
CHILLAN LAS BESTIAS – Otra noche en la SUVD
Jueves 18 de junio, 2026
La entrada de la Sociedad Urbana Villa Dolores no termina de marcar un adentro y un afuera. Más bien abre a un pasillo angosto, con plantas y plantitas que se mezclan contra la pared, como si alguien las hubiera ido dejando ahí con el tiempo. El recorrido hasta el salón se hace corto, pero no apurado; siempre aparecen en el trayecto esas caras conocidas que obligan a frenar para saludar y hacer algún comentario. Antes de la entrada al salón, la puerta lxs de jóvenes que te reciben para colocarte la pulsera sin demasiado protocolo, siempre amables y sonrientes.
Antes de entrar del todo, las conversaciones que empiezan ahí mismo y se estiran sin decisión, vasos que pasan de mano en mano, algún brindis que queda a mitad de camino entre risas. De reojo, más de uno mira hacia adentro, tratando de adivinar si ya hay movimiento, si alguien prueba sonido, si algo se escapa y anticipa el comienzo. No pasa mucho antes de las 21:30.
La SUVD tiene una lógica propia. No hay escenario elevado en el sentido clásico. O sí, pero no alcanza para separar. Los músicos entran entre la gente, sin demasiada pantomima, como quien llega un poco más tarde que el resto. El recorrido es breve, y si uno está adelante, todo queda a centímetros; se ven los cables bordeando los atriles, el recipiente donde Pedro escupe, los abrigos apoyados en las escaleritas de tres peldaños que llevan al escenario y botellas de agua esperando todavía cerradas. Antes de que empiece, ya hay varias fotos tomadas de estos espacios y rincones, más allá de que la luz no es muy amigable con las capturas, el lugar invita a gatillas y gatillar. Pasadas las 21:30 y sin anuncios, arranca el show.
La banda viene de grabar su disco en vivo en la Sala Balzo y con el estreno en la batería está Álvaro Nozar. A quien no hace falta anunciarlo. El día anterior, en el programa “Las Ganas” de La Diaria Radio, Pedro Dalton y Franco Varise ya habían adelantado la incorporación de “El Negro Nozar”, reconocido musico también integrante de varias bandas de la escena local como: Service de Sound, Tropico Duclós, Rita y el Chivo y Buenos Muchachos.
El primer tema es “Nocturno Mediodía”. Con el violín de Marcos Camisani tirando todas las magias, a partir de ahí lo viejo y conocido: “La Cresta”, “Casi Farsante”, “Mar Sin Locos”, “Mecha Corta”, “La Vía”. Las canciones no necesitan presentación, y son el motivo por el que las entradas estaban agotadas desde hace días.
El sonido se mantiene en una zona cerrada, con teclados de Franco y voz de Pedro evitando el brillo. Hay una decisión —no dicha— de sostener la atmósfera oscura antes que exposición. Todo queda levemente en sombra, sin perder forma, manteniendo esa esencia identitaria de CHLB.
Pedro lleva una camisa a cuadros con bolsillos en el pecho. En el izquierdo lleva una lapicera, cual médico de guardia. No parece un detalle pensado para el escenario, más bien algo casual. En varios momentos la mano se le acerca como si fuera a sacarla, pero eso nunca sucede. Es difícil no asociarlo con su otra faceta, el dibujo. Pedro participa del universo visual de la banda, dibuja las figuras que aparecen en los discos, las “bestias” que le dan forma al proyecto. Cada integrante tiene su versión en animal dentro de ese imaginario. En escena no se explica, pero quizás haya una búsqueda en el detalle. La camisa, la lapicera, el gesto contenido: todo parece estar relacionado.
Poco antes del final, desde el fondo alguien pide una del Indio. Pedro responde sin mirar demasiado: “No… no podemos, imagínate cantar una del Indio”
No hay lugar para el pedido, solo una risa corta que no da lugar a nada. El show sigue con “C.A.B.A”. El clima cambia, la letra nos lleva a ese nombre que representa la sigla (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) las imágenes se vuelven precisas, urbanas, con el violín de Marcos dibujando. Veredas, esquinas, escenas que parecen suceder mientras, pero narra detalladamente. La letra arma una ciudad en movimiento, atravesada por trenes, lluvia y neón, donde el paisaje se vuelve inestable y sensorial. “El tren tiembla el riel, vibra la ciudad, todo parece reaccionar a su paso”
Entre imágenes concretas y otras más difusas, aparece una sensación de tránsito y cambio que nunca termina de cerrarse. Por momentos la sensación es de estar caminando
El teclado chico deja de sonar en medio del set. Se apaga, pero lo ajustan rápido, esperan lo justo. Nadie dramatiza. El corte entra en la misma continuidad del show. Cuando vuelve, la banda retoma sin marcar ruptura. El público sigue ahí, demasiado cerca como para dispersarse. No hay grandes conflictos y la atención sigue sostenida.
El recorrido no cambia demasiado hacia el final. Anuncian a “La Bestia” que aparece cerca de las 22:40 para cerrar la noche con los graves de Pablo Ferrajuol en el bajo y Luis Filippelli Otranto armonizando en la guitarra.
Antes de irse anuncian que en diciembre vuelven a la SUVD, con un par de fechas. El público aplaude el anuncio y a la banda por el show. El movimiento vuelve a ser el mismo que antes de las 21 horas, varixs se quedan charlando dentro del salón mientras el técnico de escenario comienza a desarmar celosamente el set, otrxs salen al pasillo para recargar las copas y el frío sigue esperando afuera.
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