Ginkgos - Trópico Duclós

Ginkgos – Trópico Duclós

Álbum: Gingkos

Banda: Trópico Duclós

Montevideo, noviembre de 2018

Los uruguayos de nuestra generación hemos crecido a la sombra del aforismo Onettiano, “los uruguayos descendemos de los barcos”. Somos una cultura mínima, hecha de creerse importada de Europa, civilizada en medio de la barbarie, enano protestón entre gigantes, molesta garrapata gris entre las ubérrimas ubres de una holando argentina y el colorido plumaje de un papagayo carioca.

Somos uruguayos para todo, para el fóbal, para la política, para la melancolía, y sobre todo para poner nuestro sello a lo que se nos cruce. El rock y su infinito mundo no es ajeno a la uruguayez. Si Mateo, Rada y el Kinto lograron inyectarle candombe a un beat en que daba lo mismo Lennon que Dylan, Santana que Jagger, si la turba ochentosa logró leer en criollo desde los Clash a la Joy Division, de The Police a los Pistols sin perder un ápice ese humor adusto, cáustico a veces, plomizo y dulce otras tantas, no iba a ser el shoegaze el que se escapara de nuestra montevideana forma de ser uruguayos. Faltaba más.

Toda esta larga introducción es para decir con tres palabras: Trópico Duclós volvió a hacerlo! Si en Imagen Inestable (el debut) habían sonado rockeros enérgicos, más bien acelerados y convocaban al pogo de sótano under (si me permiten el pleonasmo), con un oído en My Bloody Valentine y el otro en Black Flag, ahora los habitantes del trópico se vuelven hacia un ambient que tiene mucho del gótico en su versión más pop (y atrás del pleonasmo metí un oxímoron)

El shoegaze sonido que una vez fue lo alternativo, otra vez lo olvidado, y muchas veces lo único que realmente valió la pena de los 90, hoy es un género que podríamos tildar de adulto. Con sus guitarras en la que no hay distorsión que empañe la melancolía, ni volumen o furia que le quite de encima la niebla espesa e industrial a su sonido, genera ambientes que el oído formateado en las ondas radiofriendly va a encontrar siempre espeso. Un tanto intragable. Como el punk, como la Velvet, como el grunge en un momento, no está hecho para dejarte tranquilo comiendo pop frente a la pantalla de un moviecenter.

Ginkgos es un viaje que inicia en 33 y finaliza en Saint Anne, son 25 minutos que inician en la ciudad de Gustavo Espinosa y finaliza en el Hospital en que enseñó Lacan o en una playa mínima de la costa de oro, vaya uno a saber. Es un disco, plagado de referencias a un Japón de animé y tazas de té, es un viaje en que el bajo de Leandro Rebellato nos mete de prepo y sin aviso, amablemente, en un universo del que Simon Gallup es dios padre, hijo y espíritu santo.

“33” inicia con una voz femenina, dulce, tristísima que repite un mantra “lleno de rosarios”, en un aire en que flotan retazos de canciones de Siempre son las cuatro o Mediocampo del Jaime que supo ser el mejor Jaime, para dar paso a una voz que suena tan desvalida como la guitarra arpegiada de Matías Rodríguez, que sobre el final estalla plena de distorsión para retomar el mantra del “cuarto lleno de rosarios”. Hay una aspereza dulce, a lo Darnauchans que está más en el sonido que en la lírica desolada, más en el mood que en el ambiente sonoro. El viaje será corto e intenso, estemos advertidos.

En Kioto la voz habita en un primer plano que permite seguir la letra sin esfuerzo. La batería de Souto sostiene el pulso, acelerado en un Groove en que el bajo parece divertirse en un mar de cuatro cuerdas. La guitarra pasa por una sucesión de acordes expansivos, casi festivos que aportan color a una poética delicada “la bici y sus rayos fragmentan el río/queriendo creer en barcos de papel/detalles de un Templo del árbol que fue/un ginkgo de otoño cerrado en tu mano”.

No dormir, el tema siguiente parece venido directamente de un mundo paralelo y pasado en que la ciudad vieja parece separarse de Montevideo y largarse a flotar sin rumbo en medio de una pátina de olas marrones y blancas. La voz que grita no me hables en medio de un solo que no desentonaría en una balada metalera y que sin embargo logra hacerse lugar en el envolvente paisaje que remite a la época oscura de The Cure, y a las distorsiones de Jesus and Mary chain.

Da al pacífico es un viaje sonoro a un mundo cercano, muy cercano al Animals de Pink Floyd “vivo el libro que lees, recostado en un volcán que da al pacífico”, más poblado de perros y ovejas que de cerdos, mientras que el Hotel Delfin podría ser el alojamiento permanente de un Bukowski de visita en Santa María.

Finalmente Saint-Anne es un tour de force ambiental, cargado, filoso, pesado como la dolorosa salida de la resaca en cualquier tarde de calor.

El tono onírico de la banda no se pierde en ningún momento, puede pasar de un sueño infantil de frutillas con crema, a la más ominosa de las pesadillas, con el simple gesto de apretar un pedal, lo cual es la marca de estilo, pero es un mundo que nunca deja de ser cercano y archiconocido. Un paseo por las calles del barrio, transitadas mil veces desde que la memoria es memoria. Un viaje en el que sin recurrir a ningún cliché de la identidad uruguaya, tenemos siempre claro que nunca salimos de un Montevideo, a veces marítimo, otras veces pseudo industrial. Una Montevideo que habita bajo la piel de cada uno de las canciones.

Precioso disco, esta joya uruguayísima habita en Bandcamp desde el 22 de noviembre.

 

 

 

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Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)

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