Praxis creativa al modo de Leonardo Da Vinci

¿Qué cosa es el poder y qué el Derecho?

El Estado fue en su origen y continúa siendo, un “instrumento” de organización de las fuerzas productivas, la fuerza productiva social organizada jerárquicamente, de una comunidad en competencia con otras comunidades.

En el proceso de la civilización la estructura de estabilidad basada en la imposición de la fuerza física, a la vez protectora y disciplinante, que la especie observa en la manada, deriva en la autoridad ideológicamente divinizada de los jefes. Y progresivamente, en una clase dirigente.

Pero a diferencia de las especies inferiores los seres humanos mediante la praxis transformadora producen sus condiciones de existencia, crean instrumentos, instituciones y al lenguaje.

Y ese proceso evolutivo modifica TODO EL TIEMPO, a veces aceleradamente (los procesos revolucionarios), a veces imperceptiblemente, los contenidos del poder en cualesquiera de sus formas instrumentales.

En la sociedad humana el poder, en su esencia, no es más que trabajo objetivado en la forma de instrumentos, instituciones y lenguaje. Praxis.

Producción de humanidad.

Y esa praxis (la acción transformadora) crea formas útiles, instrumentales, primero a partir de los elementos que encuentra en la naturaleza, luego a partir de los insumos que creó la sociedad en la que cada individuo se integra. Esa dialéctica creativa (en la forma de trabajo abstracto y actividad vital) produce una enorme multiplicidad de acontecimientos, tantos como individuos actuantes habitan la tierra. (Ahondaremos en este asunto sustancial de la dialéctica de la humanización).

La “voluntad” orientada sustancialmente a perfeccionar las condiciones de existencia, cada individuo la suya, la de su clase y la de su entorno, produce “humanidad socializada”.

El resultado de la praxis transformadora termina siendo social y universal porque es puesta en acto por la especie humana en el mismo espacio físico.

El primero en comprender la complejidad de esta dialéctica fue Hegel, aunque en la forma del conflicto entre las “Ideas” y la violencia, (“violencia” de la naturaleza y de las prácticas sociales competitivas) y no como praxis objetivable en la materialidad de la acción transformadora, para lo cual había que esperar a Marx.

El poder, en la forma de una creación institucional, el Estado, es la fuerza operativa que organiza las existencia competitiva y administra los conflictos de intereses al interior de la sociedad que lo instituye con el propósito primario de fortalecer esa su capacidad competitiva.

En el devenir productivo de la sociedad, el Estado ha sido también un “aparato” de dominación sobre aquellos integrantes de la comunidad en cuyas espaldas, en el proceso de distribución más o menos espontánea del trabajo, recayó la función manual.

Es el origen de la sociedad dividida en clases.

Pero en el proceso de la civilización, cuanto más democrática, económica y políticamente, es una sociedad, menos violentamente se desenvuelve la disputa por dotar de contenidos a las instituciones funcionales mediante las cuales la comunidad humana se autoorganiza en el Estado para administrar al proceso de humanización.

Menos desgaste de energía social dispone para fortalecer y DINAMIZAR al complejo de fuerzas productivas diversas que confluyen en el Estado y que responden a la objetividad histórico temporalmente operativa de la competencia entre comunidades e individuos y clases.

Todas las formas de gobierno autoritarias han resultado históricamente eficientes en la organización centralizada de la toma de decisiones, pero han anulado el dinamismo de la sociedad civil.

El Derecho es un instrumento, una institución, cuya finalidad es organizar CULTURALMENTE esa capacidad competitiva. Perfeccionarla. Procura organizar culturalmente a la comunidad en cuanto tal, y a los individuos singulares con sus deseos, sus ansiedades, sus pasiones y también sus conflictivos de intereses y de clase.

Pues el carácter jerárquico de las formas de organización de la producción de las condiciones de existencia no ha podido ser democratizado enteramente en tanto pervive, desde el tiempo en que surgió, de la división del trabajo, la sociedad dividida en clases.

El Derecho reproduce las condiciones de estabilidad competitiva que la sociedad alcanzó en el pasado.

Cuando sus contenidos están en disputa todo el tiempo, al igual que ocurre con la valoración de las tradiciones, el Derecho como institución dinamiza a la sociedad; cuando un conglomerado cualquiera se apropia del Estado y fija las reglas de juego mediante procedimientos autoritarios, empobrece al desenvolvimiento dinámico de la praxis transformadora, anula la acción política competitiva y deteriora muy gravemente al fenómeno que instituye a lo humano. La praxis creativa.

Pero históricamente sin embargo, en cuanto genética e intelectivamente los individuos poseen esencialmente las mismas facultades productivas, cuanto más se desarrollan las tecnologías e insumos culturales con los cuales intervienen en la naturaleza y en la sociedad que los reúne, más naturalmente se expresa esa igualdad genética e intelectiva.

Y más tiende a fortalecerse la praxis democratizadora de las clases “subalternas”, para definirlas con terminología gramsciana.

Como las sociedades singulares habitan el mismo espacio natural, cuanto más se incrementan los intercambios de diversa naturaleza entre las comunidades en competencia, por otra parte, más se acentúa el carácter genérico de la especie humana como tal especie. Más se hace socialmente evidente.

La competencia, no obstante -todavía- no cesa. Y determina, esa competencia en el “mercado” global, los contenidos del Estado y del Derecho.

Pero en su forma más humanamente “natural”, la expresión necesaria de la igualdad genética e intelectiva de la especie, se concreta objetivamente a través de la democracia como forma y contenido de las relaciones sociales.

La democracia no en cuanto contenido de la especie genérica, pero si en cuanto forma política, se desarrolló al interior de las fronteras del Estado nación y no ha podido todavía concebirse ni articularse una ingeniería jurídica que la haga posible universalmente.

La dialéctica que hemos ya analizado aquí, humanidad socializada / sociedad civil, no ha sido superada como conflicto. Como conflicto a veces muy violento.

Y al interior de las sociedades, y por ello mismo, tampoco el conflicto entre capital y trabajo asalariado ha sido dialécticamente superado como estructura clasista de las relaciones productivas que organizan los Estados o bloques de Estados para competir entre sí.

Mientras ese conflicto emanado de la forma en que el proceso de la civilización se ha dado, no se resuelva, la democracia (todo proceso de democratización en general) únicamente puede desarrollarse al interior del Estado nación en cuanto organización político económica autónoma de las comunidades singulares, (o en cuanto suma de comunidades singulares asociadas institucionalmente de común acuerdo).

Y esa es la razón por la cual la filosofía de la praxis, al mismo tiempo que propugnaba por la asociación internacional de los trabajadores para que intervinieran políticamente en el esfuerzo por superar esos conflictos, también se ocupaba por avanzar en la democratización de las sociedades organizadas en la forma Estado – nación.

Antonio Gramsci le prestó mucha atención tanto a la significación del Derecho como a esta compleja dialéctica que procuraba articular internacionalismo (organización de la humanidad socializada) y praxis política, (acción político cultural democratizadora en la esfera nacional).

Praxis política que no puede no desenvolverse en la comunidad de afectos e intereses comunes en la que cada individuo y cada clase desenvuelve su experiencia vital.

En seguida vamos a compartir varias reflexiones de Gramsci para conocer su pensamiento según sus propios textos. Así concluiremos esencialmente la exposición del conjunto de aportes intelectuales que el autor de este escrito consideraba necesario poner sobre la mesa de trabajo para establecer el marco conceptual a partir del cual podrá elaborarse una teoría marxista de la democracia.

Con algunos aportes de Lukács y Antonio Elías referidos a la “dialéctica de la humanización” que publicaremos en un próximo capítulo habremos terminado de disponer en nuestra mesa de trabajo al conjunto de insumos conceptuales a juicio del autor de este escrito imprescindibles para comprender al “mundo que viene”, que puede venir.

Pero antes conviene exponer un nudo conceptual que resulta de enorme importancia para repensar al Estado nacional, acción que deberán acometer las elites de decenas de países para no verse arrastrados a procesos autodestructivos que conducirían a su disolución.

Cuando el autor de este escrito estudiaba la obra teórica y teórico práctica de Vladimir Ilich Lenin le llamó la atención el concepto de “homogeneidad” cultural que manifiesta preferir como basamento del Estado nacional cuyo derecho a la autodeterminación propugnaba.

La misma actitud entendida como el proceso de apropiación y desarrollo por los trabajadores de los más altos valores culturales elaborados en una comunidad de lenguaje, en su caso la italiana, expresa Antonio Gramsci en su obra.

A ese desenvolvimiento cultural y organizacional de la clase de los asalariados y los intelectuales que se pliegan a su potencial praxis emancipadora, lo concibe Gramsci como una necesidad esencial en el proceso de disputa por la hegemonía en todas las esferas del mundo de la vida, pues únicamente a partir de tales prácticas podrán los trabajadores situarse como clase dirigente y sustituir a la burguesía en ese rol.

La razón honda de esa inquietud no es difícil de comprender: la democratización de la sociedad se desenvuelve desde la sociedad civil burguesa así como la burguesía inició el proceso desde la sociedad estamental feudal.

Cuanto más calificadamente se desarrolla el capitalismo total ideal dentro del estado nación más claramente expuesto queda el conflicto entre las clases principales del capitalismo y mayor resulta la presión estructural que somete a ambas clases a la necesidad de encontrar soluciones civilizatorias.

Como el proceso político económico de superación del capitalismo se desenvuelve en extensos períodos , una vez concluido el momento revolucionario del que emergieron la URSS y la República Popular China, la dialéctica lucha de clases, convivencia democrática, proyecto nacional, ha constituido un componente históricamente necesario para propiciar la evolución cultural del espacio afectivo en el que se actúa social y políticamente.

Es por esta misma razón, como indicamos en un capítulo anterior, que la cuestión institucional tenía para Gramsci mayor significación teórica vivencial que la que tuvo para Lenin y Lukács, que desarrollaron su producción teórica esencial en medio de una situación revolucionaria, donde las prioridades, naturalmente, eran encontrar el modo de iniciar la superación de la sociedad dividida en clases mediante prácticas revolucionarias.

Aunque también, pero en un segundo plano, mediante prácticas político culturales.

En el capítulo 20 de este escrito se señala que Lenin “otorgó al fenómeno del imperialismo una significación tal, que en el período anterior a la revolución rusa le llevó a subestimar “la cuestión democrática” en su forma político jurídica.

Pues el enunciado referido al establecimiento de la democracia directa se centra en la forma política, pero presta poca atención a la forma jurídica en que esa experiencia se organiza.

Y lo mismo le sucedió a Lukács en toda su obra, pues vivió mayormente en la Rusia Soviética y en Hungría.

Como, por otra parte, Marx y Engels habitaron en un tiempo histórico en el que la religión y el Derecho cumplían una función ideológica conservadora pues las clases dirigentes burguesas y terratenientes disponían del control monopólico o casi monopólico del Estado, -la burocracia- y del parlamento, dada su significación en la producción de riqueza en la “sociedad civil”, buena parte de sus obras políticas polémicas contienen una entonces muy necesaria crítica ideológica tanto a la religión como al Derecho.

Posteriormente, en tanto las revoluciones triunfantes lo fueron en naciones no desarrolladas, sus dirigentes debieron centralizar el poder para organizar la competencia militar y productiva con el occidente imperialista sin condiciones generales propicias para prestar la atención necesaria a la cuestión político jurídica.
A tal punto que cuando Pashukanis intentó hacerlo fue “negado”, no dialécticamente, sino físicamente.

Los efectos de ese proceso revolucionario con sus manifestaciones concretas en Rusia y luego en China propiciaron en occidente, por el contrario, en cuanto paralelamente a él se produjo durante un extenso período histórico un cierto equilibrio de fuerzas entre la burguesía y los trabajadores organizados, la resignificación de la importancia vital -propiamente- del Derecho, para la organización del poder estatal en condiciones de estabilidad.

Y eso explica a Kelsen.

Pues el Derecho no es más que una técnica político jurídica para administrar políticamente al mismo tiempo, por un lado al proceso de la civilización en general y en las sociedades productoras de mercaderías en su forma de valor de cambio, capital y trabajo asalariado, es decir, en TODAS las sociedades, a la lucha de clases.
Gramsci define al Derecho esencialmente así:

“La concepción del derecho deberá ser liberada de todo residuo de trascendencia y de absoluto; prácticamente, de todo fanatismo moralista.

Sin embargo, me parece que no se puede partir del punto de vista de que el Estado no “castiga” (si este término es reducido a su significado humano) y de que lucha sólo contra la “peligrosidad” social. En realidad, el Estado debe ser concebido como “educador” en cuanto tiende justamente a crear un nuevo tipo o nivel de civilización. Por el hecho de que se opera esencialmente sobre las fuerzas económicas, que se reorganiza y se desarrolla el aparato de producción económica, que se innova la estructura, no debe extraerse la conclusión de que los hechos de superestructura deben abandonarse a sí mismos, a su desarrollo espontáneo, a una germinación casual y esporádica.

El Estado, también en este campo, es un instrumento de “racionalización”, de aceleración (del proceso productivo competitivo) y taylorización, obra según un plan, urge, incita, solicita y “castiga”, ya que una vez creadas las condiciones en las cuales es “posible” un determinado modo de vida, la “acción” o la omisión criminal deben tener una sanción punitiva, de importancia moral y no sólo un juicio de peligrosidad genérica. El derecho es el aspecto represivo y negativo de toda la actividad positiva de formación civil desplegada por el Estado. En la concepción del derecho deberían ser incorporadas también las actividades “destinadas a recompensar” a los individuos, grupos, etc.; se premia la actividad loable y meritoria así como se castiga la actividad criminal (y se castiga de una manera original, haciendo intervenir a la “opinión pública” como sancionadora)”.

Y en otro apunte añade:

¿Derecho romano o derecho bizantino?

“El “derecho” romano consistía esencialmente en un método de creación del derecho, en la resolución continua de la casuística jurisprudencial. Los bizantinos (Justiniano) recogieron el cúmulo de los casos de derecho resueltos por la actividad jurídica concreta de los romanos, no como documentación histórica sino como código consolidado y permanente. Este pasaje de un “método” a un “código” permanente puede también ser considerado como el fin de una época, el pasaje de una historia en continuo y rápido desarrollo a una etapa histórica relativamente estancada. El renacimiento del “derecho romano”, es decir, de la codificación bizantina del método romano para resolver las cuestiones del Derecho, coincide con el surgimiento de un grupo social que quiere una “legislación” permanente; superior a los arbitrios de los magistrados (movimiento que culmina en el “constitucionalismo”) porque solamente en un cuadro permanente de “concordia discorde”, de lucha dentro de un marco legal que fije los límites del arbitrio individual, puede desarrollar las fuerzas implícitas en su función histórica”.

Y respecto de la disputa por los contenidos del Derecho:

“El derecho en el proceso mediante el cual una clase se convierte en dominante: tras el análisis de “las diversas posiciones que ocuparon las clases subalternas antes de convertirse en dominantes”. Ciertas clases subalternas, a diferencia de otras, deben tener un largo período de intervención jurídica rigurosa y luego atenuada. Existe diversidad también en los modos: en ciertas clases el fenómeno de expansión no cesa jamás, hasta la absorción completa de la sociedad; en otras, al primer período de expansión sucede un periodo de represión. Este carácter educativo, creador, formativo del Derecho, no fue suficientemente puesto de relieve por ciertas corrientes intelectuales: se trata de un residuo de espontaneísmo, de racionalismo abstracto que se basa en un concepto optimista “in abstractum” y fácil de la “naturaleza humana”. A estas corrientes se les plantea otro problema: el de saber cuál debe ser el órgano legislativo “en sentido amplio”, es decir, la necesidad de llevar las discusiones legislativas a todos los organismos de masa. Una transformación orgánica del concepto de referéndum, manteniendo, sin embargo, el gobierno, la función de última instancia legislativa”.

La perspicacia intelectual del pensador italiano era tan espiritualmente elevada que fue de los pocos marxistas en comprender, además de la significación ontológica del Derecho, la enorme complejidad del proceso evolutivo según como Carlos Marx lo dejó conceptualizado en sus tendencias generales.

El proceso de la civilización se desenvuelve siempre e inexorablemente en dos planos: como dialéctica de la humanización (el devenir humano del animal que somos) y como dialéctica económico estructural de superación de la lógica de los privilegios que instaló la situación competitiva en que hasta hace muy pocas décadas habitó objetivamente la especie humana sobre la tierra.

Y fue precisamente por ello, por la hondura con la cual interpretó a Marx, que en medio de una situación de crisis civilizatoria tuvo de todas maneras la lucidez de comprender la significación ontológica del Derecho.

Para exponer el problema utilizó la metáfora “del hombre y la bestia”, a la que había recurrido Maquiavelo.

Manuel Sacristán en el libro en que compila los escritos más intelectualmente elaborados de Gramsci lo hace notar así:

““Ferocia”, ánimo fuerte e impetuoso, evoca la violencia de las bestias salvajes. Recuérdese el capítulo XVIII de El Príncipe (de Maquiavelo): “Debéis en consecuencia saber que hay dos maneras de combatir: una con las leyes y la otra con la fuerza; la primera es propia del hombre y la segunda de las bestias… Por lo tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar bien a la bestia y al hombre” (ob. Cit., p. 59). El símbolo de la necesidad de la unión de estas dos naturalezas es el Centauro, mitad hombre y mitad caballo”.

El sardo lo había expuesto así:

“Es preciso desarrollar, dice, la temática de la “doble perspectiva” en la acción política y en la vida estatal. “Diferentes grados en que puede presentarse la doble perspectiva, desde los más elementales a los más complejos, pero que pueden reducirse teóricamente a dos grados fundamentales, correspondientes a la doble naturaleza del Centauro maquiavélico, de la bestia y del hombre, de la fuerza y del consenso, de la autoridad y de la hegemonía, de la violencia y de la civilización, del momento individual y del universal (de la “Iglesia” y del “Estado”), de la agitación y de la propaganda, de la táctica y de la estrategia, etc.

Algunos redujeron la teoría de la “doble perspectiva” a algo mezquino y banal, o sea a nada más que dos formas de “inmediatez” que se suceden mecánicamente en el tiempo con mayor o menor “proximidad”. Puede ocurrir por el contrario que cuanto más “inmediata” y elemental es la primera “perspectiva”, tanto más “lejana” (no en el tiempo, sino como relación dialéctica), compleja y elevada debe ser la segunda; o sea, puede ocurrir como en la vida humana, que cuanto más obligado está un individuo a defender su propia existencia física inmediata, tanto más sostiene los complejos y elevados valores de la civilización y de la humanidad””.

Y en relación a la problemática del ser y el deber ser que tan extensamente hemos estudiado aquí cuando comparamos las teorías del Derecho de Kelsen y Pashukanis escribe Gramsci:

“Generalmente, se piensa que todo acto de previsión presupone la determinación de leyes de regularidad del tipo de las leyes de las ciencias naturales. Pero como estas leyes no existen en el sentido absoluto o mecánico que se supone, no se tiene en cuenta la voluntad de los demás y no se “prevé” su aplicación. Se construye por lo tanto sobre una hipótesis arbitraria y no sobre la realidad.

El realismo político “excesivo” (y por consiguiente superficial y mecánico) conduce frecuentemente a afirmar que el hombre de Estado debe operar sólo en el ámbito de la “realidad efectiva”; no interesarse por el “deber ser” sino únicamente por el “ser”. Lo cual significa que el hombre de Estado no debe tener perspectivas que estén más allá de su propia nariz”.

Y añade comentando un texto en que se compara al diplomático como funcionario que se ocupa de la realidad geopolítica tal y como esta se presenta históricamente y el político: “El diplomático no puede dejar de moverse únicamente en la realidad efectiva, porque su actividad específica no es crear nuevos equilibrios, sino conservar dentro de ciertos cuadros jurídicos un equilibrio existente. Así también el científico debe moverse sólo en la realidad efectiva en cuanto mero científico. Pero Maquiavelo no es un mero científico; es un hombre de partido, de pasiones poderosas, un político de acción que quiere crear nuevas relaciones de fuerzas y no puede por ello dejar de ocuparse del “deber ser”, no entendido por cierto en sentido moralista. La cuestión no debe por consiguiente ser planteada en estos términos. Es mucho más compleja.

Se trata de analizar si el “deber ser” es un acto necesario o arbitrario, es voluntad concreta o veleidad, deseo, sueño en las nubes. El político de acción es un creador, un suscitador, más no crea de la nada ni se mueve en el turbio vacío de sus deseos y sueños. Se basa en la realidad efectiva, pero, ¿qué es esta realidad efectiva? ¿Es quizás algo estático e inmóvil y no sobre todo una relación de fuerzas en continuo movimiento y cambio de equilibrio? Aplicar la voluntad a la creación de un nuevo equilibrio de las fuerzas realmente existentes y operantes, fundándose sobre aquella que se considera progresista, y reforzándola para hacerla triunfar, es moverse siempre en el terreno de la realidad efectiva, pero para dominarla y superarla (o contribuir a ello). El “deber ser” es por consiguiente lo concreto o mejor, es la única interpretación realista e historicista de la realidad, la única historia y filosofía de la acción, la única política.

La oposición Savonarola-Maquiavelo no es la oposición entre ser y deber ser (todo el parágrafo de Russo sobre este punto es pura literatura), sino entre dos deber ser, el abstracto y difuso de Savonarola y el realista de Maquiavelo, realista aunque no haya devenido realidad inmediata, ya que no se puede esperar que un individuo o un libro cambien la realidad sino sólo que la interpreten e indiquen una línea posible de acción. El límite y la angustia de Maquiavelo consiste en haber sido una “persona privada”, un escritor y no el Jefe de un Estado o de un ejército, que siendo una sola persona tiene sin embargo a su disposición las fuerzas de un Estado o de un ejército y no únicamente ejércitos de palabras. No por ello se puede decir que Maquiavelo fue también un “profeta desarmado”, sería hacer del espíritu algo barato. Maquiavelo jamás afirmó que fueran sus ideas o sus propósitos los de cambiar él mismo la realidad, sino única y concretamente los de mostrar cómo deberían haber actuado las fuerzas históricas para ser eficientes”.

Y respecto a Kant apunta:

“En Marx se encuentran a menudo alusiones al sentido común y a la solidez de sus creencias. Pero se trata de referencias que no se dirigen a la validez del contenido de tales creencias, sino a su solidez formal y, por lo tanto, a su imperatividad cuando producen normas de conducta. En las referencias se halla, más bien, implícita, la afirmación de la necesidad de nuevas creencias populares, de un nuevo sentido común y, por lo tanto, de una nueva cultura y de una nueva filosofía que se arraiguen en la conciencia popular con la misma solidez e imperatividad de las creencias tradicionales”.”

…”el concepto kantiano de la teleología, puede ser sostenido y justificado por la filosofía de la praxis”.

(Gramsci se refiere aquí a la consideración de Kant según la cual históricamente, la sociedad, en el proceso intelectivo de comprensión de los fenómenos, en el acto del juicio, tiende a producir lo que luego Marx denominaría humanidad socializada).

Y añade en otro texto:

El “noúmeno”* kantiano.
“Noúmeno”: Según Kant, aquello que es objeto del conocimiento racional puro; en oposición al fenómeno, objeto del conocimiento sensible.
“El problema de la “objetividad externa de la realidad”, en cuanto se halla vinculada con el concepto de la “cosa en sí” y del “noúmeno” kantiano.

Parece difícil excluir que la “cosa en sí” sea una derivación de la “objetividad externa de lo real” y del llamado realismo greco-cristiano (Aristóteles-Santo Tomás); y ello se ve también en el hecho de que toda una tendencia del materialismo vulgar y del positivismo ha dado lugar a la escuela neokantiana y neocrítica.

Si la realidad es como la conocemos, y si nuestro conocimiento cambia continuamente; si, por lo tanto, ninguna filosofía es definitiva sino históricamente determinada, resulta difícil imaginar que la realidad cambie objetivamente con nuestro cambiar, y es difícil admitirlo, no sólo para el sentido común, sino también para el pensamiento científico. En La sagrada familia se dice que la realidad se agota totalmente en los fenómenos y que más allá de los fenómenos nada hay; y así es realmente. Pero la demostración no es fácil de realizar. ¿Qué son los fenómenos?. ¿Son algo objetivo, que existe en sí y por sí, o son cualidades que el hombre ha distinguido en relación con sus intereses prácticos (la construcción de su vida económica) y sus intereses científicos; es decir, de la necesidad de hallar un orden en el mundo, y de describir y clasificar las cosas (necesidad ligada también a intereses prácticos mediatos y futuros)?. Hecha la afirmación de que lo que nosotros conocemos en las cosas no es sino nosotros mismos, nuestras necesidades y nuestros intereses, es decir, que nuestros conocimientos son superestructuras (o filosofías no definitivas), resulta difícil evitar que se piense en algo real más allá de dichos conocimientos; no en el sentido metafísico de “noúmeno”, de “dios ignoto”, o de un “incognoscible”, sino en el sentido concreto de “relativa ignorancia” de la realidad, de algo aún “desconocido” pero que podrá ser conocido algún día, cuando los instrumentos “físicos” e intelectuales de los hombres sean más perfectos, es decir, cuando hayan cambiado, en sentido progresista, las condiciones sociales y técnicas de la humanidad. Se hace, por lo tanto, una previsión histórica que consiste simplemente en el acto de pensamiento que proyecta hacia el porvenir un proceso de desarrollo como el que se ha verificado desde el pasado hasta hoy. De todos modos, es necesario estudiar a Kant y rever sus conceptos exactamente”.

Y anticipándose a muchos de los problemas de la democracia en occidente luego de la segunda guerra mundial apunta Gramsci:

Hegemonía (sociedad civil) y división de poderes.

“La división de los poderes y toda la discusión surgida alrededor de su realización, así como la dogmática jurídica nacida de su advenimiento, son el resultado de la lucha entre la sociedad civil y la sociedad política de un determinado período histórico, con un cierto equilibrio inestable de clases, determinado por el hecho de que ciertas categorías de intelectuales (al servicio directo del Estado, en especial burocracia civil y militar) están aún demasiado ligadas a las viejas clases dominantes.

Es decir, se verifica en el interior de la sociedad lo que Croce llama el “perpetuo conflicto entre Iglesia y Estado”, donde la Iglesia es considerada como representante de la sociedad civil en su conjunto (mientras que no es más que un elemento cada vez menos importante) y el Estado como representando toda tentativa de cristalizar en forma permanente una determinada etapa de desarrollo, una determinada situación. En este sentido, la misma Iglesia puede transformarse en Estado y el conflicto puede manifestarse entre la sociedad civil laica y laicizante y el Estado-Iglesia (cuando la Iglesia se ha convertido en parte integrante del Estado, de la sociedad política monopolizada por un determinado grupo privilegiado que se anexa la Iglesia para defender mejor su monopolio con el sostén de aquel sector de “sociedad civil” representada por esta última)”.

 

 


 

(Visited 18 times, 6 visits today)

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/







Recomendaciones destacadas