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Kevin Johansen + The Nada en Teatro Solis

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Luciana Mocchi aparece en un teatro totalmente iluminado. Detrás de ella el telón bajo. Delante de ella, nosotrxs mirándola. Luciana habla de la marcha por el paro de mujeres mientras canta “tengo el corazón más alto que la frente” y nos masajea el alma antes de irse –guitarra en mano – en un manto de aplausos completamente inmensos.

Cuando se levanta el telón surgen sobre el escenario siete hombres y una mujer –la hija de Johansen – bajo un cartel que tiene escrito “mis américas” (nombre del último disco de Kevin Johansen + The Nada). Traen consigo canciones antiguas repartidas con sus últimos temas. Realizan coreografías conjuntas, gritan, bailan. Kevin habla de su adolescencia en Montevideo con una madre profesora de literatura, de sus primeras milongas, y de su primera guitarra. Traducen el mar en forma de canción y nos acercan a otras orillas en otra lengua. “La gente que parece muy libre genera más atracción en lxs demás” dice Kevin, y añade “¿quién dijo que del amor no se puede vivir?”. La banda se mueve en un ritmo vertiginoso, mezclando instrumentos y cambiando de roles infatigablemente. Se habla de los Estados Unidos y de la falta de empatía.

Se menciona, entre otros, a Jorge Drexler, a Violeta Parra y al Che Guevara, a Rada y Zitarrosa. Se explica el concepto del “jardín del desdén” como el lugar al que van a morar los antiguos amores. Canta una canción compuesta días antes con influencias de Jaime Roos –hermosa melodía, hermosa letra –. Menciona a Sabina con “no hay que ser fanático de la nostalgia, pero sí de la memoria” mientras parte del público comienza a subirse al escenario para bailar improvisadamente sobre la tarima. Aparecen canciones míticas como Anoche soñé contigo, Sur o no sur o Modern love.

Kevin baja del escenario dando un giro completo alrededor del Teatro Solís al tiempo que inicia una suerte de trencito. Trencito que continúa el camino hacia el escenario con una carga impactante de celulares y selfies. “A bailar y a vivir el momento” dice para calmar el fanatismo. Cierran el recital con Fin de fiesta mientras se baja el telón antes de finalizar el tema en uno de los conciertos más largos, más aprovechados y más intensos que hemos vivido en esta ciudad.

 

 

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Imagen portada: © Lucía Coppola

 

 

 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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