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La sencillez de la renuncia (Reseña de la película Ida, de Pawell Pawlikowski)

Entre lo más sobresaliente que pasó por salas y eventos internacionales durante el año pasado, y que aún permanece en el circuito de exhibición local, al cual llegó con bastante retraso, estuvo Ida, la más reciente película con la que el polaco Pawell Pawlikowski se alzó por vez primera con un Oscar.

Impecable, estremecedora, descarnada, existen razones para entender el porqué muchos la han reverenciado como obra maestra. Sucede que a veces este calificativo se ha banalizado tanto como el cine y en ocasiones se emplea tan a destajo en piezas que verdaderamente no ameritan. Ida, empero, constituye una cúspide cinematográfica, sin temor a dudas, de esas en donde los elementos clave – narrativa, actuaciones, fotografía, montaje– confluyen para construir una cinta trascendental.

Anna es una joven monja que pronto tomará los votos y se consagrará definitivamente a Dios. Antes de ello sus superioras la envían a conocer a su único familiar vivo, una hermana de su madre. Así descubre que se llama Ida y que es judía. Junto a su tía Wanda, tratará de ubicar los restos de sus padres, víctimas del holocausto de la Segunda Guerra Mundial. El viaje a donde estos murieron y el esclarecimiento de su final será el motivo para que ambas enfrenten su pasado.

Pawlikowski construye aquí un relato prístino, hilado finamente, que nos habla de dolor, de identidad y fe, de pérdidas y remordimientos, en fin, de la existencia humana. Sin desvaríos ni recursos innecesarios (ochenta minutos bastan), la trama se desarrolla sobria. La tragedia que se enuncia desde un principio y se desenvuelve atemperada no precisa altisonancias, resulta por sí misma demoledora. Las protagonistas, quienes a lo largo del filme confrontan sus antagónicos caracteres, intentarán cerrar una herida, pero el camino no conducirá al sosiego ni a la liberación, solo a inevitables renuncias.

La película refiere una sociedad aturdida que no acaba de ajustar sus cuentas y se debate entre las heridas de su pasado reciente y su indefinición. Una Polonia que tras la barbarie intenta seguir, olvidar, en el modelo del socialismo soviético. No se ve, sin embargo, la epicidad de aquel país de trabajadores que erigen el porvenir luminoso, ese que en su momento un brillante Adrzej Wajda satirizó. Esta es, ante todo, una historia introspectiva en donde no hay crítica social. Y aunque sus personajes se mueven en ese contexto (más bien parecen aletargarse), Ida y Wanda persiguen una revelación personal, búsqueda que tendrá en sus poderosas personalidades el atractivo mayor.

La caracterización de las protagonistas impacta especialmente por las interpretaciones de ambas actrices. La novicia (Agata Trzebuchowska) encanta con sus grandes ojos, su cándida palidez, su levedad. “¿No tienes idea del efecto que causas?”, le dice un muchacho que conocen en el trayecto y que se enamora de la monja. La tía (Agata Kulesza), figura poderosa caída en desgracia (“En el pasado fui fiscal (…) Wanda, la Roja, esa soy”, le dice a su sobrina cuando le pregunta quién es), alcohólica y disoluta, resalta por su causticidad y acritud. Entre el hieratismo de esta y la inocencia de la otra, la narración logra una polarización soberbia, que en momentos parecerá desdibujarse en los picos donde flaquea la contención de los personajes.

Planos estáticos, pictóricos, a ratos largos, encuadres cortados, ofrecen una fotografía sublime, que se vale del blanco y el negro para acentuar la crudeza del relato. Atmósferas mortecinas, ásperas, desprovistas de recursos, revisten al filme de una gélida visualidad que le aporta alto vuelo poético. En esa configuración de luces y sombras el director expone, no explica ni reflexiona, y en ello logra escenas memorables, impactantes.

La película alcanzó, antes de la consagración que siempre confiere el Oscar, reconocimiento en importantes festivales. En Europa se la incluyó entre lo mejor del 2014 y alrededor del mundo ha sido muy bien recibida. Pero más que eso, Ida se presenta como un ejercicio impecable, en el cual la forma complementa una historia conmovedora para entregarnos una pieza admirable de sencillez y magistral cine.

 
 

   

 
 

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Fernando Sánchez

Fernando Sánchez

Ciego de Ávila, Cuba, 1989. Consumidor de todo cuanto tenga que ver con la cultura, se licenció de Periodismo en el 2013, en Cuba. Allí hizo radio y televisión, y se involucró en diversos proyectos artísticos. Colabora con Brecha desde el 2012. Desde el 2014 reside en Montevideo, a donde llegó, según expresara, citando a un poeta de la isla, para romper con “la maldita circunstancia del agua por todas partes”.

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