cooltivarte - EL OTRO YO presenta "Abrecaminos - 15 años" en Montevideo junto a Mareos y Mangerine. Fotografía: © Lucía Aguirre

LOS OTROS NOSOTROS

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El Otro Yo – Mareos – Margerine. 25 de Julio, Bluzz Live.

Ya me da un poco de pereza salir los sábados. Me pasa que estoy en ese momento de mi vida en el que salir me da pereza y la vida me da pereza. Iba a ir con Maite pero se enfermó. Estaba en extremo sobria y estoy dejando de fumar. Así me puse la campera y me fui al toque de El Otro Yo.

Me bajé bien del 526 esta vez, aunque agarré para el otro lado y le pregunté a una señora por la calle. El paseo onírico del 526 es extraño, de noche parece otra ciudad. Hago el camino al revés, cosa entretenida, es un poco como la gallinita ciega. Al llegar, entro a un planeta del que había salido hacía al menos cinco años.

Encuentro una banda haciendo covers de Nirvana en pleno 2015. Me pongo a pensar que en algún momento la vida era eso, éramos unos pibes de 16 que no habían nacido en Seattle, nos empezó a gustar Nirvana con Kurt Cobain ya muerto. Sin embargo le rendíamos homenaje, en la época del fotolog y el msn y latin chat y un montón de cosas que no debieron haber existido. Éramos una generación transición, no teníamos nada para darle al mundo. No éramos parte de los 80 y su revolución musical. No éramos parte de los 2000 y su revolución tecnológica. Vinimos al mundo sin nada de qué enorgullecernos y somos la última generación analógica. MTV dejó de pasar música para nosotros. Mi primer CD lo adquirí a los 13 años, se lo compré a una compañera de primero del liceo, era trucho y de Linkin Park. Antes de eso grabábamos cassettes. No teníamos nada propio, era todo nuevo o todo viejo, con un pie adentro y otro afuera como quien se saca una foto en el Chuy. Pero queríamos tener una banda, queríamos tener al menos eso. Queríamos no ser uruguayos un poco, queríamos estar en Seattle o Liverpool o cualquier otro lado donde nos pareciera que nos fueran a escuchar.

Gocé todo, desde la elección de temas (había muchos del Bleach, el disco más mugriento de Nirvana, el que a mí más me gusta) hasta los errores de la banda. Lo sentía todo muy propio, aunque no conocía a ninguno de ellos. Esos pibes podríamos haber sido nosotros en el 2007. Este agite, este pogo reducido que reunía como mucho 20 o 25 personas podríamos haber sido nosotros. Sin embargo no éramos. No conservo muchos amigos de esa época, pero los sobrevivientes trabajamos y estudiamos, y los que quedaron en ese estado eterno fueron relegados a esa adolescencia eterna de la que hablamos en los cumpleaños, bancados por sus viejos, yendo a todos los toques y drogándose con gente que no conocemos pero que tiene muchos menos años que nosotros. Y al final, ¿a nosotros nos ganó el laburo o qué? ¿Todo lo que tenemos es ese toque ocasional de la banda que nos gusta para poder juntarnos y reírnos de nuestras hazañas de los 16? Si hubiera venido Maite, pensaba, capaz no tenía chance de replantearme esto. Entre tanto terminó esta banda y yo agarré el celular para hacerme la que no estaba sola. Ya no puedo salir a fumar.

Llega Mareos y recuerdo millones de escenas de mis 17, 18. Mareos es una banda más adulta, con todo lo que ello implica: sus temas son suyos, sus integrantes parecen más despreocupados y les importa mucho menos quién los esté mirando. Son buenos en lo que hacen y son viejos chacales ya golpeados por la escena y la vida. Los miro y los recuerdo de haberlos visto antes también, ya no de la época en la que entraba a los toques con miedo a que “cayera el iname” sino más bien posterior. Siempre había algún amigo que hablaba de cuando fue a un toque y cayó el iname, pero me daba la sensación de que era el mismo tipo de amigo que vio al viejo de la bolsa alguna vez y que tiene a un amigo que vio al cuco. Sin embargo, para cuando yo escuchaba Mareos, ya podía tomar alcohol, ya podía entrar a los toques, y ya el iname ni se llamaba iname hace tiempo.

Y en algún momento se fue armando el público y con sonidos marcianos aparece El Otro Yo, con sus monos naranjas característicos y una profesionalidad que me sorprendió desde el primer minuto. Entran muy callados por un pasillito improvisado al costado y se sitúan marcianamente en el escenario. El espacio de Bluzz, antes con un par de personas distribuidas en un par de filas separadas de pocas personas, estaba ahora al máximo de su capacidad, todos unos pegados a los otros como un salón siamés de gente, la hidra de cien cabezas. La banda toca, como prometió, varias canciones del Abrecaminos, y con eso va rompiendo el hielo. Los presentes festejan cada canción como un gol de Uruguay, yo me pegoteo con ellos, un poco más ajena a lo que ocurre, un poco más atrás del pogo que ocupa cinco o seis filas. Bluzz parece gigante, a todos lados donde miro hay gente, pierdo un poco de noción de dónde estoy mientras escucho las letras con atención, letras fantásticas que hablan de ficciones extrañas, de amores enfermísimos y de ese sentirse un poco diferente que asocio con mi ser más adolescente. Hay una pareja adelante que se besa a cada canción, como si todo lo que ocurre fuera parte de su intimidad. Yo los miro con la distancia prudente y la actitud de quien no es acérrimo fanático del amor público, aunque tomo nota de que esta banda forma parte de la intimidad de un montón de presentes, de su construcción como personas. La música es onírica en extremo, y la voz de María, que en otras circunstancias me parecería aguda y molesta, me parece dulcísima; es un poco de arrullo, un poco de descontrol, un poco de inocencia, un poco de complicidad.

Cristian cuenta un poco de la banda en algunos cortes. Lo que al principio no entiendo mucho, que es prácticamente una proclama elotroyoísta, y que interpreto primero como pedante, al ir resonando en mí va volviéndose más humilde, humildísimo en verdad. Cuenta sobre cómo se formó la banda, siendo ellos muy chicos, mientras andaba la guerra de las Malvinas de fondo. Mi primera reacción es de incredulidad, me pongo a hacer números y no me dan. Hasta que caigo en la cuenta de que esas personas que estoy viendo tienen alrededor de 40 años. Cuando me levanté de esa piña, surgió la siguiente: Ellos tienen el rock, tienen la movilización, tuvieron la guerra, tuvieron esa experiencia tan cerca. Sentí en algún punto que su generación tenía tanto para decirnos. Y nosotros a ellos, tenemos en común esa pieza de la naturaleza humana de que hicimos lo que pudimos con lo que teníamos a mano, con lo que podíamos improvisar, y nos salió bastante bien. No somos Seattle, somos esto, y está bien; tenemos cosas para decir y hacer. Cuando me encuentro pensando en esto, Cristian nos dice que ellos siguen creyendo con esa rebeldía de antes, que siguen intentando dejar eso adolescente y revolucionario en la gente. Yo no sé si los acompaño en esa creencia, pero necesitaba que alguien más creyera. Y lo que dicen redondea mi alivio.

Al final tocan todos los éxitos. Invitan a las bandas teloneras a subir para tocar, y lo hacen cantando con ellos Corta el parto y Alegría, acto que me parece de una increíble humildad, cederle dos canciones tan queridas a quienes tocaron con ellos. Cuando termina este toque me voy un poco más adolescente y un poco más adulta. Adolescente, en todos los buenos sentidos de replantearme que quizás no todo lo que fui dejando por el camino era para dejarse por el camino, que quizá tendría que revisar algunas cosas que de repente quiero volver a llevar conmigo. Adulta para cerrar todo aquello que dejé definitivamente alguna vez y confiar en que esa decisión la hice para volverme esto, que bien o mal soy yo. Me voy pensando a Cristian tres veces, agarro para arriba por Daniel Muñoz y me esfumo en la vida real y actual.

Imagen portada: EL OTRO YO presenta “Abrecaminos – 15 años” en Montevideo junto a Mareos y Mangerine. Foto © Lucía Aguirre.

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Mad Madelaine

Mad Madelaine

A diferencia de su progenitora, no nació, sino quizá apareció, con la única misión de fundar y administrar el Primer Club de Fans de los Fideos con Manteca y Queso. Como ocurre con los clones, y los viajes en el tiempo, algo salió mal y Mad Madelaine fagocitó a quien escribe adquiriendo sus superpoderes: Nació el 6 de Marzo de 1991, estudia Lingüística en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y puede correr a la velocidad de la Luz.

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