Retrato Gastón the Painter

Entrevista a Gastón the Painter

Basta con darse una vuelta por Montevideo para descubrir murales, grafitis, pegatinas y esténciles y ver que en la capital prolifera el arte urbano. Entre sus manifestaciones figura el lettering, el dibujo de letras a mano, que vuelve a escena desde el tiempo de nuestros abuelos (que no hablaban de letterers, sino de rotuladores) con nuevas técnicas, soportes y materiales que aportan una identidad distintiva a calles y comercios.

Gastón the Painter es, a sus veintiséis años, un exponente nacional en la materia y un ejemplo del talento uruguayo for export. Como hijo del renombrado artista Álvaro Castagnet, las artes plásticas han sido parte de su formación desde siempre. Puede considerársele un alumno destacado de la escuela montevideana del arte callejero y del circuito artístico local.

Si bien fijó su domicilio en Melbourne, Australia, dedica buena parte de su tiempo a recorrer el mundo dictando talleres, promoviendo su obra y nutriéndose del intercambio cultural que le ofrecen distintas ciudades europeas y americanas.
Además de artista, es empresario, dado que refuerza la divulgación de su obra mediante una fuerte identidad de marca plasmada en camisetas, pegatinas y librillos instructivos con las caligrafías que diseña.
Conversamos con él sobre su crecimiento artístico y su visión de la escena local del arte urbano.

¿A qué edad decidiste que querías incursionar en el arte?

Desde que tengo memoria, tengo una inclinación por la creatividad y, particularmente, por el arte visual. Supongo que se fue dando naturalmente. De pequeño me pasaba dibujando, generando mis propios afiches, cómics y pegatinas y probando todo marcador que me encontrara. Para responder de manera más específica: a la edad en que uno empieza a tomar decisiones por sí mismo. Cuando se me planteaba la disyuntiva de qué hacer, decidía hacer algo artístico. En algún recreo, por ejemplo. Siempre tomé clases electivas artísticas y desde pequeño pedía aprender un instrumento musical.

¿Qué papel juega tu padre en tu desarrollo artístico?

Uno importantísimo. Creo que crecer viendo cómo se desarrolla en su vida profesional, familiar y artística formó una visión de lo que yo quería para mí mismo. Y con esto no hablo particularmente de su obra, su técnica o su medio, sino de su filosofía y estilo de vida, que le dan una gran libertad, sea de viajar, de hacer lo que quiere trabajando o de reinventarse constantemente y buscar maneras de expresarse. Siempre me sentí identificado con esto y era algo que quería probar para mi vida: crear con libertad.

Además de un estilo de vida al cual apuntar, también me transmitió cierta filosofía artística, de trabajar con pasión, con intensidad, confianza, que, pienso, le da forma a mi estética de hoy en día: trazos sueltos, gestuales, auténticos. Ser audaz es algo que constantemente busco en mi trabajo.

Supongo que, además, verlo formar escuela y dar cátedra me debe haber transmitido algunos conceptos en mi vocación como profesor. ¡Veremos!

Buena parte de tu adolescencia y el comienzo de tu edad adulta los viviste en Montevideo. ¿Sentís que de algún modo la ciudad te inclinó hacia esta vocación?

Pienso que, aunque es probable que hubiera tenido una inclinación creativa sin importar la ciudad, Montevideo sí cumplió un rol. Por ejemplo, por estar en una ciudad relativamente pequeña y no conocer a tanta gente, viré hacia el grafiti en mi adolescencia, como outlet y rubro en el cual entretener mi creatividad de manera solitaria. También jugó su parte el hecho de que, siendo pequeña, “nos conocemos todos”. Pienso que eso hace que los creativos naturalmente se identifiquen y acerquen más entre sí cuando se dan cuenta de sus cualidades e intereses en común. Se genera una cierta incubadora creativa. Rápidamente mi círculo de amigos íntimos pasó a consistir de grafiteros, tatuadores, músicos, otros artistas, etc. Así que pienso que no me inclinó hacia esta vocación pero sí le dio forma.

Siendo nuevo en el área, participaste de una muestra en Kiosko, colaboraste con el Colectivo Wang. Recuerdo la creación de un mural sobre la calle 25 de Mayo. ¿Qué incidencia han tenido en tu arte arte este tipo de instancias?

Recuerdo ambos de estos momentos como un quiebre en mi carrera; el paso del anonimato del grafiti al ojo público; no solo por hacer más visible mi trabajo, sino por el desafío de aplicarlo a otras plataformas. Ya no era simplemente rayar la calle.
Pienso que lo más importante en ese momento fue darme cuenta de que la gente apreciaba lo que yo hacía. Hasta ese momento, nunca me había llegado un feedback sobre mi trabajo caligráfico en las calles y este me hizo darme cuenta de que había cierto valor en lo que estaba generando en aquel entonces. Por otra parte, me hizo conocer a mis pares de la escena local, entender cómo trabajan otros artistas, sus procesos, sus luchas, sus ideales. Me dio una manera de entenderme a mí mismo.

Empezar a moverme en estos ambientes también fue un empuje motivacional para mí. Yo tenía muchas dudas sobre qué hacer con mi tiempo, sobre quién era. El feedback que recibo siempre me ayudó a definirme. De adolescente estaba bastante abatido. Entre un mar de dudas, idas y venidas con universidades, institutos, talleres, el ver que mis colegas (todos con más experiencia y edad que yo) me aceptaban y me daban para adelante, confiaban en mi trabajo, me hizo pensar “bueno, quizás tenga un potencial que valga la pena perseguir”.

En los meses siguientes, empecé a moverme mucho más en esos círculos, lo que me hizo cambiar bastante. Mi grupo de amigos ya no eran solamente los del liceo, con los que jugaba al futbol. Pasé a formar parte de la escena de los creativos montevideanos, y se me presentaba como algo distinto, con gente muy variada. Esto fue tremendamente inspirador para mí. Recuerdo comencé a ir a noches temáticas del Club de Dibujo, que solían hacerse en el Bar Fénix. Aquí llegaban ilustradores, diseñadores gráficos, industriales, de moda, grafiteros, fotógrafos, etc., a tomar algo, charlar, y dibujar en un ambiente muy distendido. Yo era bastante tímido, pero me duró poco. Se me acercaron unos diseñadores que halagaron lo que había dibujado en el mantel de papel, diciéndome “che, qué buen lettering!”. En mi cabeza eso era simplemente grafiti. Resultaron ser los muchachos de Re-Robot quienes generosamente me invitaron luego a hacer una pasantía en su estudio. Allí me enseñaron gran parte de los fundamentos gráficos que manejo hoy en día. Pero más importantemente, cómo profesionalizarme, comercializar mi trabajo y lidiar con clientes. En definitiva, a comenzar a hacer algo con este “talento”. Al día de hoy lo recuerdo con gran cariño y me impresiona su generosidad desinteresada, ya que de verdad sentía que en aquel entonces yo tenía poco para ofrecerles. Dentro de los primeros tres meses me habían enseñado a usar programas de diseño, a convertir mis piezas de lettering en logos y estábamos diseñando e imprimiendo afiches de nuestras bandas preferidas de rock.

Creo que mi contacto con esta gente y la dinámica aprendiz-mentor, que ha sido un tema recurrente durante mi camino como artista, me han hecho apreciar mucho el compartir y enseñar. Quizás por eso me guste dar talleres. Recomiendo seguido a gente que busque un mentor y, si puede, tenga un aprendiz.

 

Tras muchos años viviendo en Australia, volviste a Montevideo, hiciste afiches durante un evento de La Tostaduría de Café Nómade, organizaste un taller en Sinergia. ¿Cómo sentís que has cambiado y que ha cambiado la escena local entre un momento y otro?

Como he vivido en otro país durante estos cambios, siento que no tengo una imagen fiel sobre cómo han sido los cambios entre ambas épocas (más o menos entre 2011 y 2018). Parece que el efecto “incubadora” de Montevideo dio sus frutos; que una generación de artistas con inquietudes en común encontró su rumbo pese a dificultades que se presentan en el ámbito local, como pueden ser la falta de instituciones, referentes, posibilidades laborales y aceptación local. Se generó una camada de artistas, diseñadores, creativos de varios rubros y edades en la que nos conocemos entre todos y se tejió un gran compañerismo. Eso logró que se haya podido crear una escena creativa local, sin necesariamente apoyo, participación o interés de empresas, otras generaciones o el Estado, por ejemplo. Es un movimiento independiente de creativos que no para de hacer cosas de valor y mostrarlo al mundo. Pienso que la escena local maduró y demostró que se puede. Me parece que vivimos un gran momento creativo en la región.

Uruguay tiene talento for export para rato. Podría brindársele más apoyo, incluso, pero se puede llegar con esfuerzo, dedicación y, sobre todo, amor por lo que uno hace. Licuado y Alfalfa, por mencionar a dos artistas destacados, son ejemplo de esto. Estoy muy agradecido de haber pasado el comienzo de mi carrera artística con ellos, aprendiendo en cada ocasión por ósmosis, simplemente estando a su lado.

¿Qué rol juega Melbourne en tu arte?

El choque cultural en sí moldea mi filosofía de trabajo. El hecho de viajar tan a menudo al crecer me hizo darme cuenta de que apunto a que mi obra tenga relevancia independientemente de un lugar físico. Por eso busco incorporar el viajar en mi carrera y las plataformas digitales. Melbourne es la ciudad que elegí como base, por gusto y conveniencia. Me fascina. Es una ciudad joven, próspera, artística, que me expone a muchas cosas que busco: una gran escena creativa y abundancia de oportunidades para plasmar mi arte.

Siendo que tuviste la posibilidad de recorrer buena parte del mundo, ¿qué otro lugar te ha impactado y nutrido artísticamente?

La oportunidad de viajar y la búsqueda en sí es lo que me nutre artísticamente. Pese a tener preferidos, no siento que ningún lugar me forme necesariamente más que el otro. Si tuviera que elegir uno: Montevideo, por todo lo descrito anteriormente.

¿Qué planes tenés como artista para el futuro próximo?

Continuar con una especialización en mi rubro y, simultáneamente, incorporar nuevos medios y trabajos a mi repertorio. En un futuro cercano, busco desarrollar fuentes digitales y murales de gran escala, por ejemplo. También me interesa continuar desarrollándome como profesor, compartiendo mis conocimientos e ideas, y también como erudito, experto en la materia tipográfica, por ejemplo.

Compartir algo que la gente aprecia valida mi trabajo y me hace sentir que estoy haciendo un bien. Encuentro mucho más satisfactorio compartir mi trabajo con alumnos que completar un buen trabajo privado para un cliente. Me parece que trasciendo mi obra cuando es apreciada por otro; y ¿qué mejor manera que enseñando y dando charlas?

 

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Rafael Córdoba

Rafael Córdoba

Licenciado en Letras por la Universidad del Salvador (Buenos Aires), profesor de Lengua y Literatura, redactor de contenidos, corrector de estilo.

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