LITERATURA RÍO DE LA PLATA

Escalofriante Río de la Plata: el miedo en la literatura

El miedo como tema en la literatura rioplatense es bastante antiguo. Son muchos los nombres que lo han trabajado y que incluyen a Carlos O. Bunge, Juana Gorriti, Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Manucho Mujica Lainez, Héctor Galmés, Silvina Ocampo, Abelardo Castillo, Henry Trujillo, entre otros.

En estas casi dos décadas del siglo XXI han aparecido, como es de esperarse, nuevos autores que a diferencia de aquellos otros, llevan el miedo a un terreno más cotidiano, generalmente más urbano y sobre todo, enfilado con las postrimerías del arte posmoderno. Nada queda del todo definido y los grandes tópicos de la literatura de terror (los fantasmas, el vampirismo, los espacios embrujados, las casas abandonadas) devienen un escenario para plantear trasfondos sociales del pasado reciente o incluso, del presente.

No puede hablarse de una “generación” de nuevos escritores de terror pero sí de una lista de autores contemporáneos cuyas publicaciones han aparecido en los últimos quince años y que se reconocen a sí mismos como verdaderos constructores del género. Fuertemente influenciados por el terror social de Stephen King o Ira Levin, han llevado el miedo a un espacio de reflexión estética que les permite trabajar asuntos propios de la sociedad actual: las crueldades de las últimas dictaduras militares, el machismo, la precaria vida de los sectores más bajos, la situación de la mujer oprimida, la contaminación del medio ambiente.

La argentina Mariana Enríquez (1973) es la mejor expresión de esta nueva estética del miedo. En sus libros se mezclan todos los aspectos de la cultura pop con la remasterización de los tópicos tradicionales del género que, por otra parte, ella conoce muy bien. Sus novelas Cómo desaparecer completamente (2004), Chicos que vuelven (2011), Este es el mar (2017) o sus compilaciones de cuentos como Los peligros de fumar en la cama (2009) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016) explican su éxito en la medida que ofrecen una concepción nueva del terror en la literatura, una técnica que se acerca más a la literatura pop que al gótico pero que bebe de sus principales fuentes.

En el mismo camino se encuentra el cordobés Luciano Lamberti (1978), que ha demostrado una eficacia práctica para hacer de la narración del miedo un asunto muy vinculado a la situación social de su país, y particularmente de su provincia natal. Lo urbano que está siempre presente en Enríquez desaparece un poco en Lamberti y cobra protagonismo el suburbio, el campo, la sierra, la villa, todo lo que no está en el centro. Son muestras de su maestría los libros El loro que podía adivinar el futuro (2012), El asesino de chanchos (2014), La maestra rural (2016) o La casa de los eucaliptus (2017).

Otra argentina, la laureada Samanta Schweblin (1978), ha producido unos cuantos relatos que careciendo de la intención ex profesa de Enríquez o Lamberti, resultan buenos ejemplos de cómo la literatura de miedo es, sobre todo, algo inquietante. Sus escenarios, sus atmósferas y sus personajes suelen imbuirse en una suerte de extrañamiento que no conduce al escalofrío pero sí amedrenta. Sus libros de cuentos son ejemplo de ello: El núcleo del disturbio (2002), Pájaros en la boca (2009), Siete casas vacías (2015). No obstante, en su última novela, Distancia de rescate (2014) lleva el terror a un primer plano también de corte social muy vinculado a la situación actual de su país.

En un sentido un tanto más ligero, dado que escribe literatura infantil/juvenil se encuentra el montevideano Sebastián Pedrozo (1977), que ha trabajado las principales temáticas del género en algunos de sus libros como Terror en el campamento (2009), La piel del miedo (2010), Terror en la ciudad (2012), La novia del incendiario (2014), Nocturama (2015) o Tormenta zombi (2016). Su principal valor está en desarrollar de forma clara y entretenida (algo imprescindible en la literatura para niños y adolescentes) todo un universo de heroísmo enfrentado a los obstáculos de un mundo lleno de elementos y personajes sobrenaturales. También ha escrito algunos textos para adultos, entre los que destaca la novela Malas tierras (2013).

Otro uruguayo, Lema Mosca (1988) viene trabajando el terror desde una postura un poco más metafísica, unida a cuestiones universales como la sociedad, la religión, el sexo o la violencia. Su libro de cuentos Las heridas me las hice yo (2016) es un muestrario de los diversos modos que maneja para trabajar el miedo en sus distintas variantes. Allí están todas: desde los fantasmas hasta los femicidios. También ha publicado las novelas El silencio de las sombras (2014) y El hombre sin rostro (2017).

El conteo es rápido y la mejor forma de entender la literatura es siempre accediendo a ella. Estos no son los únicos pero sí son los escritores que resuenan más y que se reconocen a sí mismos como laburantes del género. En todo caso, esta reseña cumple la función de constatar que en ambas orillas del Río de la Plata se está escribiendo terror y que esa es una forma tan interesante como atípica. Entre tanta Poética del Yo, nos queda esta literatura más imaginativa y jugada. Lo otro viene solo.

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Lucio Galizzi

Lucio Galizzi

Nació en Montevideo en 1985. Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (UdelaR). Actualmente cursa la Maestría en Estudios Literarios de la Universidad de Buenos Aires (UBA), ciudad en la que reside desde 2012. Ha colaborado con suplementos culturales de Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Montevideo. Se incorpora a cooltivarte en 2017







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