Tonolec en Montevideo - 7 de octubre 2017 - Sala Zitarrosa - Foto © Ricardo Gómez

“Y cantando me fui” – Tonolec en la Zitarrosa

El pulso de la tierra late al ritmo de 6 piernas y tres cuerpos que chorrean música sobre un escenario. Una mujer y dos hombres que intentan borrar las fronteras y acercarnos a los pueblos originarios a través del ritmo, porque… según dicen, toda la tierra es la misma y ya llevan 17 años cantándolo.

Un duende (Lucas Helguero) toca la percusión y pone sentido y corazón a la voz de una indígena (Charo Bogarín) que atraviesa bosques y ríos imaginarios acompañada por los paisajes sonoros de Diego Pérez.

Interpretan a Mercedes Sosa, a Zitarrosa, a Violeta Parra o a Cerati. Le cantan al amor que está por llegar y al amor que ya se fue, a la mujer y a la comunidad. Usan lenguas que no todos/as conocemos para transmitir sensaciones que sí conocemos. Mezclan lo antiguo con lo moderno, un bombo legüero con una computadora. Nos llevan a lo alto de una montaña o a la profundidad de la tierra sosteniéndonos en un estado de levitación. Ella como un ave a punto de volar entre una llamarada de gritos. Ellos participando de una especie de sanación transitoria. Cantos para sanar -dicen. Cantos para cambiar estados. Y de fondo una niña baila mientras Charo cambia de instrumento a cada canción, mientras la percusión se multiplica, mientras la mesa mezcladora nos hace explotar en una suerte de pista de baile que nos pone en pie para bailar, cada cual a su forma y ritmo, la última canción en la sala Zitarrosa.

 

Imagen portada: Tonolec en Montevideo – 7 de octubre 2017 – Sala Zitarrosa – Foto © Ricardo Gómez

 

 

 

 

Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







Recomendaciones destacadas