años en concluirlo. Koyaanisqatsi más que un documental o película experimental es una experiencia sensorial sin precedentes, algo así como la 2001 posmodernista. Un oscura y reveladora pieza audiovisual, inevitablemente de culto. El objetivo de retratar al mundo tal como no lo conocemos, decadente en todo su esplendor, triunfa. Un retrato tan intenso y cautivante que de a ratos se vuelve perturbador. Pero es una perturbación necesaria, que conmueve desde los primeros segundos.
Francis Ford Coppola estaba tan entusiasmado con el proyecto que aparece su nombre en los créditos iniciales como simbólico productor ejecutivo para ayudar en su difusión. La idea conceptual del director era hacer de esta la primera parte de una trilogía conocida como “the Qatsi trilogy”, concluída con Powaqqatsi (1988) y Naqoyqatsi (2002), que no terminaron siendo lo que se esperaba. Pero la primera entrega es única en su especie, una obra que se pasea por distintos climas, desde densos y fangosos pasajes a ritmos vertiginosos y agobiantes.
Desde el arte rupestre prehistórico al despegue de una nave espacial, pasando por la urbanización, la monotonía rutinaria del humano, la insignificancia de ciertos oficios, la naturaleza que nos rodea. La sobriedad del relato nunca decae, llegando a un climax desgarrador. No hay diálogos ni explicaciones de lo que está sucediendo. No es necesario, las imágenes hablan por sí solas. Sólo un intertítulo final que tiene que ver con el enigmático título pone broche al filme. Al principio pareciera que la película son solo imágenes aleatorias carentes de hilo conductor pero todo termina teniendo sentido.
La brillante e hipnótica banda sonora, orquestal y coral, a cargo de Philip Glass es tan protagonista como lo visual. Glass es hoy considerado uno de los compositores más influyentes del siglo XX. Su intimidante trabajo definitivamente merece el mismo reconocimiento que la película en sí. No hay palabras que hagan justicia a los triunfantes y depresivos sonidos logrados aquí. Van desde una voz de ultratumba diciendo una y otra vez “Koyaanisqatsi” hasta aceleradísimas e insistentes melodías que hipnotizan hasta al punto de parecer estar bajo el efecto de una droga.
Memorable es poco, son 87 minutos que dan un mejor (o peor) sentido a lo que nos rodea.
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