Julieta Lopérgolo

Para abrir la noche – Julieta Lopérgolo

Si Patti Smith nos ha enseñado que la noche pertenece a los amantes, los orientales llevamos en la médula la sentencia de don Alfredo, la noche es amarga y lenta, sobre todo cuando la zamba la recuerda tanto. Leer a la rosarina Julieta Lopérgolo es una de las formas de captar que la música vive en las palabras, aun cuando porfiemos en no detenernos a escucharla.

Si en Para que exista esta isla (Postales Japonesas, 2018) nos habíamos introducido en los gestos mínimos que hacen del duelo un tránsito increíblemente sereno, Más lento que la noche (Postales Japonesas, 2019) parece meterse dentro de la creación misma. Golpea en el estómago de la bestia y va desentrañando una escritura que no puede ser diurna, aunque necesite del día para poder hacer a la noche tan lenta como mágica.

Con la delicadeza quirúrgica, la poeta selecciona sus palabras como gemas que irán perlando un collar centelleante y bello. La noche se hace entonces un viaje de extremos, de la inundación al fuego, de los perros asustados a las flores muertas en un charco. Las imágenes caen como gotas de un aguacero que abre la tierra, ennegrece la tierra y alimenta semillas. La poesía florece así en un viaje, que más que lento resulta ser un viaje atento, detenido en detalles imperceptibles, y haciendo con ellos figura.

Quizá el secreto de la lentitud de la noche sea que inicia en plena mañana, cuando la vista se pierde en lo que pudiera ser una primavera perfecta, “pero era otoño/templando el amarillo/secando el tiempo”. Nada en la noche es lo que parece, cuando todos los gatos son pardos, siempre hay lugar para que habite un “pero”.

El paisaje que propone Lopérgolo es un conjunto de postales mínimas, acuarelas habitadas de tinta de trazo fino. En la melodía de las palabras “lo que oímos/ es el viento cazando”. Los poemas no tienen títulos ni números identificatorios, lo cual no les impide dialogar entre ellos de mil formas, tantas como veces abrimos el libro y dejamos que nos envuelva y nos sumerja en un mundo sonoro donde en todo caso como la poeta podremos pescar, con suerte, no lo que sube, sino lo que cae.

La escritura invita a la escritura, fuerza sutilmente a la escucha de una voz breve, intensa, como cada minuto del insomnio. Las imágenes se hacen gotas de una tortura china, dulce y escandalosa que en su caída horada hojas, lápices, escrituras y tiempo.

Entonces, como la poeta “Directamente buscamos animales/enormes, peligrosos/Los hacemos pelear, darse el último golpe/antes de abandonar su forma”. El agua es omnipresente en el viaje, vapor, nube, río, mar, charco… formas que adopta para hacer viable un camino de emociones mientras la noche apenas asoma al crepúsculo, lejos aún de la oscuridad estrellada que aguarda.

Cada pocos pasos, la lectura encuentra advertencias, formuladas como sencilla descripción de la escoria del camino. Allí donde el caminante no advertido puede perderse buscando luces en el horizonte, se nos dice casi al descuido que “Nadie pisa la cabeza de las flores. Hay cierta admiración por lo estancado, cierta piedad en la belleza”. Insomne, lenta, dedicada a quien amamos (en presente eterno o en doloroso pasado, poco importa) la noche cobra cuerpo, late, gime. Por momentos, cuando “La desesperación se parece a un campo/ arrasado de gritos”, el sobreviviente de la noche soporta la vigilia preguntándose, “¿Quién no acuchillaría/esas voces ahogadas?”

Brota de la oscuridad lo que pudiera ser la esencia misma de un insomnio impío “Ahora tiembla/un recuerdo/a punto de olvidar/de donde vino”. Ese que no deja nombrarse, apenas señalarse, allí siempre en peligro de perderse, siempre amenazando con volver porfiado a una cita que no pedimos.

La voz de la poeta se tensa, sin perder la delicadeza, ese rasgo que la habita como una marca indeleble, se carga de amores y odios, se ve necesitada de ser poblada de paciencia. Sabe que “La urgencia se remonta/ en sentido contrario”. La noche, lenta y pesada no se remonta en silencio, sino lápiz en mano, forzando el primer papel disponible, para poblarlo de palabra. La habitante de la noche tiene claro, en medio de la negrura, que allí “Donde pace el silencio/ se acrecienta mi sombra” y que la noche para ser tal necesita bordes, luces que se apagan y luces que se encienden.

Sin atardeceres y amaneceres, no hay ni noche, ni lentitud, ni amantes, ni amarguras, ni recuerdos, sino apenas una eternidad contra la que no hay conjura posible. Y la poeta, como la música, como la cocinera, como la artesana es alguien que atraviesa sus propios silencios sosteniéndose en las palabras.

Esas mismas palabras capaces de generar preguntas, y de abrir la escucha de quien esté dispuesto a transitar sin apuros una comarca donde incendios e inundaciones, pájaros y flores, peces y nubes se suceden, lentos, como la noche, pero siempre en movimiento. Tal vez por eso, como los ríos, como los amigos, como el buen vino, invita a volver a un sitio que nunca es el mismo.

 

 

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Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)

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