Luis Alonso Expone en Museo Nacional de Artes Visuales

“No se le daba el fútbol. Era más bien torpe, no la descosía. Y eso es algo que apenas puede tolerar: no ser el mejor, no estar entre los elegidos. A los 16 años se enteró de que existía la fotografía, se metió en el Foto Club y no paró nunca más. Empezó a sacar buenas fotos desde el principio y se dio cuenta de que su destino iba por ahí. Se aplicó en ese camino con su carácter obsesivo, hiperactivo, avasallante.

Busca llevar a la perfección todo lo que le interesa. Ha interrogado la materia fotográfica en una gran variedad de formatos y soportes, en el mundo analógico y el digital: investiga todas las posibilidades hasta llevarlas a donde necesita.

Su manera de abordar el asunto fotográfico es su manera de abordar la vida: cayendo en picada desde un vuelo alto para apresar el momento. Alonso no pide permiso, no se abre paso con una sonrisa. Alonso domina la escena, en el instante fugaz o en el laborioso estudio.

Siempre vivió de la fotografía. Es un profesional desde hace 26 años. Trabajó en prensa diaria, en revistas y en publicidad. Su obra artística tiene que ver con sus diferentes etapas profesionales, en una evolución hacia un universo cada vez más controlado.

Solo le interesa la mejor fotografía posible. Para él es esencial la luz que pasa a través del lente. No lo que él piense y sienta, sino la intuición de que ésa es la foto, de que ese momento vale. Su deber es plasmar ese fragmento de realidad, lograr que se luzca en todo su esplendor.

De ahí su obsesión por cada detalle técnico, desde la toma hasta la copia final. Alonso entiende la obligación de exponer bien, de revelar bien y de copiar bien. Entiende la importancia de la óptica. Entiende todo el trabajo que implica hacer una buena foto. Y se lo toma con toda la seriedad del mundo.”

De perfil – Gabriel García Martínez (curador de la exposición)

La muestra permanecerá abierta hasta el domingo 7 de mayo de 2017.

MEC Uruguay

Dirección Nacional de Cultura

Museos del Uruguay

Luis Alonso

 

 

Redención de la memoria
Alicia Haber

 

Fábricas abandonadas, objetos hallados en un altillo, lugares descuidados, piezas en desuso encontradas al azar en la Feria de Tristán Narvaja, juguetes, diversos artículos, enseres y efectos de la vida cotidiana ya desechados son imanes poderosos para la lente de Luis Alonso.

Algunos de los sitios registrados por Alonso fueron importantes lugares de recreación, como el Hipódromo de Maroñas (antes de su reciclaje y revitalización), y, a la vez, también fueron fuente de trabajo. Otros fueron centros productivos de gran importancia, como Cristalerías del Uruguay. Entre ellos, están los que exhiben la opulencia castigada de la arquitectura ecléctico-historicista en sus imponentes ruinas que glosan la arquitectura grecorromana; toda una ironía sobre el estado de las cosas (Banco Inglés).

En otra importante serie, Alonso demuestra su empática vinculación con objetos obsoletos, en desuso y maltratados por el descuido. Son tomas preñadas de emotividad, pues denotan una cercanía enternecedora demostrada, entre otras cosas, por el close up.

Alonso posee una importante potencia expresiva. Muestra ángulos de visión personales que subrayan los significados de una escena o un objeto, y resaltan sus dotes artísticas. En una escena de abandono, atrapa la lámina de Lavalleja, quien parece mirar atónito, desde su postura heroica, este desatino contemporáneo. Compone la foto en regla áurea y en dos planos; el de atrás subraya el poder de la luz y tiene cualidades abstractas que se contraponen al caos del primer plano. Vacío, el sillón manifiesta su triste soledad.

Hierros retorcidos de un instrumento útil que sugieren sufrimiento; una silla volcada en medio de un sitio desierto rodeado de una arquitectura solitaria invadida por plantas, y tubos de teléfonos que reclaman voces son algunas de las dramáticas imágenes creadas por Alonso.

Decide qué mostrar de la realidad encontrada para fotografiar. Crea una interpretación propia que supera los registros documentales. Vuelca en sus fotografías elementos subjetivos y personales, y deja amplio margen para la interacción con los receptores. De manera elocuente capta, en forma idiosincrática y creativa, realidades y objetos que develan muchas situaciones de abandono. Sus fotografías estimulan lecturas disímiles de los espectadores. Tienen un aura misteriosa. No se puede develar todo sobre esos escenarios y esos objetos que ya no son familiares. Poseen una otredad y una cualidad de extraños. Aunque dicen mucho, en cierta manera estas fotografías mantienen ciertas áreas connotativas fuera de nuestro alcance.

Es contundente el mensaje de Alonso sobre el paso del tiempo, trasmitido con dramatismo tanto en las tomas de contrastes agudos entre blancos y negros como en las fotos en color.

 

El estado del tiempo

Solo quedan ruinas. Espacios que otrora fueron centro de una actividad intensa, lugares que en el pasado reciente testimoniaron una productividad exitosa y escenarios de trabajo colectivo han quedado como depósitos de detritus (Hipódromo de Maroñas, Montevideo; Cristalerías del Uruguay S. A., Montevideo; Saint Hnos, Montevideo). Cuando Alonso los descubre y registra, todo está derruido; los objetos diseñados para el trabajo están deshechos, deteriorados y tirados; hay fragmentos por todos lados.

El abandono reina. Y esta es la realidad que atrapa la sensible e inteligente lente de Alonso en sus tomas en blanco y negro que se expusieron en la Galería del Instituto Goethe, en la muestra El estado del tiempo.

Se apoderó la soledad, impera el desamparo y gobierna el desorden. Quedan los despojos de los casilleros, donde alguna vez operarios industriosos dejaban sus pertenencias para ir a trabajar. Restan maquinarias que otrora fueron útiles. Los tubos de los teléfonos están descolgados y tirados; los disquetes, dispersos; las persianas, descompuestas y los monitores, tumbados. Las paredes descascaradas son el testigo mudo de tanta parálisis productiva. Impresiona el detritus y el caos. Devastados, desmoronados, desplomados, los objetos yacen inertes.

Parecería que los lugares hubieran sido abandonados de prisa, como si hubiera habido un huracán, como si hubieran sido arremetidos por una embestida sorpresiva. Parecería que todos hubieran largado de golpe su trabajo y hubieran huido ante el desastre, precipitándose hacia una probable salvación. Hubo una crisis en cada uno de esos lugares que llevó a su cierre. Pero nada fue intempestivo.

Mirando las fotografías, queda claro todo lo que está detenido, todo lo que se arruinó, el devenir terrible de todas las industrias que fueron exitosas y quebraron, estuvieron en concordato, o cuyos dueños decidieron cerrar.

No hay ningún ser humano en esas tomas: los espacios están desamparados. La ausencia de seres humanos trabajando habla de deserciones, de migraciones, de sangrías, de uruguayos que se fueron, porque ya no tenían donde trabajar.

Estas fotografías están asociadas a la crisis económica que afectó al Uruguay entre los años 1999 y 2002. Hubo muchos sectores que sufrieron, pero la industria manufacturera fue particularmente dañada y la clase trabajadora, muy azotada.

Lo extraño y perturbador que develan las tomas de Alonso en esos lugares otrora exitosos y durante un tiempo abandonados es que nadie se preocupó por juntar y ordenar lo que quedó dentro de esos espacios, donde fueron muriendo muebles, maderas, ficheros, archivos, vidrios y diversos testimonios que pudieran haber sido útiles, que pudieran haber sido reciclados Aflora la dejadez, una característica que Alonso asocia con un dañino «no me importa». Las escenas reflejan desidia absoluta.

Nadie se ocupó de preservar esos lugares como arqueología industrial o memoria del pasado. Es todo un indicio de una mentalidad. Nadie cuidó los lugares. Es otro apunte sobre la sociedad y el contexto. Nadie se dedicó, durante mucho tiempo, por lo menos a limpiar y ordenar, revelando la indiferencia de una sociedad y de un país, las singularidades de una idiosincrasia, el estado de este tiempo inclemente.

 

Ruinas contemporáneas

En el clima intelectual actual se otorga importancia al «retorno de los objetos» y a las «ruinas» de la vida actual, al vivir en un mundo de obsolescencia programada. La velocidad de los cambios, el futuro incierto y la necesidad de recuperar el pasado otorgan nuevos valores a las ruinas contemporáneas. La fotografía y la arqueología se acercan al pasado contemporáneo, buscando significados en la negligencia de un pasado muy próximo en el tiempo. Se vive en un contexto en el que existen las ruinas contemporáneas. Al prestarles atención, se establece un vínculo con el pasado, el presente y el futuro, porque se piensa sobre esa realidad distópica, mientras se apunta al enorme desperdicio y naufragio creado por la economía y mentalidad actuales. También se puede especular con pensamiento positivo en un futuro posible para esos lugares.

En ese contexto, lo abandonado, los objetos deteriorados y las cosas que ya no se usan y han quedado olvidadas adquieren otro valor. Hoy existe lo que se ha dado en llamar contemporary Ruinenlust, un «amor contemporáneo por las ruinas»; término resucitado por Rose Macaulay, en 1953 (Pleasure of ruins). Cuando se encuentra placer en la fotografía de Alonso de los estados ruinosos de la contemporaneidad es porque la desolación y la decadencia tienen una cierta belleza que la originalidad y sabiduría de su lente saben subrayar.
Al mirarlas, surgen varias lecturas. Se siente la sensación de fin; el olvido prima. La frustración ante el descuido también abre heridas ante testimonios de fracaso y lentitud de respuesta en la conservación. La melancolía es intensa.

También son un testimonio subjetivo, creativo, original y tangible del paso del tiempo y de la inevitabilidad del deterioro simbolizando lo transitorio de la vida. Llevan marcadas las cicatrices del paso del tiempo.

Las fotografías de Alonso son más ambiguas y polivalentes de lo que parecen a primera vista. El tiempo de esas ruinas y objetos abandonados no terminó aún; lo prorroga la fotografía. No pertenecen a un tiempo muerto, sino a un contexto dinámico y en evolución. Alonso le otorga una nueva vida a los lugares y los objetos abandonados.

Las tomas siguen siendo válidas a pesar de los cambios, de la mejora del Uruguay, del auge económico de la última década, de la recuperación, del restablecimiento y renovación de algunos lugares, como el Hipódromo de Maroñas. Son válidas no solo por su excelencia fotográfica, sino porque sugieren otras lecturas posibles.

Porque el descuido no fue solo durante la crisis económica. Hay un abandono patrimonial en el Uruguay anterior y posterior; una negligencia actual. Hay resquebrajamientos evidentes y señales de deterioro de muchos edificios de valor histórico, de esculturas, de obras de arte. Están en crisis el Parque de Esculturas del ex Edificio Libertad, varios inmuebles valiosos y sobre todo la Estación Central General Artigas, un bello edificio más que centenario creado por el Ing. Luigi Andreoni, de gran valor arquitectónico y patrimonial, que se corroe ante nuestros ojos, sobre todo desde el año 2003.

Mientras tanto, no solo no se cuida a lo que envejece y puede ser dignamente recuperado, sino que se destruye lo valioso, como sucedió con las construcciones de valor patrimonial: las casas gemelas de Román Fresnedo Siri, ubicadas en la calle Ponce casi Palmar; el edificio Assimakos y la casa Crespi, para citar algunos ejemplos. Estos hechos son evidencia del desamparo cultural y del cercenamiento de valores patrimoniales. Casas emblemáticas fueron derrumbadas en estos últimos años. Aquí se conserva mal y se innova poco.

 

Tiempo

La fotografía de Luis Alonso tiene ecos de la estética japonesa wabi-sabi, lo haya planteado o no en forma consciente. Wabi-sabi subraya la importancia de los objetos que muestran transitoriedad, fragilidad y deterioro. Valora los objetos que evocan la evanescencia de la vida y lo efímero. El wabi-sabi aprecia en el arte lo modesto, lo rústico, lo imperfecto, lo decadente, y lo que sugiere melancolía.

En la serie Tiempo, expuesta en la Sala Carlos Federico Sáez, en 2012, el artista se dedicó a los objetos abandonados que están en vías de desaparición, plasmándolos en fotografías color. Esos objetos sufrieron procesos de erosión, se cubrieron de polvo y estuvieron en vías de arruinarse. Alonso los transforma en motivo central de esta serie, y exalta y amplía un detalle de un objeto decrépito hasta el grado de monumentalidad descomunal. En algunos casos, se acerca mediante close ups a objetos con los que tiene particular afinidad, y capta la acción del tiempo con evocación emocional. La decadencia hipertrofiada adquiere otro valor en esa inmensidad visual, mostrada a todo color y con refinamiento visual.

Con su lente, el fotógrafo deja en evidencia las marcas, los rastros, los surcos, las erosiones que el tiempo ha dejado sobre sus superficies.

El tamaño monumental permite penetrar en los objetos y descubrir valores matéricos, texturas acentuadas por juegos de luces y sombras. La evocación de lo táctil se acentúa. Alonso ensalza el fragmento.

Alonso demuestra un apego por tiempos pasados en esta era vertiginosa en la que impera lo efímero. Hay una carga emotiva detrás de cada toma.

Historia, tiempo y memoria quedan a la vista. Esos objetos guardan historias y están cargados de vivencias de otrora. Son depósitos de reminiscencias. El fotógrafo, sensible a sus connotaciones, rescata el reloj de un amigo cercano, una muñeca dejada de lado, un juguete que en una época deleitó a un niño y yace abandonado en un rincón o en una feria, un carro de bomberos de juguete muy antiguo, en mal estado, erosionado y herrumbrado que tuvo un pasado brillante y alegre en manos infantiles y tal vez adultas. Un billete deteriorado del Uruguay con una lupa para poder descubrir las trazas de ese pasado en el que fue útil también cautiva a su lente. Una receta de cocina, ya casi borrosa, de una madre; un cajón de Crush de apenas ayer; viejos lentes; una batería de un Ford T, que recuerda la época en que eran el medio de transporte favorito, son otros de sus temas.

Todos ellos evidencian la mirada del deseo, la evocación del pasado, los recuerdos y la memoria. Están solos, testimonio del abandono. Pero Alonso los reintegra a la vida, revelando su apego a ese ayer tan cercano y su voluntad de redimirlos en forma artística. Con la fotografía resiste a la ineludible muerte y, si bien demuestra el inevitable paso del tiempo, también se subleva ante él. Sus fotos son actos de reminiscencia, de rescate del desamparo, redención de la memoria, salvación de la orfandad, y amparo ante el desabrigo. El artista así recupera lo deteriorado, lo transforma en perdurable, le otorga una vida persistente y un futuro en el mundo del arte.

 

 


 

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