El Pozo libro de JUAN CARLOS ONETTI - Obra Aquí soñó Blanes Viale de Pablo Uribe - Noviembre 2018 - MNAV - Foto Federico Meneses

JUAN CARLOS ONETTI: DESDE EL FONDO DE EL POZO

Juan Carlos Onetti, el hombre; Juan Carlos Onetti, el escritor. ¿Y el personaje Juan Carlos Onetti, dónde está? Sí, porque su vida se encuentra más allá del hombre y del escritor. El personaje Juan Carlos Onetti trasciende a ambos y él mismo es una realidad y una ficción al mismo tiempo. La vida del personaje, su ser extraño, antipático para muchos, hosco, de forzada comunicación, indiferente al qué dirán, fumador empedernido y bebedor compulsivo, depresivo por convicción y doctrina, esculpió en sus personajes sus propios vicios y virtudes. Como Brausen, por ejemplo, el personaje esencial de La vida breve, creador de la ciudad que daría vida y fama a la novela más reconocida del autor: Santa María, la ciudad ficticia dentro de un mundo ficticio que nace de la escritura de un guión. En este sentido, Santa María es más que Macondo, la mítica ciudad de Cien años de soledad. Mucho más, pues Macondo es un espacio físico que “existe” en la ficción, en cuanto la ciudad de Brausen nace de la escritura de un personaje de ficción, para convertirse en el alma ficticia de una trilogía narrativa única en la novelística latinoamericana con Juntacadáveres y El Astillero. En esta trilogía, pero sobre todo en La vida breve, se ha detenido preferentemente la crítica. Se trata, sin duda, de una de las más emblemáticas novelas latinoamericanas no solo por la creación de un universo narrativo que confunde con sus juegos entre ficción y realidad, sino por la complejidad de su propia estructura narrativa narrada por diversos personajes que suelen confundir al lector desavisado. Sin embargo, para este columnista, las características narrativas de esta novela y de las otras que conforman la trilogía de Santa María, ya se encuentran desarrolladas en su primera novela: El Pozo, de 1939.

En El Pozo, tanto el hombre Onetti como el escritor Onetti se encuentran no larvariamente desarrollados, sino plenamente desarrollados en su condición de personaje que fluctúa entre la ficción y la realidad, con sus problemas existenciales y su compleja personalidad. “Un libro que tiene que ver con la ciudad, con la problemática existencial que prácticamente no aparecía en la literatura de nuestra lengua, y escrito en una prosa que no tenía prácticamente nada que ver con la prosa criollista, localista, nativista, indigenista, que era la que circulaba más por América Latina. Creo que una de las primeras cosas que hay que decir de Onetti es que es uno de los primeros escritores latinoamericanos, yo diría de lengua española que introduce la modernidad en la narrativa” (Entrevista de Juan Cruz a Mario Vargas Llosa, Fundación Juan March, march.es, 5 de mayo de 2015).

Pero no solamente esta condición de novela introductoria de una problemática existencial inexistente en América Latina hace de El Pozo la novela relevante que es, sino además una realidad sórdida que alimenta esa problemática existencial, compuesta de personajes depresivos, alcohólicos y truculentos que viven en lugares miserables en los que el mundo de la prostitución y la delincuencia configura las acciones de los hombres. No es la realidad sin más que se describe en la narrativa de las primeras décadas del siglo XX, sino una realidad en la que moral y ciencia no bastan para comprender la vida humana. En la citada entrevista a Juan Cruz, Mario Vargas Llosa comenta la repercusión onettiana en estos términos: “La obra de Onetti no ha tenido el reconocimiento ni la difusión que hubiera merecido tener, porque el mundo de Onetti es un mundo pesimista, un mundo marcado por una cierta negrura. Un mundo que además exige un esfuerzo considerable del lector, y que muchas veces, al mismo tiempo que nos deslumbra por su hondura, por su originalidad, nos incomoda, nos deja un cierto sabor amargo en la boca”. Es el mundo de la novela El Pozo.

En su clásico Diccionario de Filosofía (Editorial Ariel S.A., Barcelona, 1999), José Ferrater Mora nos dice sobre el existencialismo: “El hombre no puede reducirse a ser un animal racional, pero tampoco a ser un animal sociable, o un ente psíquico o biológico […]. El hombre no es, pues, ninguna substancia, susceptible de ser determinada objetivamente. Su ser es un constituirse a sí mismo […]. Para el pensar existencial, el hombre no es “conciencia” y menos aún “conciencia de la realidad”: es “la realidad misma”. Esa realidad que absorbe a los personajes de Onetti, como Eladio Linacero, el protagonista de El Pozo, pero que a la vez es absorbida por ellos. Una realidad que tiene en su contraparte, la ficción, el complemento de su sustancia narrativa. Eladio Linacero es un inventor de historias que combina su realidad miserable y deprimente con sus aventuras ficticias, que llevan al lector de un mundo a otro en una narración donde sus historias inventadas o soñadas son liberadoras para su pusilánime vida: “Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse, queriendo o no […].

También podría ser un plan el ir contando un suceso y un sueño. Todos quedaríamos contentos” (El Pozo). La novela es una narración autobiográfica, pero de una biografía en la que más que los hechos reales prevalecen los sueños e historias inventadas que Eladio Linacero insiste en presentar como reales: “Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo”, nos dice este personaje-narrador que, como la mayoría de los narradores onettianos, no se conforma con describir hechos y personajes, sino que además suele tratarlos despectivamente, insultándolos y enfatizando su miserable condición humana, como en estos pasajes de la novela: “una mujer gorda lavando ropa, un hombre tomando mate y un niño andando en cuatro patas con las manos y el hocico embarrados”. O, “Encontré un lápiz y un montón de proclamas abajo de la cama de Lázaro, y ahora me importa poco de todo, de la mugre y el calor y los infelices del patio”. Y lo hace sin remordimientos por ello, con desparpajo, como desafiando al lector: “Hace horas que escribo y estoy contento porque no me canso ni me aburro. No sé si esto es interesante, tampoco me importa”.

Sin duda la obra de Juan Carlos Onetti encuentra en El Pozo la brújula narrativa en su forma y estructura que se consolidará no solo en su novelística, sino también en su cuentística. En la mencionada entrevista de Juan Cruz a Mario Vargas Llosa, el Nobel declara: “En El Pozo está el Onetti de La vida breve, Juntacadáveres, El astillero; en todos ellos siempre la ficción es una protagonista central. Escribía historias y al mismo tiempo todas sus historias mostraban cómo la ficción a él lo salvaba, la ficción lo redimía”. Tal vez por eso Eladio Linacero escribe sin importarle si lo que cuenta “es o no interesante”, porque escribe para sí mismo: “Lo curioso es que si alguien dijera de mí que soy ‘un soñador’ me daría fastidio. Es absurdo. He vivido como cualquiera o más. Si hoy quiero hablar de los sueños, no es porque no tenga otra cosa que contar. Es porque se me da la gana simplemente. Y si elijo el sueño de la cabaña de troncos, no es porque tenga alguna razón especial. Hay otras aventuras más completas, más interesantes, mejor ordenadas. Pero me quedo con la cabaña de troncos porque me obligará a contar un prólogo, algo que sucedió en el mundo de los hechos reales hace unos cuantos años. También podría ser un plan ir contando un ‘suceso’ y un sueño” (El Pozo). El extenso párrafo evidencia los propósitos de Eladio narrador y personaje respecto de su historia y de cómo contarla. Muchos años antes, el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, se refería a la obra de Onetti como una “ficción dentro de la ficción”, como una “pluralidad de perspectivas del narrador”, como “la inserción de un mundo imaginario dentro de otro” (Onetti o el descubrimiento de la ciudad en Narradores de esta América, Tomo II, Editorial Alfa, 1976. Nosotros usamos la edición de Alfadil Ediciones, 1992). En el mismo ensayo, Monegal declara: “El Pozo es cifra de toda su obra posterior”.

Los temas que se desarrollan en la novela, propios del existencialismo, y que con tanta precisión describe Ferrater Mora en su citado Diccionario de Filosofía, acompañan a los personajes onettianos, haciendo de ellos una prolongación del propio personaje Onetti: “la subjetividad, la finitud, la contingencia, la autenticidad, la “liberación necesaria”, la enajenación, la situación, la decisión, la elección, el compromiso, la anticipación de sí mismo, la soledad (y también la “compañía”) existencial, el estar en el mundo, el estar abocado a la muerte, el hacerse a sí mismo”. Los lectores de Onetti, tanto de sus cuentos como de sus novelas, reconocen de inmediato en aquellos personajes, particularidades de esta temática existencial que los agobia. En Eladio Linacero, por ejemplo, es difícil no encontrar algunos de estos temas que hacen de él esencialmente un personaje desarraigado de la realidad, enajenado en su universo de sueños e invenciones. Un personaje solitario que encuentra en la ficción una vía de escape a la realidad que lo consume, como suele ocurrir con todos los personajes de Onetti: “Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad” (El Pozo). O como el publicista Brausen que creará el mundo ficticio de Santa María hacia donde él y otros personajes huyen como una manera de soslayar la sórdida realidad que los envuelve. Una sórdida realidad de la que, sin embargo, muchas veces no lograrán escapar, como Risso, el oscuro periodista que escribe sobre hípica, del cuento El infierno más temido, que termina su vida suicidándose, atormentado por las fotos pornográficas que su exmujer, como una forma de martirizarlo, le envía no solo a él, sino también a su círculo cercano, incluyendo a su hija, apenas una niña. O como Bob, el personaje del cuento Bienvenido Bob, cuyo título es el sarcasmo vívido de una vida que se desliza desde un ser íntegro, a un hombre degradado por los avatares de la propia vida en los que el alcohol está siempre presente, y cuyos sueños se pierden en los recovecos del fracaso y la pérdida de aquellos valores que un día hicieron de él un personaje diferente. Entonces, Bienvenido Bob. ¡Bienvenido a qué! Un título digno de Onetti.

Como dijimos, en El Pozo se encuentran las coordenadas formales y temáticas de la narrativa onettiana. La multiplicación de narradores, el cruce constante entre el mundo de la realidad y el mundo de la ficción y la temática existencialista que como una telaraña envuelve el alma de sus personajes. Como dice Richard A. Young en su ensayo El Pozo, de Juan Carlos Onetti o la noche iluminada de Eladio Linacero, University of Alberta, “Es la historia de un ser alienado por la sordidez rutinaria de su realidad, la que procura superar refugiándose en el mundo interno de su imaginación, el cual, a veces, también exterioriza. Sin embargo, el conflicto entre lo real y lo imaginario, surgido cada vez que comunica los productos de su fantasía, lo condena a su condición alienada y a las consecuencias de la frustración y el fracaso”. Es el mundo de Onetti, en su forma y en su contenido, que hizo de él un novelista adelantado para su época y que influyó notablemente en la novelística del llamado Boom de la Literatura Latinoamericana varios años después. Un autor extraño para su tiempo, de compleja personalidad, que hizo de su obra una prolongación de su propia vida: “El mundo de Onetti es un mundo muy personal, un mundo que está creado a partir de ciertos tics, de ciertas obsesiones, de ciertas manías, que tenían que ver con la personalidad tan curiosa de Onetti” (Mario Vargas Llosa, entrevista a Juan Cruz). El mundo literario de Onetti es el mundo del personaje Juan Carlos Onetti, que trasciende tanto al hombre como al escritor. El personaje incomprendido por la crítica de su tiempo, tal vez no querido por su personalidad de choque, sus dichos destemplados y su indiferencia por todo y por todos, pero que influyó notablemente en la generación futura que fue, en definitiva, la que colocó el nombre de América Latina en el concierto de la narrativa universal. Escritores como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, le deben mucho a Onetti, tanto en su forma como en su contenido, como la multiplicación de los espacios, el juego constante entre realidad y ficción, y el manejo del tiempo, por ejemplo: “Cuando Juan Carlos Onetti escribe su primera novela […], inaugura en su universo ficcional una constante, o por lo menos una situación que será recurrente y casi característica en el resto de su producción. Podríamos explicarla como la necesidad de contar la vida de sus personajes desde la doble hélice de la realidad que los azota y la ficción que construyen para alejarse de ella”.

Alexander Salinas, Sobre El Pozo, de Juan Carlos Onetti en Poligramas 32, enero de 2010).

Desde el fondo de El Pozo sentimos que se debe reiniciar el redescubrimiento de la obra de Onetti porque, como dijo Emir Rodríguez Monegal, “El Pozo es la cifra de toda su obra posterior”. Y situarla en el lugar que se merece en la narrativa latinoamericana.



Imagen portada: El Pozo libro de JUAN CARLOS ONETTI – Obra Aquí soñó Blanes Viale de Pablo Uribe – Noviembre 2018 – MNAV – Foto Federico Meneses





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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.