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“La música no es para entenderla, es para sentirla”. Entrevista a Nicolás Ibarburu.

En el Teatro Solís, el 9 de febrero, a las 20:00 horas, en el marco de “MVD de las Artes, del Programa Fortalecimiento de las Artes del Departamento de Cultura”, en coordinación con la Asociación Uruguaya de Músicos (AUDEM) y el Sindicato de Músicos y Afines (Agremyarte), se presentará el show: Nicolás Ibarburu & Rossana Taddei. La curiosidad sobre este espectáculo fue el disparador de esta conversación, con uno de los músicos más maravillosos que tiene este bendito país: el gran Nicolás Ibarburu.

 

¿Qué te resulta interesante de este show que van a hacer en El Solís el 9 de febrero?

Por un lado, la instancia de compartir con Rossana, que es una amiga querida de hace muchos años. De hecho tenemos un par de temas que hicimos juntos. Y por otro, seguir haciendo lo que vengo haciendo, que por suerte le vengo agarrando cada vez más el gusto.

En esta oportunidad va a ser un formato más reducido: un cuarteto. En realidad me siento más cómodo. Porque al principio uno trata de cubrir sus inseguridades con más amigos y obviamente que la banda grande es un swing, porque dos guitarras, flauta, dos teclas y percu te abre un montón el abanico sonoro. Al no tener tremenda potencia vocal, uno cree que está más resguardado llenándose de músicos… pero no es tan así. Ahora estoy explorando algo diferente, un poco más de aire.

¿Ese aire qué te da a vos?

Me gusta tener más aire para lo que pueda tocar en la guitarra y me gusta la sonoridad un poco más minimalista, digamos.

¿Esta vez quiénes tocan contigo?

Martín Ibarburu en la batería, Fernando “Pomo” Vera en el bajo y Manuel Contrera en las teclas. Vamos a hacer las canciones de “Casa Rodante“, algunas de “Anfibio” y también algunas músicas nuevas que venimos cocinando para un próximo disco.

También es la excusa para encontrarnos, porque es la banda pero también son hermanos de la vida y siempre es un festejo juntarnos.

¿Cómo es que te surgen las ganas de cantar en un primer momento?

Bueno, uno siempre canta en situaciones, como los asados y eso. El canto es de todos los seres humanos. Eso es algo que tuve que reaprender. Porque hubo un momento en que yo mismo me censuré para cantar. Creo que mi peor enemigo fui yo mismo, como nos pasa mucho a los seres humanos. Pero siempre sentí el disfrute de la sensación física de cantar. A la vez, siempre mi mayor autocrítica fue con el canto. Que a la vez es algo que nos ocurre a todos. ¿Viste que la primera vez que te sentís la voz grabada es terrible? Como hablaba con un amigo que es foniatra, cuando uno cambia la voz, en la adolescencia, uno trata de seguir dando la voz aguda que tenés cuando sos niño, pero las cuerdas vocales se engrosaron. Y a mí me pasó eso con el canto.

Aunque al principio no cantaba en público, siempre compuse canciones cantadas. En un momento me di cuenta de que las hacía re agudas y me quedaban re tirantes. Claro, quería mantener esa voz de los 12 o 13 años. Cuando encontré el guitarrón fue alucinante porque con él naturalmente bajás todas las tonalidades.

Tengo muchos recuerdos relativos al canto, por ejemplo, con la banda de Jaime Roos. Antes de salir a tocar, siempre cantábamos dos o tres murgas viejas en el camarín, como de camaradería. Y me acuerdo de estar cantando y sentir esa emoción, esa mística increíble que se da al cantar. También mi viejo salió en una murga de joven y conectaba mucho con todo eso y yo lo disfrutaba. Siempre sentí el disfrute y la profundidad de expresar con el canto… pero con demasiada autocrítica. Ahora, de a poquito, vengo bajando esa autocrítica y aceptándome más.

Cuando componías con letras, ¿no las cantabas? ¿Las cantaban otros?

Claro, o se las cantaba solo a mis amigos. De hecho en el segundo disco de Pepe González (“Febrero”), que yo tenía veinte años, canto en dos o tres temas. O sea que ya me estaba mandando algún paso en este sentido, aunque como estaba muy mal con mi aceptación, canté en los temas a medias con algún amigo. Con los años, cantar se me fue volviendo una necesidad. Se trata de no renunciar a ciertos sueños de uno. No se trataba de que fuera un éxito. También por dar lo mejor de uno e ir mejorando. Aceptarse no es solo cuestión de ampliar tu aceptación sino también de estudiar y mejorar tu performance.

En la Balzo, cuando cantaste en el show con Chapital, lloré de principio a fin de tu canción. Fue increíble el salto que diste con el canto en unos meses. ¿Qué pasó ahí?

Fui encontrándole el disfrute. También fui aprendiendo algunas cosas, como por ejemplo a manejar el micrófono. Además pasó que toqué tanto fondo que en un momento me dije: “Vo, si quiero tocar mis canciones, es ahora”. Te juro, hubo un momento en que pensé en no cantar más.

¿Cuál fue ese fondo?

Tristeza. Este año pasado fue muy fuerte para mí: separación, mudanza, se murió mi abuela que era muy querida, y los cuarenta. Ahora voy a cumplir 44.

[Risas] Yo tengo 49… impresionan pero en verdad adentro no se sienten.

Claro, para nada. Y creo que es ahora, estamos en la flor de la edad [más risas] pero a veces caen fichas como “no tengo todo el tiempo que quiero para hacer algunas cosas”.

También durante muchos años tuve una contradicción muy extraña: me daba cuenta de que necesitaba cantar mis canciones pero no sabía si iba a poder disfrutarlo.

Pero cuando cantás solo en tu casa lo re disfrutás, porque si no, ni se te ocurriría.

Sí, claro. Es eso.

¿Y cuando estás en el escenario qué pasa?

Pah, pasan muchas cosas. Me hiciste acordar a la película “Roma Amor”, de Woody Allen, en la que el loco canta bien en la ducha pero no en el escenario y le llevan una ducha al escenario. [Risas] Por ahí necesitaría eso, ¡una ducha! Hay que intentar hacerlo adentro, como una ducha interna.

También se aprende mucho de grandes maestros. Por ejemplo, tipos como Mandrake, que no son perfectos cantando pero a mí me encanta como canta. Tiene una soltura y a nivel de expresión es buenísimo. Lo prefiero a algunos cantantes súper técnicos que no te mueven nada.

¿Podrías tomar algo de tu relación con la guitarra y pasarlo a tu relación con el canto?

Tremenda pregunta. ¿Sabés? Me di cuenta de algo que me sirvió para desbloquear. Vi un tributo a Buscaglia que hicimos en la televisión, donde toqué dos temas de él. Con la guitarra muy seguido agarro la melodía y cambio la métrica, la hago a mi aire. Si vos la hacés tuya, muchas limitaciones se desvanecen. Y eso es lo que estoy tratando de hacer. Tratar de hacer en la voz esa adaptación que hago en la guitarra.

Cuando te veo con la guitarra, no parece que sean dos entidades. Son una sola. ¿Vos lo vivís así?

Sí, por momentos lo vivo así. La guitarra para mí es como parte de mí. Por ejemplo, cuando me siento algo desbalanceado, o enojado o triste, o re eufórico, agarro la viola. Con un amigo bromeábamos con el concepto de “guitairbag”. Cuando te vas a dar contra algo, agarrás la guitarra. Y sí… sin duda esa naturalidad que me pasa con la guitarra es completamente diferente con la voz. ¿Viste que para dormir hay gente que cuenta ovejas? Yo sigo tocando la viola.

Cuando logro eso mismo, esa conexión, con la voz me hace mucho bien. Es terapéutico, sanador.

Con la viola me pasa que me voy. Con la voz me voy dando cuenta de pequeñas cosas. En realidad lo importante termina siendo no estorbar. Es confiar y sin querer que te salga perfecto.

Hay una película alucinante, llamada “Contacto”. Una novela de Carl Sagan que la hicieron película. A los tipos les llega un plano para hacer una nave espacial y como ven que no tiene asientos, le ponen a la mina, que es Jodie Foster, una silla con un cinturón. Bueno, el cinto casi la mata. Es eso, a veces querer aferrarse, estar más seguro, es lo que más te obstaculiza.

Vos hablaste de tener éxito. ¿Qué más éxito se puede pedir que el que ya tenés vos con la música?

Estoy muy agradecido. Si a mí me hubieran dicho hace diez años que yo iba a tener dos discos míos e iba a poder tocar ahora en El Solís con Rossana como dos propuestas de cancioneros, a la par, más allá de que Rossana es una genia, que me lleva años luz en un montón de cosas… Para mí es alucinante.

Porque está el falso éxito, que nos tratan de encajar en la cabeza: que ser exitoso es hacer guita con la música, o la cantidad de personas que te van a ver, que seas masivo. A mí me importa el respeto de mis amigos, de mis colegas y las devoluciones que he tenido de la gente. Estar logrando cosas de a poquito, cantando, me llena de felicidad. En ese sentido sin duda me siento exitoso.  Y nunca transé ni transaré con hacer música que no me gusta, porque me haría muy infeliz. Imaginate que lo peor que puede pasarte es meter un hit con algo que no te gusta. Ahí te arruinás la vida, porque después tenés que volver a hacer esa fórmula.

Esta canción que termina y uno la tiene que volver a poner: “Mapa Tesoro”. ¿De qué habla?

En realidad está hecha para mi hijo y con mi hijo. Él me tiró un par de frases y todo. La hice desde un lugar de mucha tristeza, que atravesaba en aquel momento. Y a la vez habla también de la amistad, de parejas, pero primordialmente de mi hijo. Cuando dice “el mapa que encontré se volvió tesoro, se fundió en el oro de los ojos que te vieron crecer” es para mi hijo. Y también es para uno mismo. Cuando te ves crecer. El premio de poder usar lo malo para crecer.

¿Y el viento?

Bueno, la búsqueda de las canciones como para poder transitar las tormentas. Dice “aprendí a escuchar la canción del viento, por necesidad, como respirar, y eso que escuché se volvió velero”… o sea, para poder surfar el tsunami. En un momento entendí que venía por ahí, que yo inconscientemente tocaba para eso. Escuché canciones que había hecho antes y noté eso. Como una canción que le hice a una casa queridísima en Atlántida, otras que le hice a amores. Y cuando lo ves así, claro, pasa a ser una forma de vida.

Es muy fácil cuando pasa como nos pasó a nosotros cuando empezamos a tocar con Jaime, que haya veinte lucas de gente, te arman la viola, los pedales… en parte empezamos así. Y después de haber vivido todo eso, vas a hacer lo tuyo y con suerte hay dos mesas. Entonces te planteás por qué tocás. Y a la vez, la satisfacción es muy grande a medida que vas logrando que a alguien le guste un tema tuyo o que se acerque más gente a tus toques.

¿Y qué hay de tocar en el exterior?

Bueno, ahora estamos moviéndonos un poco en ese sentido. Incluso aprovechar que la imagen internacional de Uruguay ha cambiado mucho, en forma positiva (algo para reconocerles a los gobiernos del Frente, inclusive también al Maestro Tabárez). Pero también generar cosas desde acá.

En la época de Fito también era muy tentador quedarme allá. Sin embargo, me gusta vivir acá.

¿Cómo fue que Fito Páez te llamó para tocar con él? Vos eras un chiquilín.

Surreal. Fue en el 99 y 2000. Tenía 24, 25 años. Claro, ahí yo me había ido a la casa de Martín, que vivía en Holanda. Me llamó el manager de Fito a la casa de Martín. Creí que era joda. En un momento me pasó con Fito, que me tiró terrible onda. Para mí era como un sueño; no podía entender.

En aquel momento Fito era zarpado. Justo después de “Euforia”. Él había sacado “El Amor después del Amor”, “Circo Beat” y “Euforia”, que son los dos discos más zarpados de Fito. Y el tercero, que fue una recopilación en vivo de todo. Yo toqué en las presentaciones en vivo de los dos discos siguientes: “Abre” y “Rey Sol”. En estudio grabé en 9 temas del disco “Mi vida con ellas”. Fueron dos años increíbles.

¿Y Martín?

Martín hizo los últimos 15 shows, en el 2000. Ahí fue cuando Fito se abrió de la música unos meses y nos volvimos a tocar acá, con Jaime y demás. Pero fue increíble todo. Conocer a Guillermo Vadalá, Claudio Cardone (que tocaba también con Spinetta) y trabajar así, como en primera, en Argentina. Tremenda experiencia.

¿Cuánto público había en los shows?

El más zarpado que recuerdo fueron 120.000 personas. Además Fito de locatario, en Rosario. Era todo como muy delirante.

Hoy me siento muy identificado con la cosa más artesanal, de autogestión. Porque esas giras son muy impersonales. Inclusive toqué en muchas ciudades que no pude conocer. Ahora, en las giras de autogestión, vas y compartís. Siempre hacés talleres, te quedás en la casa de la gente, cocinás con ellos, te reciben con otro cariño, y eso ¡sabés cómo te alimenta! Obviamente tratando de cobrar lo que uno merece pero para mí ahora eso tiene más sentido que los contratos.

[Se hace el primer breve silencio en una hora de conversación… y Nico retoma una idea sobre el show del Solís]

Con respecto a este show, que vamos a hacer en El Solís, me gustaría aclararte que es un show de la banda de Rossana y de mi banda. Algún tema vamos a hacer juntos también pero la idea es que toquen las dos bandas.

[La banda de Rossana Taddei en esta oportunidad estará integrada por Gustavo Etchenique, Santiago Montoro, Alejandro Moya y Gastón Ackermann, y presentarán el trabajo “Cuerpo Eléctrico“]

¿Tocarán una banda primero y luego la otra o un poco y un poco?

Bueno… en realidad tuvimos una pelea porque los dos queríamos tocar primero [risas]. Al revés de siempre, ¿no? Es que para mí Rossana es alucinante. Tiene una conecta tremenda con la gente. ¡Cómo la hace cantar! Y con el Cheche, que es una hermosura verlos juntos. Un superpoder, porque es el amor y la música en su máximo esplendor. Cheche, que es uno de los mejores bateristas de la historia…

Bueno, vos también tenés a uno de los mejores bateristas de la historia.

¡Que fue alumno de Cheche! Yo no me puedo quejar [se ríe]. Ando flojito de batero.

¿Puedo hacerte otra pregunta con respecto a la guitarra?

Sí, claro.

Cuando estás tocando uno de esos solos que desarman el alma. Ahí algo tenés que pensar, ¿no? Pero… ¿estás pensando o no estás pensando?

Buena pregunta. Son como momentos. Yo puedo, por un tema de oficio y de muchos años de tocar, tocar un solo que esté más o menos bueno sin estar re colocado. Pero hay veces que logro otra cosa, que es como un viaje astral. Y ahora me doy cuenta de las cosas que me llevan ahí. Por ejemplo, hacer una especie de diálogo conmigo mismo. Tocar una frase y contestar esa frase yo mismo.

O cuando estoy en ese coloque, que no es siempre, a veces veo imágenes. Por suerte cada vez sé mejor cómo llegar. Es con el sentido melódico. Lo que me lleva ahí es escuchar a los demás instrumentos, estar conectado en esa sintonía, y viajar.

¿Qué tipo de imágenes ves?

A veces veo como los dibujos de la viola [hace gestos como que está tocando] pero como proyectados en colores, o en otras cosas.

¿En serio? [asombro de mi parte]

[Se ríe]. Bueno, debo reconocer que fumo bastante también [se ríe más].

¿Fumar para vos es necesario?

No, no es imprescindible. Es como un aliado en algunas situaciones. Por ejemplo, fuimos a tocar a La Cúpula de La Tahona, que es una cúpula de barro. Ahí tenés que entrar descalzo, se toca acústico, no hay amplificación, y veníamos de un día en que habíamos hecho meditación y para mí fue un viaje increíble, sin haber fumado nada. Pero cuando estás tocando en un boliche en el que prenden la licuadora… son sistemas para amortiguar.

¿Los músicos se conectan con un sentido diferente a los cinco?

Sí, yo creo que la música es una de las pruebas de que existe la telepatía. Obviamente en Occidente, con todo el escepticismo hemos retrocedido en ese tipo de potencialidades que hay en el ser humano. Cuando podemos cortar un poco el ego, el ¿qué piensan de mí?, ¿qué pienso de lo que piensan de mí?, si te podés alinear, afloran cosas que uno ni se imagina.

Y ahí el que te está escuchando se muere, porque si vos te conectás, podés ayudar al que escucha a conectarse también.

Fa, sí, lo que pasa con la música en ese sentido es muy fuerte. La música no es para entenderla, es para sentirla.

 

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Patricia Schiavone

Patricia Schiavone

Patricia Schiavone es Coach Personal, Practicante e Instructora de Reiki y amante de la música. Su página de facebook: @sersentiryhacer y su web: https://patriciaschiavone.com

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