INEDITA-HERENCIA-de-Mayra-Nebril-en-Narrativa

Sobre lo inédito de toda herencia

Toda herencia es ante todo una tarea. Bendición, obsequio inesperado de la vida o maldición de una carga no deseada, está allí habitando un presente que no puede no interrogar el pasado. Los pasados que confluyen en este presente.

Mayra Nebril hace del presente un momento intenso, un espesor que no se atraviesa sin esfuerzo, del que no se sale si no es con el perfume de las habitaciones, ahora vacías, y habitadas de esas flores de roble que huelen a cera en las bibliotecas gemelas del hermano muerto. Dos bibliotecas, como dice el lugar común sobre los temas en que sabemos que los acuerdos no serán sencillos. Sobre todo los acuerdos que cada quien debe hacer consigo mismo.

Hay gestos de audacia que salen bien, y entonces son recogidos como golpes de genio. La apuesta de la autora tiene esa genialidad, la de haber jugado dos fichas a colocar a una de las vacas sagradas (por maldita) del siglo pasado en el centro de una ficción propia, y salir airosa del intento. Colocar a Bataille como protagonista de una novela que transcurre en un apartamento de malvín o pocitos, hacer que el francés de los 40 y 50 parisinos habite la rambla montevideana contemporánea y no muera de asfixia ni sea sepultada por los halagos es una apuesta audaz. Y resulta.

Sobre todo resulta, porque cada detalle pesa. En la novela lo que se dice pesa tanto como lo que se insinúa, y con las insinuaciones, lo sabemos, las interpretaciones son de cuenta y riesgo de quien lee lo que alguien no ha escrito.

El relato se centra en las vivencias de la protagonista. En las múltiples vivencias de la extrañeza frente al otro. Las múltiples fractales en que se descompone el duelo, los mil silencios de los niños frente a la muerte. Y lo hace en un registro en que pueden leerse infinidad de marcas generacionales que acercan al lector.

La música es una de esas claves. Los nacidos después de la década del 60 difícilmente podamos obviar referencias musicales en cualquier presentación. A uno le gusta el rock sinfónico, o lo detesta; para aquel el Miles Davis eléctrico de inicios del 70, resulta avant gardé o un triste desbarranque comercial. Otra sabe o no sabe quienes fueron los beatles, se enteró del punk o jamás lo supo. Hijos de la música grabada y difundida por mil medios, herederos de la golden age of pop, no logramos sustraernos a la tentación de soltar balizas que orienten. Cómo si el saber que a alguien le gusta un disco nos dijera algo más profundo, más abarcativo que el dato. La música como lugar del equívoco y los pre-supuestos que sin embargo, orientan.

Otra baliza son algunas palabras, que se repiten. Desconocido, hermano, muerto, bataille, apasionado, búsqueda, manuscrito. Y sobre todo: intensidad. Esa intensidad que se palpita cuando un primer relato de La historia del ojo despierta en el vientre de la protagonista un ardor que el lector no puede dejar de intuir expandiéndose en oleadas desde los muslos hasta el cuello erizado de ese personaje de ficción que se humedece leyendo una ficción. La novela juega con cajas chinas delicadas que se abren al infinito. Con caminos que toman desvíos permanentes hacia un mar húmedo, pegajoso, que llama incesantemente, como aquel mar verde del inicio del Ulises de Joyce.

El canto de las sirenas es el que hace que la protagonista tome el riesgo de habitar el lugar del hermano muerto. En un juego de viajes, ocultamientos, noches de hotel y un manejo del tiempo y la tensión que nos mantiene con la vista pendiente de esas páginas que avanzan y nada dicen que permita avizorar el final, sin decir -aun cuando suene contradictorio- nada que no sea necesario para lo que ocurrirá.

La novela tiene esa singularidad, nos mantiene atentos todo el tiempo, en una acción que sin embargo, en tanto acción es siempre mínima. Lo que importa de este viaje iniciático es lo que ocurre subjetivamente con esta mujer que a diez páginas del inicio ya no es la que era en el primer párrafo, y dista aún de aquella que llegará hasta la última escena. Como esas películas de Ingmar Bergman en las que permanecíamos minutos enteros atentos a rostros que la luz teñía de unos otoños largos y luminosos, la acción de Inédita herencia se centra en un viaje de primerísimos primeros planos. Quizá por ello la intensidad se respira todo el tiempo, y cuando la palabra aparece cada tanto en el texto, no agota, ni fuerza, simplemente registra como de pasada, algo de lo que ocurre.

En definitiva, Inédita herencia es de esas novelas de la literatura uruguaya de este siglo que llegó para quedarse, y que como las novelas de Espinosa, Mella o Estévez, tengan esa capacidad elegante y necesaria de tomar anécdotas mínimas y partir de allí construir mundos en que todos podemos reconocer algún rasgo, porque a su manera, cada uno está pintando su aldea, que no es otra que la nuestra.

 

Inédita herencia de Mayra Nebril en Narrativa
Estuario Editora

Fecha de publicación:
23 de abril 2019
Tamaño: 12×19 cm.
Paginas: 120

 

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Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)

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