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“Todo puede suceder” Alejandro Balbis

Estamos en el Lalá café con libros. Hay banquetas sobre una estantería, corazones colgando del techo, espejos escritos con tinta blanca, un sapo con una trompeta en las manos y una biblioteca repleta de libros. La noche del primer lunes de mayo terminó así, con Alejandro Balbis brindando, suspirando y dando las gracias.

Balbis presentó canciones de su primer y segundo disco, El Gran pez y Sin remitente. Habló del pasado, de su casa, de los libros para los que no estamos preparados hasta 25 años después, del origen de cada persona, del proceso de búsqueda de uno mismo en otro país (porque uno es uno y es otros). Habló del juego que es la música explicando que cantar fue el primer instrumento que encontró el ser humano en su propio cuerpo. Nos ofreció un taller improvisado de murga uruguaya, contándonos el nacimiento, proceso y mutación del reciclaje musical y su porqué.

Habló de Uruguay como de un pueblo que canta y del uruguayo que emigra y sufre el síndrome del Uruguay congelado en otro tiempo. Nos contó cómo Mirna, su profesora de escuela, le explicó el concepto de conjunto vacío y cómo no lo entendió sino a través del dolor y los años. Y llegó finalmente a la última canción, mirando al cielo y escuchándonos tararear dulcemente.

Imagen portada: Lalá café con libros

 

   

 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.

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