Fito Paez - Página oficial​ Sólo piano en La Trastienda 7 de Julio de 2016 Fotografía: Virginia Prado - Fotografía​

Fito Páez en La Trastienda. Yo vengo a ofrecer mi corazón

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Hay cuatro luces extendidas sobre un piano. Frente a él, Fito Páez le canta a La Argentina, a la casa de la infancia, a lo desaparecido. “Nadie se puede salvar” canta.
Entra un acordeón rojo al escenario, y junto a él, Hugo Fattoruso baila con los dedos una canción infinita.

Fito Páez cambia de lugar con movimientos hiperactivos, levanta su copa, se estira sobre el piano y gesticula, con corbata y chaqueta, frente a un micrófono desnudo de instrumentos. Juntos cantan “Ojalá no se vaya”. Y confiesa: “ayer tuve un día horrible y me arranqué una uña, pero igual voy a tocar bien, es increíble cómo sale la música, pero es así”.

Canta al hogar, a la vida, a sus viejos. “Todas las canciones tristes también son hermosas”, afirma. Hace un solo de piano mientras unos se abrazan y otros se besan.
Cuando habla es para provocar. Cuando canta es para dulcificar la oscuridad del alma.
Me cagaste la noche” le dice a una voz entre el público que adivina el próximo tema, “pero igualmente esta canción es para vos… la despedida, nuestra despedida”.

Construye y canta un mix de canciones. Recuerda a Charly García, habla de Fattoruso. Levanta las manos en movimientos nerviosos y se va. Encienden las luces de sala, prenden la música, abren las puertas, pero nadie mueve un centímetro de su cuerpo. Son las 22:40 de la noche y Fito Páez reaparece a las 22:55. Quince minutos de larga espera.

¡A despertar muchachos! nos dice mientras canta “yo te conozco de antes, cuando me fui no me alejé”. Pide a la sala que apaguen las luces y a nosotros que usemos los celulares para acompañar la última canción elegida: Un vestido y un amor. Fito canta la mitad, la otra mitad nos la deja a nuestras cuerdas vocales. “Mañana habrá otro concierto” dice. Y yo… yo quiero ir.

Imagen portada: Fito Páez – Sólo piano en La Trastienda – 7 de Julio de 2016 – Fotografía © Virginia Prado

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.

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