Imagen portada - archivo: El tango homenajea a la mujer - Teatro Solís - Marzo 2020 - Fotografías: Chiazzaro - Castro @fotografiacyc

De las rubias de Nueva York a las boquitas pintadas

En el prólogo de Boquitas Pintadas para la edición de la Biblioteca Argentina, Serie Clásicos, AGEA S.A., 2000, Graciela Speranza cita a Juan Carlos Onetti: “Después de leer dos libros de Puig, sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig, no conozco su estilo”. En algún sentido tenía razón el autor de la Vida Breve, pues Boquitas Pintadas (1969) era la segunda novela de Puig luego de La traición de Rita Hayworth (1968), en una narrativa latinoamericana que desconocía esta forma de contar historias. Historias, además, banales, intrascendentes, arrancadas del cine hollywoodense de los años treinta y cuarenta, que usó y abusó de la imagen de la mujer bonita, curvilínea y romanticona, de las revistillas sociales con su sección “Consultorio Sentimental”, de las comidillas de vecindario, de las cartas comunes de la época cerradas con la goma del sobre untada en los labios (algunas con faltas de ortografía como las de Juan Carlos Etchepare, con cuya noticia de su muerte publicada en la revista mensual “Nuestra Vecindad”, de abril de 1947 en la localidad de Coronel Vallejos, Provincia de Buenos Aires, comienza la primera entrega), fotos, agendas, notas policiales, notas de diarios y revistas y, sobre todo de las letras de boleros y de tangos, que inducen al romanticismo más radiofónico de la época a través del radioteatro, principalmente en la vida de los pueblos. Claro, en un mundo literario que presenta El siglo de las luces (1962), Rayuela (1963), Juntacadáveres (1964), El lugar sin límites y La casa verde (1966), Cien años de soledad (1967), por mencionar solo algunas de las grandes novelas de la segunda mitad del siglo pasado, los libros de Puig no “encajaban”, por decirlo de alguna manera, en la trayectoria narrativa ni estilística del boom latinoamericano. Puig innovó desde la cultura popular, y dejó que su voz narradora se perdiera entre las voces arrancadas de estas fuentes populares, aunque en determinado momentos sí apreciamos un narrador que, más que nada describe y constata los hechos sin interpretarlos.

La intención de Puig se encuentra en el propio subtítulo de la novela: Folletín. Boquitas Pintadas es un folletín. Y el folletín es una novela de carácter melodramático y gusto popular (RAE), y su característica esencial consiste en ser una parte de un periódico en que se entregan textos ajenos a la actualidad, como una novela, por ejemplo. Boquitas Pintadas es una novela por entrega que se entrega a sí misma para que con cada una de ellas (son dieciséis rigurosamente divididas en dos partes de sugestivos títulos: Boquitas pintadas de color carmesí y Boquitas azules, violáceas, negras), armemos su historia de amor, pasión y muerte, como la letra de un bolero o de un tango. El propio título de la novela forma parte de un verso del tango de Carlos Gardel y Alfredo Le PeraRubias de Nueva York” (Quiero el beso de sus boquitas pintadas). Pero la novela sí se pensó como una novela por entrega. Así lo señala Puig en una entrevista concedida a Emir Rodríguez Monegal, y que nosotros recogemos de la tesis doctoral de Giselle Rodas, “Edición crítico-genética de Boquitas pintadas”, Universidad de La Plata, 1969. “Yo también quería publicar Boquitas pintadas por entregas, en una revista; por entregas semanales, ¿no? Pero aquí en Buenos Aires no fue posible […] La vieron en muchas revistas; en general interesaba pero después venían los cabildeos. Yo le ofrecí a revistas de información primero; después a revistas femeninas, nada”.

Y las dieciséis entregas comienzan con un epígrafe que reproduce alguna letra de tango de Le Pera, salvo la segunda entrega que corresponde al tango “Charlemos”, de Luis Rubinstein y la canción de la decimoquinta entrega, “Azul”, de Agustín Lara: “En Boquitas pintadas los tangos y boleros y sobre todo el radioteatro de la tarde adquieren más importancia que el cine de Hollywood. “Los personajes piensan con letras de canciones populares y se emocionan, aman, odian, hasta matan, apoyados en algunos versos que escribió algún letrista más o menos olvidado” (Emir Rodríguez Monegal, Narradores de esta América, Tomo II, Alfadil Ediciones, 1992). Si el radioteatro fue la entretención masiva de aquellos años y el mundo del escenario cinematográfico inundó las almas soñadoras del romanticismo pueblerino con sus mujeres descarnadas de vaporosas boquitas pintadas, más lo fue en Argentina, cuya mítica mujer convertida en Presidenta de la República, Eva María Duarte, adolescente humilde de quince años que emigra a Buenos Aires en enero de 1935, una más de los “cabecitas negras”, llamados así por la clase media y alta argentina a los compatriotas provenientes de las regiones rurales del país para distinguirlos de la inmigración europea, salta del mundo del espectáculo (teatro, radioteatro y cine) a la Casa Rosada con el nombre de Eva Perón y es declarada oficialmente y de manera póstuma Jefa Espiritual de la Nación en 1952. Eva María Duarte es la parodia del tango “El sueño del Pibe” (1942), de Reinaldo Yiso y Juan Puey, sobre la historia del chico que sueña ser una estrella del fútbol: Eva Duarte, señala Rodríguez Monegal en su obra citada, “se convertiría para millones de argentinos en la “Señora Presidenta” (así la llama Perón en una entrevista de junio 3, 1951), en “Santa Evita” (octubre 18, 1951), en la mujer más importante de la historia patria. Los sueños de Evita se habían realizado más allá de lo que una pobre muchacha de Los Toldos, provincia de Buenos Aires, podría haber imaginado nunca”.

Las boquitas pintadas hoy las encontramos en los espectáculos televisivos, desde los llamados matinales que muestran tanto la comida afrodisiaca como las entrevistas “sentimentalonas” de personajes decadentes, pero del gusto del respetable público, hasta los programas de escaso valor artístico, grotescos y truculentos; en las redes sociales que traman sus historia basadas, como en la novela de Puig, en montajes fotográficos, mensajes cinematográficos, recortes de diarios y revistas, conversaciones personales, íntimas muchas veces, ventiladas públicamente, en la mostración del cuerpo en todos sus contornos; sus lugares de veraneo, la comida que consumen y hasta el baño de sus casas; en programas radiales como el “El chacotero sentimental” conducido por Roberto Artiagoitía, «El Rumpy«, estrenado en Radio Corazón de Santiago de Chile en 1996, cuyo contenido se hizo película con el mismo nombre en 1999, en la que se narran tres historias populares que son una radiografía de la sociedad de la época. Todas estas voces narrativas de las boquitas pintadas de hoy, comentadas debidamente para satisfacer el ego de sus contadores de historias.

Manuel Puig, ciertamente, hubiera innovado sus boquitas pintadas y toda su novelística posterior desde la sofisticación de la tecnología. Las boquitas pintadas de la revolución tecnológica vive la consagración de su apogeo.

 

 

Imagen portada – archivo: El tango homenajea a la mujer – Teatro Solís – Marzo 2020 – Fotografías: Chiazzaro – Castro @fotografiacyc

 

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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.