Netflix el nuevo documental recientemente publicado llamado "Atleta A".

Atleta A – El abuso detrás de la perfección

A primera hora de la mañana, mientras desayunaba tranquila, en ese momento en que la casa está en silencio y aprovecho a leer las noticias, me encuentro con la triste historia de Choi Sook-hyeon, una triatleta sur-coreana de veintidós años que se quitó la vida luego de haber recibido agresiones físicas y verbales por parte de su entrenador y un médico del equipo durante largo tiempo y no encontrar ningún tipo de respuesta por parte de las autoridades luego de las múltiples denuncias que realizó.

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Justamente hace dos días miré en Netflix el nuevo documental recientemente publicado llamado «Atleta A«.

En el mismo se relatan los múltiples acosos físicos y psicológicos que recibieron las niñas gimnastas olímpicas estadounidenses de parte de sus entrenadores y los abusos sexuales que perpetraba el Dr. osteópata Larry Nassar cuando realizaba «masajes terapéuticos» a las niñas.

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Estos abusos salieron a la luz después de que un equipo de reporteros de «The Indianapolis Star» publicara un artículo sobre los maltratos dentro de Usa Gymnastic, donde las denuncias de las afectadas permanentemente eran ignoradas por los directivos del gimnasio, la Federación e incluso por el FBI.

Todo esto removió algo de mi propia historia en el deporte.

Un día del año 1995 cuando tenía once años decidí que no iba a seguir haciendo patín. Hacía siete años (cuando apenas tenía cuatro) había comenzado en un club del barrio donde vivía . Todo empezó como un juego, un lugar al que iba, disfrutaba de algo que me gustaba, me divertía y de paso practicaba un deporte. Con el pasar del tiempo me mudé y esa mudanza implicó cambiar de lugar de entrenamiento. Comencé nuevamente en un club de barrio pero con otras características, esta nueva profesora tenía un perfil «profesional», estaba federada y llevaba a sus patinadoras a competición. Lo que había comenzado como un juego, una diversión se estaba tornando en un deporte profesional de competencia.

En un primer momento todo marchaba bien, yo era una niña petisita y robusta, a mis padres se les comunicó que tenía «condiciones» para este deporte y cuando nos dimos cuenta los entrenamientos y requisitos se fueron incrementando. Pero ese no era el gran problema, lo triste pasaba por otro lado.

Ese día del 95, con once años decidí que no quería volver a subirme a un patín, que no quería volver al club y que no quería volver a ver a esa mujer. Si bien con esa edad no lograba entender por qué todo ese tema me generaba tanto odio había algo dentro de mí que sentía que lo que sucedía no estaba bien, patinar ya no me hacía feliz y tampoco era divertido.

Hasta el día de hoy recuerdo sus ojos claros, sus pecas, sus arrugas, y el aliento a goma quemada que despedía su boca de dientes amarillos cada vez que me decía «gorda», «inútil», «si no dejas de caerte nunca vas a calificar», «cuando mires a los jueces tu puntaje va a ser cero», «no sos buena para nada», «sos un desastre». Otro asunto inolvidable son los constantes controles que nos realizaba, la balanza, el metro, las palabras descalificadoras cuando subías de peso. Sus manos sacudiendo mis brazos cada vez que no lograba saltar y caer de forma correcta, la violencia con que «nos ayudaba» a estirar nuestras piernas. El tirón cuando te levantaba del piso después de una caída.

Nunca hubo una palabra de aliento, nunca un mensaje de orgullo, nunca una felicitación, ni siquiera cuando logré medalla de plata y fui la única ganadora del club. Recuerdo su cara de desprecio, sus desaires, su mal humor.

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Obviamente mi experiencia no se compara con el de las chicas de esta serie, no fui víctima de un abuso de carácter sexual, pero sí fui víctima de un abuso psicológico y en alguna que otra oportunidad físico.

El tiempo pasó, hoy con treinta y seis años puedo reflexionar y darme cuenta de que todo lo que te sucede en la vida, sobre todo en la infancia te deja marcas. Determinadas conductas y pensamientos del día de hoy, como nunca lograr estar conforme con el físico, sentir que no das la talla en ningún sitio, estar continuamente obsesionada con la perfección y la baja autoestima seguramente sean cicatrices de esos días en los que una señora decidió que tratarnos así nos iba a hacer mejores patinadoras.

El único consejo que puedo dejarles hoy en día, como madre, es que nunca dejen a sus hijos solos en instituciones deportivas, muchos sitios tienen como excusas que los niños se distraen con la presencia de sus padres, que pierden la concentración, yo no confiaría. Ninguna medalla, reconocimiento, ni logro vale más que una psique sana.

 

 
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Luciana Rodriguez

Luciana Rodriguez

Luciana Rodríguez, mamá, fotógrafa, técnica en comunicación social, actualmente realizando la licenciatura en comunicación audiovisual en la Fic (Udelar). Desde pequeña mi primer amor fue el cine, tardíamente encontré mi segunda pasión en la literatura. Mi sueño es lograr convertirme en cineasta, principalmente dentro del cine documental, mientras tanto disfruto de las obras ajenas intentando por este medio que otros las conozcan.