imagen - NACH en La Trastienda - 10 de mayo 2015 - Foto © Clara Panella

NACH. Un concierto de manos al aire

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¡Bienvenidos a la experiencia! Boom Boom. Latido. Corazón. Oscuridad. Y de repente luz. Y de repente Nach.

Así comenzó en La Trastienda el viaje a través del universo de Nach Scratch en su primer concierto en Uruguay.

¿Su misión? Arrancarnos la voz y triturar las gargantas. ¿Sus ayudantes? Dj Joaquíng y el MC Tron Dosh. ¿Las sorpresas? La bandera de Uruguay y la canción de La Celeste entre la masa.

Nach murió y resucitó más de 15 veces en directo. Entregó la piel, las manos y la camiseta. Habló del rap, de la vida y del amor. Habló del presente y congeló el tiempo durante 5 segundos seguidos. Habló de España y de cómo la única ley que se cumple es la ley de la gravedad. Cantó junto a la voz de Ismael Serrano e hizo un homenaje al rap español mientras el Dj Joaquín hacía temblar la sala.

Han pasado más de 15 años desde que su primer LP – junto a los siguientes – le llevara a la cima en la que estuvo anoche navegando en un maremoto de manos y voces coreando su nombre.

Al final del concierto, Nach – sin camiseta – pidió oscuridad en los focos y un mar de luces entre el público iluminó la sala. El mundo entero vibraba. Y nosotros estábamos allí. Congelados. Rozando el calor del infierno. Puramente emocionados.

 

Imagen portada: NACH en La Trastienda – 10 de mayo 2015 – Foto © Clara Panella

 
 

   

 
 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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