
16 Dic 2015
Nací en Montevideo la última hora de 1977. Escribo por la manía de contarme a mí mismo algunas cosas que aparecen con fuerza y otras como hilachas. Unas veces en verso y otras en prosa. No sé de qué depende que me meta en uno u otro registro. Sucede. Escribí versos en el baño de una fábrica donde, como ahora, laburaba diez horas diarias. Unos cuantos años más tarde tuve la suerte de conocer algunos países gracias a la escritura. Eso hizo que al bajar del avión antes que la alegría aparecieran el asombro y el llanto. Algunas de las cosas que escribo están acá: horaciocavallo.blogspot.com y acá: horaciocavallo.com
Flor del ciruelo A la memoria de mi compadre, Germán Borelli
Demoré el encabezado de esta carta
y ahora que es de día y que se acerca
tu rostro una vez más con el sonido
de una moneda que salta a la nada
y gira con la sed del oroboros
trataré de aceptar que mientras viva
no estarás en la barra de El Piropo
ni en el Tío Francisco donde fuimos
compinches con muletas: carne y uña.
Hermano, donde hablamos de nosotros
y el mundo que rodea hasta la llaga
el mundo, esa sordera, ese paisaje
caído de algún sueño donde flota
el triste corazón del desquiciado;
el mundo que dejaste una mañana
oyendo el ida y vuelta de la costa
con arena en las botas, con los dedos
apuntando hacia el centro de la mano:
el mar, Germán, el mar, ese bramido
y ese viento salado que llevaba
y traía tu cuerpo, las gaviotas
que volaban al sur dando alaridos.
Después todo es atrás, es una tarde
hace dieciséis años, una casa
adonde aparecí de visitante.
Hubo una bicicleta que dio el nombre
con el que iba a llamarte desde entonces.
En Andes al llegar a Paysandú
tu nombre tuvo forma y ojos negros;
libros amontonados y un Polleri
que ofreciste con gesto generoso
Ya se había puesto el sol. Era la noche.
¿Cómo saber qué cosa, qué palabras
apiladas al borde de una mesa
nos volcaron al otro, qué certeza,
cuál duda consiguió que compadrearan
tus versos con los míos, las canciones
que escuchaste de niño en el DF
con tu fascinación por las corridas,
-nombras a El Pana en la última que afirma
que fue resplandeciente aquella tarde
en la que me hice padre, y fuerte, y hombre-
las máscaras, las rolas de Rodrigo
la maestra Enriqueta, los volcanes
que mirabas al frente de tu casa,
los monos que colgaste de los muros
en una adolescencia de exiliado
dibujándole rostros a tus brazos
y una luna extraviada en la brasa de un fósforo?
Fuimos entrando al mundo hombro con hombro.
Yo levanté mi casa con tus manos,
tuvimos los feriados con canciones
y te dejé ser padre de mi hijo.
Después esa amargura que los hombres
a veces llaman vida: el día a día
nos fue arrastrando a un lado y a otro lado:
Sé que ibas hacia el este y que buscabas
un lugar donde fuiste feliz en otro tiempo
¿Qué canciones cantabas? ¿Qué dolía
con la fuerza de un vidrio entre la carne?
¿Dónde quedó la noche en que miramos
caer lo que caía del ciruelo?




















