Libro los lunes Darío Sztajnszrajber y el Génesis

— “Libro los lunes”
— ¿Qué?
— Que hoy de tarde voy al nuevo curso de filosofía que imparte Darío en la sala Zitarrosa que se llama “Libro los lunes”
— Ah, ¿y de qué es esta vez? ¿Igual que el año pasado?
— No deja de ser filosofía, che! Pero ahora quiere trabajar seis libros a partir de una lectura filosófica, ¿vamos?

Llego cinco minutos tarde y observo una sala totalmente llena. En el escenario Darío habla. Hoy vamos a conectar, durante dos horas y media, la filosofía y el Génesis de la Biblia.

“¿Por qué empezar una charla de filosofía con algo religioso?” pregunta. “No podemos no ser religosxs” afirma. “La biblia nos estructura aunque no queramos”. “Todo texto es político porque todos tienen un ejercicio de poder” y “para que haya una transformación lo que hay que hacer es deconstruirlo, ni dogmatizarlo, ni pelearse con él, sino quitarle la pretensión de verdad”.

Establece tres posiciones: el binomio creyente-atex y el/la agnosticx. “Afirmar la verdad de algo les hace iguales a la persona creyente y a la persona atea”. “Frente a la iglesia soy ateo, pero en la vida cotidiana soy agnóstico por mi pregunta: ¿hay algo más? porque ninguna respuesta me sirve”.

Hay que hacer una diferencia entre religión (instituciones que dan respuestas con las que ejercen poder) y religiosidad (la pregunta de ¿hay algo más?). “Nadie traiciona más el espíritu religioso que la religión” afirma.

Mientras habla, hace chistes con Netflix, con Peñarol y Nacional, con los libros que se llevaría a la vida eterna, con el Dios varón, blanco, europeo, con ser creyente cuando se ve un partido de fútbol y dejar de serlo cuando termina, con los años de terapia que le llevó superar algunos de los capítulos del Génesis. “Si alguien me dijera que puedo transportarme a algún texto bíblico, iría a Sodoma y Gomorra” dice sonriendo de una forma pícara.

Habla del aborto en Argentina, del retorno de lo religioso y de Vattimo, del fundamentalismo nacionalista que ofrece certezas absolutas (nombra a VOX en España), de la experiencia post religiosa (energía, fuerza, algo que no tiene nombre), de la resignificación del verbo creer (“creo que creo”, donde el primer “creo” es hipótesis y segundo “creo” es creencia absoluta).

“Los primeros once capítulos del Génesis son ciencia ficción” dice. “Este libro instaló que hubo un origen, que hubo un principio, pero no tiene por qué ser así”. “Somos la ceniza de tantos muertos” afirma. “La cultura literaria es heredera de la religiosa”.

Cuenta de Sodoma y Gomorra (donde habita, supuestamente, todo lo malo), de Adam y Eva, de Lilith (la supuesta mujer loca que es emblema de la lucha feminista), de Caín y Abel (la fraternidad que no incluye sororidad). Del concepto de patria (padre), nación (nacimiento), fraternidad (hermano) que viene a ser que “nacimos del mismo padre y por eso tenemos que ser hermanos” (la argentinidad, la uruguayez) generando así cohesión”, para terminar la charla con la siguiente pregunta: ¿dónde queda la mujer en todo esto? La patria excluye a la mitad de sus hijxs. De ahí surge el concepto de sororidad (sor = hermana).

Hace una última broma acerca de todo lo anterior y nos deja de tarea la lectura del Banquete de Platón para la próxima clase, el lunes 3 de junio a las 19:30 h.

Ahí estaremos.

 

 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.

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