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¿Por qué fracaso el socialismo estalinista? (III)

Capítulo 37 de Los naipes están echados, el mundo que viene.

Al fallecer Vladimir Ilich Lenin la composición ideológica de lo que luego sería el Partido Comunista de la Unión Soviética (y lo mismo ocurría ya en la Internacional Comunista), albergaba dos cosmovisiones que se fueron prefigurando en debates político tácticos cada vez más radicales: la democrático revolucionaria y la militar voluntarista.

Político – tácticos porque en el universo de la izquierda global de entonces los debates esencialmente giraban, como hemos visto en varios de los capítulos anteriores, en torno al modo en que el proletariado tenía que lograr acceder al poder y en torno al modo en que una vez alcanzado, tenía que ejercerlo para iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases.

En la muy inestable Europa de entonces el proletariado y los campesinos desplazados en nuevas oleadas hacia las ciudades raramente encontraban satisfechas sus necesidades sociales, como ocurría en cambio en Estados Unidos, de suerte que la experiencia de la libertad política vivida como cultura democrática alcanzaba únicamente a un porcentaje muy reducido de la población.

La aspiración de una revolución que cambiase radicalmente el estado de situación prevalecía en el ánimo del proletariado europeo.

La cuestión social parecía no poder ser resuelta por la política, la inestabilidad parecía no poder ser administrada políticamente y aunque las elites burguesas de cada país procuraban incrementar los recursos empujando el proceso de expansión imperialista (la búsqueda a mano armada de nuevas riquezas y mercados), esa misma competencia agudizaba la sensación general de inseguridad en los sectores sociales más desprotegidos.

La reflexión teórica sobre la civilización y en torno a cómo desarrollar institucionalmente el proyecto de la modernidad – volver inviable toda forma de autoritarismo- buscaba encontrar soluciones institucionales pero la dinámica de guerra – que establece siempre y en todas partes la lógica amigo – enemigo por sobre las lógicas de la convivencia democrática- prevalecía sobre la racionalidad política.

Y así ocurrió hasta el fin de la segunda guerra mundial.

Durante demasiadas décadas, el conflicto radicalizado prevaleció sobre la racionalidad política organizada institucionalmente.

En términos generales puede decirse que en Europa esto ocurrió con diferentes niveles de radicalidad desde la Comuna de París hasta la década del 50 del siglo XX y desde la década del 60 hasta los 90 en América Latina y Asia.

La Historia parecía darle la razón a Hegel: el Estado nación más sofisticadamente organizado institucional, económica y culturalmente, se impondría sobre todos los demás.

Estados Unidos emergió como la potencia hegemónica de ese conflictivo período histórico.

No es en absoluto casual que fuera en ese momento histórico en el que emergen en occidente las tres vertientes de pensamiento más influyentes durante todo el siglo XX en relación a cómo resolver los problemas de la civilización y que sin embargo ninguno de ellos resultara plenamente eficiente para administrar políticamente el conflicto entre capital y trabajo asalariado.

Las tres vertientes de pensamiento más influyentes, como ya hemos visto, fueron
1.- la que centraba la solución de los conflictos en la organización político institucional del Estado (Weber / a partir de una lectura crítica de Hegel y Marx),
2.- la que apostaba a la revolución proletaria (Lenin a partir de una lectura histórico política del Marx del Manifiesto Comunista y del concepto hegeliano marxista de Dialéctica)
3.- y la que ponía el énfasis en el Derecho, en lo que luego sería denominado como el Estado de Derecho (Kelsen a partir de una lectura crítica de Kant, Hegel, Marx, Lenin y Weber).

Pero volvamos al análisis (que nos ocupa en estos capítulos) de las razones que pueden explicar la deriva de la revolución bolchevique hacia el burocratismo militarista y por ello autoritario que provocó la implosión de la experiencia histórica conocida como socialismo “real”.

Recordemos los dos conceptos centrales de la síntesis crítica con la que Adolfo Sánchez Vázquez procuró explicar esa deriva autoritaria.

El estalinismo resultó en un sistema “que tenía como pilares la propiedad estatal absoluta, el Estado fundido con el Partido único, el poder económico y político en manos de una nueva clase, la burocracia, la negación de toda forma de democracia”.

Y añadió: “Es lo que vaticinó (que ocurriría) y se cumplió, Rosa Luxemburgo, al disolver los “bolcheviques” la Asamblea Constituyente y entregar “todo el poder a los soviets”, lo que al final se tradujo en la desaparición misma de los soviets como forma de democracia”.

Como hemos visto en los últimos capítulos sin embargo, ni la propiedad estatal absoluta, ni el Estado fundido con el Partido único, ni el poder económico y político concentrado en manos de una nueva clase, la burocracia, ni la negación de toda forma de democracia” formaban parte de la concepción de Vladimir Ilich Lenin sobre el proceso de transición entre el capitalismo y la fase inferior del comunismo. Antes bien todo lo contrario.

Más aún, pese a que había debatido duramente con Rosa Luxemburgo en relación al rol del partido de “vanguardia” en lugar de alguna forma de democratismo radical que la revolucionaria polaca prefería tanto para conducir el proceso de ACCESO del proletariado al poder del Estado como para ejercer luego el gobierno, (cuando analizaron desde diferentes perspectivas la decisión bolchevique de disolver la Asamblea Constituyente y sustituirla por una forma de democracia directa, los Soviets), como líder de la revolución rusa, Vladimir Ilich Lenin tomó todo el tiempo en consideración la inquietud de Rosa y de Engels por encontrar el modo en que la revolución proletaria no resultara una experiencia político gubernativa conducida por minorías, sino por la abrumadora mayoría de la sociedad.

De suerte que en términos generales puede decirse que el problema principal de la caída en el autoritarismo de la revolución bolchevique no parece prudente buscarla SUSTANCIALMENTE en los argumentos esgrimidos por Adolfo Sánchez Vázquez, aun cuando todos los fenómenos señalados por él tuvieron lugar, ocurrieron en la realidad histórica del denominado “socialismo real”.

Desde la perspectiva del siglo XXI la experiencia del pluralismo (sin lo cual la política no puede prevalecer sobre el militar voluntarismo, porque la anulación del pluralismo anula a su vez los mecanismos de CONTROL DEL PODER) expresada en diversidad de partidos como en las democracias parlamentarias de occidente, parece ser el único modo históricamente viable de neutralizar todo autoritarismo y todo burocratismo.

Sin embargo, el pluralismo no tendría en principio por qué no haberse podido realizar mediante procedimientos de democracia directa como el que posibilitaba el sistema de los soviets o ¿es que la creciente complejidad de los intereses contrapuestos de diferentes sectores sociales tornaba ya insustituible a la democracia parlamentaria?

¿O es que el pluralismo en una democracia directa –siempre difícil de implementar en sociedades demográficamente muy numerosas- únicamente puede experimentarse por una comunidad muy culta y mediante procedimientos sofisticadamente diseñados en el Derecho público, de suerte que se garanticen en toda su dimensión imaginable los derechos políticos?

Recordemos ahora cómo concluía el capítulo anterior: ¿La deriva burocrático totalitaria de la revolución bolchevique, ocurrió nada más que porque al decidir Lenin disolver la Asamblea Constituyente anuló de hecho el pluripartidismo aspirando a sustituirlo por una forma de democracia directa que no funcionó?
¿La ausencia de una teoría del Derecho, es decir, de la política (como pluralismo) y de la ley como garantía de las libertades políticas (derecho público) y como regulación de las relaciones sociales capitalistas, (derecho privado), fue la causa principal por la que el militar voluntarismo prevaleció sobre el democratismo radical que procuró ensayar Lenin sin pluripartidismo?

En breve vamos a ensayar una respuesta a esta inquietud político culturalmente muy relevante.

Pero antes, aunque muy sucintamente, tenemos que hurgar en la búsqueda de las razones por la cuales Stalin logró concentrar en sí mismo todo el poder político militar luego de la prematura muerte de Vladimir Ilich Lenin.

Concentrar el poder le demandó a Stalin desde 1924 a 1937 –con el nazismo y el fascismo ya consolidados- cuando aniquiló a todos los leninistas que todavía le enfrentaban, al mismo tiempo que creaba la figura “marxismo – leninismo” en lugar de filosofía de la praxis, que prefería Marx.

Pero veamos un poco más detenidamente el estado de situación en que logró hacerlo. Los dirigentes revolucionarios soviéticos se habían propuesto crear una ingeniería institucional casi que de la nada (con el único antecedente de la Comuna de París) de modo que todas las decisiones institucionalmente significativas provocaron severas discusiones todo el tiempo.
Ese estado de debate muchas veces enconado tornaba al problema de la unidad del partido dirigente como un asunto de Estado, pues ya demasiado ambiciosa era la aspiración transformadora como para poder realizarla sin una estructura política unida.

El único que no discutía demasiado, que no se adscribía a las corrientes internas más influyentes sino que mediaba entre sus componentes, el único que tenía un don de mando “natural” aunque carecía de la sofisticación intelectual que sin embargo adornaba a los preferidos por Lenin para sucederle, era Josef Stalin.

El más “político” en el sentido de la “política” práctica, de todos los dirigentes comunistas que ocuparon un rol relevante en la Revolución, el intelectualmente menos preparado.
El de más carácter y de los pocos junto a Trotski y algunos dirigentes obreros al que interesaba técnicamente la cuestión militar.

Una revolución asediada, muy en particular una a la que observa con interés el proletariado europeo y americano, naturalmente, produce la emergencia de un liderazgo político – militar.

Lo hace porque la intuición esperanzada de proletarios, desposeídos e intelectuales, en cuanto a que ha llegado el momento de ser protagonistas intelectual y prácticamente, en la construcción estructural de sus condiciones de vida, “protagonistas de la Historia”, les anticipa que deberán enfrentar acciones desestabilizadoras de toda naturaleza para que no sirvan de ejemplo a otros pueblos.

Ante el esfuerzo “disciplinante” de la autoridad del capital, (de la burguesía entonces aliada a los terratenientes, digamos, para situarnos espiritualmente en la época, que pretendía establecer como dato dado que los únicos preparados para dirigir a la sociedad eran ellos como clase) los proletarios buscan a un caudillo con carácter que les asegurara una reacción inflexible ante quienes procuraran derrotarlos, quitarlos con mayor o menor sofisticación de la escena.

Vladimir Ilich Lenin consideraba que lo que tenían que hacer los proletarios era estudiar, “todo, desde el principio” (según explicó en una de sus últimas apariciones públicas) prepararse CULTURALMENTE en un sentido muy amplio (político, jurídico y empresarial) y desarrollar la industria pesada para estar en condiciones de producir armamentos tecnológicamente avanzados con el objeto de evitar cualquier intento de agresión militar por parte de las potencias imperialistas de principios de Siglo XX.

Ocurrió como sabemos, que Lenin era una inteligencia superior y un espíritu sofisticado, de suerte que entre los posibles sucesores ninguno estaba en condiciones de ejercer un liderazgo basado esencialmente en la fuerza conceptual de sus ideas… (Salvo quizá Bujarin, como veremos más adelante).

Con perspicacia y cinismo, durante casi dos décadas, Stalin construyó un liderazgo autoritario acorde a lo que creían necesitar los proletarios rusos, educados en el zarismo y fogueados en un proceso revolucionario radical y muy violento que se había extendido desde 1905 hasta octubre de 1920 y que tenía en el horizonte todo el tiempo la perspectiva de una guerra, que finalmente tuvo lugar cuando la invasión nazi.

Pero la práctica transformadora que demanda la construcción de una sociedad dirigida por la política (y no por las meras lógicas del poder económico o militar) había demostrado ya – en primer lugar a Lenin- que si bien para realizar la revolución resultaba necesario un partido disciplinado y profesional, para gobernar una aventura civilizatoria de tal entidad como la que se propone iniciar el proceso de superación de la sociedad dividida en clases se necesita involucrar democráticamente a la abrumadora mayoría de la comunidad, tal como habían anticipado Engels y Rosa Luxemburgo y aunque menos conocido históricamente, como había observado y puesto en práctica en un esfuerzo no tan ambicioso pero no menos audaz, (proceso al que ya estudiaremos) Don José Batlle y Ordoñez, en la pequeña República Oriental del Uruguay.

Pues lo que a nuestro objeto resulta relevante señalar es que el liderazgo autoritario y militar voluntarista de Stalin, contrariamente a lo que todavía consideran algunos venerables ancianos comunistas, no fue el que permitió a la Unión Soviética resistir la agresión imperialista y nazi.

Muy por el contrario, al anular la política, el estalinismo creó una cultura burocrático – militar antidemocrática que no podía sino estallar en pedazos, por ineficiente en la solución de los problemas estructurales del mundo de la vida material y espiritual – en primer lugar por su falta de dinamismo económico y cultural- en las condiciones del sistema de producción histórico hegemónico a principios del Siglo XX, el capitalismo de Estado.

Lo que posibilitó el heroísmo del Ejército Rojo y de casi toda la población rusa fue el espíritu original de la revolución y una buena dosis de nacionalismo, del todo razonable ante la agresión de un Ejército extranjero.

Dicho lo anterior, sin embargo, corresponde preguntarse: ¿Por qué pudo Stalin crear una burocracia militar pero también políticamente obediente y durante demasiado tiempo acrítica o cómplice de sus prácticas tan alejadas del espíritu original del marxismo y de la sofisticada creatividad política de Lenin?

Puesto que su carácter y habilidad para desempeñar un rol que una parte importante de la sociedad consideraba necesario que alguien cumpliese no parece suficiente para explicarlo. No es suficiente para explicarlo.

Poco antes de morir escribió Lenin: “…antes poníamos y debíamos poner el centro de gravedad en la lucha política, en la revolución, en la conquista del poder, etc. Ahora el centro de gravedad se desplaza hacia la labor pacífica de organización cultural. Estoy dispuesto a afirmar que el centro de gravedad se trasladaría en nuestro país hacia la obra de la cultura, de no ser por las relaciones internacionales, de no ser porque hemos de pugnar por nuestras posiciones a escala internacional. Pero si dejamos eso a un lado y nos limitamos a nuestras relaciones económicas interiores, el centro de gravedad del trabajo se reduce hoy en realidad a la obra cultural”.

Y añadió: “Se nos plantean dos tareas principales, que hacen época. Una es la de rehacer nuestra administración pública, que ahora no sirve para nada en absoluto y que tomamos íntegramente de la época anterior; no hemos conseguido rehacerla seriamente en cinco años de lucha, y no podíamos conseguirlo. La otra estriba en nuestra labor cultural entre los campesinos. Y el objetivo económico de esta labor cultural entre los campesinos es precisamente organizarlos en cooperativas” mediante procedimientos técnico financieros: facilitarles créditos ventajosos esencialmente.

“Si pudiéramos organizar, añade, en cooperativas a toda la población, pisaríamos ya con ambos pies terreno socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, implica tal grado de cultura de los campesinos (precisamente de los campesinos, pues son una masa inmensa) (en la Rusia de entonces) que es imposible sin hacer toda una revolución cultural”.

Y concluye en un texto sobre el cooperativismo del 6 de enero de 1923: “Hoy nos basta con esta revolución cultural para llegar a convertirnos en un país completamente socialista, pero esa revolución cultural presenta increíbles dificultades para nosotros, tanto en el aspecto puramente cultural (pues somos analfabetos) como en el aspecto material (pues para ser cultos es necesario cierto desarrollo de los medios materiales de producción, se precisa cierta base material)”.

Cuando Lenin en su testamento político remitido a la dirección del partido bolchevique solicita a sus compañeros que desplacen a Stalin del vértice del poder lo hace subrayando precisamente su autoritarismo, su carencia de sutileza política y cultural…

Imagen: Wikipedia

 


 

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Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/

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