Darío Sztajnszrajber

Una cita con Darío y Baudelaire

Todo tiene aquí la claridad justa y la deliciosa oscuridad de la armonía

Charles Baudelaire
El spleen de París

 

 

Entran a escena la remera de David Bowie vestida con el cuerpo de Darío Sztajnszrajber. Me pregunto quién lleva a quién.
Hoy es 24 de junio de 2019.
Están presentes la resaca de la noche de San Juan, el partido de Uruguay contra Chile, y la previa de un paro general.
Y el invierno, no nos olvidemos del invierno.
También estamos nosotrxs, lxs que apenas llenamos la mitad de la sala, pero que estamos convecidxs de la importancia de estar acá.
Hoy hablaremos de El spleen de París de Baudelaire.
Darío le dedica el primer poema de la tarde, “El extranjero”, al partido de fútbol. Y nos pregunta: ¿Qué es más importante? ¿La familia? ¿Lxs amigxs? ¿La patria?
En este instante de indecisión, recibe un mensaje de Whatsapp de su madre y pienso, ¿está todo conectado?
Los países son un invento, la autonomía electiva es un invento, la familia es un invento. Y Baudelaire –uno de los primeros poetas malditos – así lo deja intuir.
Solo podemos aferrarnos a lo efímero, a lo que cambia, a las nubes.
La familia es una nube.
La amistad también.
Todo se nos esfuma constantemente “como lágrimas en la lluvia”.
Se muestran, aquí, dos opuestos: la modernidad (futuro, futuro, futuro) frente a la tradición (pasado, pasado, pasado). El mundo que se abre, frente al mundo que se cierra. Pero esto también es espejismo. Navegamos entre la estabilidad y el movimiento. Cuando algo se repite hasta el hartazgo, muere.
Algunas de las figuras que utiliza Baudelaire son: el Dandy (la seducción como un fin y no como un medio, misma lógica de la modernidad), el Spleen (el tedio existencial) o el Flâneur (el que pasea sin rumbo y recupera la capacidad de asombro).
Todos los caminos conducen al mismo lugar: la poesía” dice Darío. Y añade: “el arte es una patraña del sistema”.
Leemos juntxs un último poema: La moneda falsa. Darío nos habla acerca del “dar”, del entregar algo propio que no vuelve, y que al no volver se convierte en pérdida, pero que si vuelve es intercambio, y que si hay intercambio, se genera deuda, y que si hay deuda, no hay entrega.
Por eso, al dar las gracias, anulamos esa entrega y todo comienza, otra vez, a no ser desinteresado.
Así, infinito.
Mucho para pensar hoy.
Alguien dice: “nos debes una clase gratis” y él se ríe. “El verdadero dar es invisible”.

Y nos deja con las siguientes preguntas:

¿No es toda verdad una mentira no descubierta?
¿No es toda literatura una moneda falsa?
¿No es una moneda falsa toda existencia?

Y a mí –y a la flâneuse que hoy me doy cuenta que soy– me llevan en auto a casa, y yo NO doy las gracias al llegar para no anular el ofrecimiento de quien me lleva, para que dar, sea dar. Para no generar deudas.
Al menos por esta noche.
Y gana Uruguay.
Y el paro comienza.
Y la vida sigue cada vez más fría.
Y cada vez hay más preguntas.
Y las certezas son las suicidadas en este proceso de deconstrucción.
Y me pregunto: “¿Qué pastilla eliges tú?” ¿La azul o la roja?
Y continúa la no certeza.
Y no hay nada que hacer.
Pero hay todo por hacer.
Y el tedio se viste con mi cuerpo,
como Bowie con Darío,
como el Spleen y Baudelaire.

Y la vida
es eso
que nadie sabe
lo que es
pero que sigue
latiendo
fuego
volcán
y herida

 

24 de junio de 2019 – Sala Zitarrosa de Montevideo

 

 

https://twitter.com/SalaZitarrosa/status/1143904511133700096

 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.

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