Visita al planeta Sara Sabah, en el Ciclo Cuerdas

Apenas sentarse, llamaba la atención la cantidad de lugares musicales dispuestos y la cantidad de micrófonos. A vuelo de pájaro, conté 9 lugares y 14 mics. Ese dato a secas no implica algo necesariamente, pero como sabíamos un poco de la trastienda de este concierto, ver eso desató un frotarme de manos ilusionado. Entonces, empecé a percibir que había algo diferente en estos minutos pre-show. Sentí que aquello vibraba a expectativa feliz generalizada, a algarabía. Más tarde, durante el toque, me fascinaría la atención sin distracciones, que no volara una mosca cuando no tenía que volar, que a nadie se le ocurriera hablar o comentar mientras sonaba la música. En resumen, el mejor público que un artista puede llegar a tener para una propuesta como esta.

Esto fue un viaje de principio a fin, con un código de belleza original: hubo dulzura que no empalagaba; fue impredecible y, sin embargo, se sintió cercano. El repertorio incluyó –pero no se limitó a– las canciones sefaradíes contenidas en el disco “Arvolera” (que actualmente puede escucharse en la página web http://www.sarasabah.com ).

Me asombró cómo desde el segundo uno la afinación de Sara Sabah fue perfecta y su centramiento musical, total, y a pesar del esfuerzo que seguramente eso le demandará, lo que transmitió desde el primer instante fue comodidad, sensibilidad, muchísimo sentimiento y alegría, diversión, disfrute del momento que se estaba generando y viviendo. Para mejor, la primera canción, “Tres ermanikas” ¡es una canción con una expansión vocal astronómica!

Ya desde aquí, desde el primer tema, la concentración de todos fue perfecta. El lugar desde el que arrancaron generando la vivencia colectiva fue de respeto, profesionalismo y esa mezcla justa de entregar y entregarse que logran quienes son músicos de corazón y tienen la suficiente maestría para confiar.

Y en cuanto a este corazón sentado en la butaca, alternó estos primeros minutos entre la alegría de un festejo y una tristeza que quizás sea ancestral, quién sabe. La combinación de una y otra, cambiando de instante a instante, durante buena parte del toque, fue una experiencia, y sacudida, nueva para mí.

El segundo tema, “Arvolera”, le infundió a ese recinto una fuerza abrumadora. El despliegue instrumental fue tan enorme que sentí la dificultad de poder prestarle la atención deseada a cada instrumento. Cuando mi atención se quería detener en el clarinete de Andrés Rubinstein, Nicolás Parrillo y Vittorio Bacchetta estaban haciendo una magia percutiva delirante, y Matías Craciun estaba descosiéndola en el violín, y Fede Righi marcando el carácter en forma magistral en el bajo, y las guitarras de Martín Ibarra y Gonzalo Durán entretejiéndose sabiamente… a veces complementándose, otras sonando juntas… y así todo el tiempo con todos los instrumentos. Tanto que fueron varias las veces que cerré los ojos para ver mejor.

Permítanme el atrevimiento de comentar que me cautivó la actitud profesional de Sara como música. Me refiero aquí al lugar desde el que hace su música en relación con los demás músicos: el relacionamiento en el escenario durante las canciones, los volúmenes al cantar, el cuidado con los sonidos que emanaban de todos los rincones…, en definitiva, la actitud de co-creación sinérgica, donde si bien hay un par de líderes (Sara y Fede), la performance es con el mismo espíritu, digamos, de una big band: nadie es más que nadie. Y todo con felicidad.

La contribución de todos los músicos fue increíble. ¡Los climas creados por todos! Matías Craciun con el violín transportó la sala entera a otra dimensión en muchísimas oportunidades. Lo mismo Andrés Rubinstein con el clarinete, y otros detalles. Fueron especiales los momentos en que tocaron juntos violín y clarinete, en esos registros de dulzura y profundidad. Gonzalo Durán y Martín Ibarra también fueron construyendo un universo de ondas, alternando entre ellos la tierra y el aire algunas veces o generando juntos corrientes impactantes. Del mismo modo los dos percusionistas aportaron un arte muy balanceado, no sobrecargando jamás, no tocando ni una sola nota superflua, y generando capas y subcapas rítmicas, afectivas. Debajo de todo y todos, el bajo alegre, profundo, decidido, groovy y cool de Righi. Y, evidentemente, detrás de toda esa magia, los arreglos hechos con amor y calidad, por Sara y Fede.

Íbamos unos 15 minutos de show, que habían sido exultantes, cuando Sara invitó a Juan Pablo Chapital a tocar con ella, a dúo, “Ríos furientes”. Él con su guitarra calada, con sus notas dulces y nostálgicas, realmente tocadas y sentidas, y ella con el sentimiento del mundo volcado en su voz magistral, haciendo unos malabares vocales maravillosos, nos conectaron, ahí mismo, con galaxias distantes.

En ese estado de éxtasis en el que nos tenían para ese entonces, llegó la siguiente invitada, con su voz privilegiada: Carmen Pi. Lo que hicieron estas dos mujeres fue una genialidad. Divinamente ajustadas entre sí, luciéndose a más no poder, desplegando todo el arte y toda la magia que se pueda desear escuchar.

El tema siguiente, que creo que se llamaba “Altísimo” (aunque para mí será “toma y bebe”) era como un rompecabezas musical, un desafío rítmico desde donde lo miraras, y sin embargo, no solo lo hicieron fluir cómodamente sino que además fue uno de los temas en que hicieron cantar al público.

Luego, Sara presentó a los músicos:

Matías Craciun (violín), Gonzalo Durán (guitarra), Martín Ibarra (guitarra), Nicolás Parrillo (percusión), Vittorio Bacchetta (percusión), Andrés Rubinstein (clarinete) y Federico Righi (bajo eléctrico).

A “Morenika” la conocía bien. La había escuchado muchas veces en los días anteriores al show y otra vez confirmé: un toque en vivo es una vivencia mucho más completa que una grabación, aunque sea una excelente, o aunque sea un video visualmente rico. Creo yo, puedo equivocarme, que cuando estamos en la misma sala que los instrumentos sonando, nos llegan al cuerpo las ondas vibratorias mucho más completamente que en un disco. No tengo prueba de esto… pero bueno, en resumen, las guitarras de Morenika me enamoraron completamente y quedé extasiada tratando de acomodar todo lo que sentía… pero no me darían mucho tiempo a acomodar nada porque poquito después entraba el siguiente invitado.

Pinocho Routin y Sara cantaron, con muchísimo amor, “Brisas” (compuesta por Hugo Fattoruso) acompañados divinamente por percusiones varias y las homenajeadas cuerdas, todo con una delicadeza superior.

Al momento siguiente, todos los músicos, incluido Pinocho Routin, cantaron sin micrófonos una canción de bodas, llamada “La Novia”, muy alegre y divertida.

El vaivén emocional continuaría con una canción de cuna, compuesta por Sara y Fede, y tocada por ellos y el enorme Nicolás Ibarburu. Me sigue impactando el poder emotivo que tienen las notas de una guitarra tocada así, como toca Nicolás. ¡No esperen que les explique lo inexplicable! Es algo que solo puede experimentarse, gozarse y quedarse admirado de cómo hace este ser para tener esa personalidad musical arrolladora.

A “Todas las palabras” también lo tenía muy escuchado pero, de nuevo, tomó una dimensión mucho más enorme en vivo. Martín Ibarra en la guitarra, Fede en bajo y Sara en voz lograron un entretejido de las tres sonoridades que no dejó ni un rincón del cuerpo inalterado.

Retornaron todos al escenario para tocar “La mal kazada del pastor”, que fue un festín en todo sentido: rítmico y melódico, para empezar, y el banquete de sonidos: el violín y el clarinete, cada uno por separado y al unísono, la percusión increíble de Parrillo y Bacchetta, más tantos detalles, como ser el triángulo, tocado aquí por Rubinstein… y todo sostenido por el bajo y las guitarras.

Como si a la noche le faltara pluralidad musical, ¡apareció un berimbau entre los chiches de Parrillo! ¡Fantástico! Así arrancó una nueva canción de bodas, a tres guitarras, para la que invitaron nuevamente a Nicolás Ibarburu. Gonzalo Durán sostuvo con una solidez impresionante esta canción en la que Martín Ibarra y Nicolás Ibarburu hicieron una especie de duelo maravilloso. La verdad que este tema le hizo mucho honor al nombre del Ciclo Cuerdas: tres guitarras, violín, bajo y berimbau. Simple: no queríamos que el tema terminara nunca.

El último tema, onda klezmer, fue otro festejo más, de la voz, de la música, de la vida, en el que Sara se lució a pleno.

Una mención aparte merece el equipo a cargo de Pablo Avellino. La paleta era enorme y sutil a la vez y se oyó absolutamente cada detalle con claridad y perfección. Los volúmenes entre instrumentos y cantantes suelen ser un desafío para los sonidistas uruguayos y Sara, para mejor, manejó una cantidad enorme de matices de volumen. Pues, lo cierto es que todo sonó como si fuera una grabación en el mejor estudio del mundo y mil veces masterizada.

Hubo bis, claro, y fue esa bonita canción que hemos venido escuchando en las redes: “La mar está en fortuna”. La generosidad sonora del planeta Sara Sabah se mantuvo hasta el último segundo y también la emocionalidad a tope, la delicadeza, la exquisitez, el cuidado, el amor hecho música.

Nada se repite jamás, por más que suceda dos veces. Lo que queda es agradecimiento real por la experiencia, admiración rotunda por cada uno de esos seres que pueden transmitir en forma de sonidos verdades humanas eternas, para algunas de las cuales ni siquiera tenemos palabras, pero sin duda laten en nosotros y hace muchísimo bien poder observarlas de esta manera.

 

Foto de portada: cortesía de Bruno Pesce.

(Visited 80 times, 90 visits today)

Patricia Schiavone

Patricia Schiavone

Patricia Schiavone es Coach Personal, Practicante e Instructora de Reiki y amante de la música. Su página de facebook: @sersentiryhacer y su web: https://patriciaschiavone.com







Recomendaciones destacadas