El destino del Museo Gurvich por Daniel Benoit Cassou

El destino del Museo Gurvich

En estos días festivos, los uruguayos nos hemos sorprendido con la novedad de la venta del Museo Gurvich al Estado. Ya es habitual que este tipo de noticias, así como el aumento en las tarifas e impuestos, salgan a la luz cuando los ciudadanos nos encontramos distraídos en medio de celebraciones como los mundiales de fútbol, donde solo queremos disfrutar del evento o como en este caso en plenas fiestas.

La noticia, más allá de la indignación general que ha producido, comenzó casi de forma jocosa haciendo referencia a que se trataba de otro beneficio que se auto concedía la familia de nuestro ministro de Economía, el Cr. Danilo Astori, ya que su hija trabaja en dicho museo.

Me enteré a través de una amiga que antes de difundir la noticia en las redes, me llamó para preguntarme la veracidad de la misma. En virtud de ello, no dudé un minuto y me puse en contacto con la directora que conozco en forma personal, y quien además de confirmarme el rumor me pidió mi opinión.

Creo que cuando la noticia de la eventual compra salió a la luz, ya se había concretado. Ya estaba firmada la venta, pues a mi criterio lo hicieron todo muy rápido y bajo cuerda para no dar chance alguna a la opinión pública.

Desde la creación de este museo en el 2005, aplaudí la idea y me alegré en virtud de que se trataba de un artista nacional de reconocimiento mundial.

Cabe aclarar quién fue José Gurvich, pues la mayoría de los uruguayos, fuera del ámbito cultural, deben de estar tomando nota del artista a partir de esta noticia.

Nació en Lituania en una familia judía con el nombre Zusmanas Gurvicius en 1927 y falleció muy joven en Nueva York en 1974. En 1932 llega a Montevideo, donde su padre vivía desde hacía un año y en 1945 ingresa en el Taller de Joaquín Torres García, convirtiéndose en su alumno más destacado. Viaja unos años de forma intermitente a Israel viviendo en un kibutz, lugar de inspiración de gran parte de su obra y en medio de la organización de una muestra para el Museo del Holocausto en Nueva York, fallece de un infarto a la edad de 42 años.

Su familia, con su viuda y su hijo Martín a la cabeza, se ocuparon de la difusión de la obra abriendo inicialmente un museo frente a la Plaza Matriz, en un espacio muy amplio y de buena circularidad para el público. Con posterioridad, optaron por mudarse para la sede actual sobre la calle Sarandí, muy cerquita del edificio anterior, que actualmente dirige Vivian Honigsberg, proveniente del ámbito comercial, habiendo estado al frente de una galería de arte desde hace no mucho tiempo. También trabaja allí Florencia Astori, hija del ministro, a cargo del departamento de Prensa y Comunicación.

La remodelación del edificio fue designada a los arquitectos Fernando Giordano y Rafael Lorente logrando la obtención de 900m2 a partir del espacio inicial de poco más de quinientos metros.

Hasta acá todo bien. Se trataba de una iniciativa privada de los sucesores de José Gurvich, que optaron por mantener la obra del artista en el país que le vio crecer y le dio las oportunidades laborales tanto para él como para su familia. Seguramente que problemas de índole económico, como atraviesan la mayoría de las empresas en nuestro país, más aún las de índole cultural, llevaron a proponer la venta del museo, cosa que también me parece correcto. El tema no radica en el vendedor sino en quien lo compra.

Nuestro gobierno opta por la adquisición tanto del edificio como de la obra en total, dejando en manos la administración del mismo a los funcionarios actuales. Una operación híbrida y confusa.

Uruguay carece de un museo que reúna las obras no solo de nuestros artistas fallecidos de reconocimiento tanto local como internacional, algunos quienes ocupan lugares destacados dentro del ámbito artístico fuera de nuestro país, sino que carecemos aun de un espacio que rinda culto a artistas vivos de trayectoria reconocida. Es así, que existen varios museos distribuidos con un poco de obra de cada artista que no hace justicia a todos, lo que nos obliga, cada vez que queremos enseñar nuestra historia de arte a nuestros jóvenes, así como a los extranjeros, a realizar un periplo por varios lugares, lo que debe incluir también colecciones privadas. Las obras más importantes de nuestros artistas están en el exterior tanto en museos como en colecciones particulares. Muy poco se ha encargado el Estado de adquirir obra vital para nuestras colecciones públicas. No escapa del caso la obra de Gurvich, donde la mejor y más representativa fue vendida al exterior.

Lo más lógico, frente a una situación como la que atravesaba este museo, era que se buscaran alternativas a nivel privado, como lo hacen todas las empresas. Que subastaran la obra y que el Estado hubiera adquirido la que a su criterio consideraba vital para mantenerlo dentro del país.

El edificio luego de haber sido remodelado, logró potenciar sus espacios para la exposición de las obras, pero no por ello se convirtió en el lugar más apropiado para la exhibición de las mismas. En determinados lugares no existe la distancia suficiente para lograr la visibilidad y la perspectiva que las obras requieren y en otros los espacios son demasiado estrechos al grado de que el espectador se siente asfixiado, fundamentalmente en los pisos superiores. El ascensor único y de dimensiones reducidas es de uso restringido, lo que obliga al visitante a desplazarse por la escalera también estrecha que resta disfrute en el recorrido del espectador.

Con esto entendemos que, si bien se logró la mejor resolución arquitectónica por parte de los profesionales frente a las cualidades del edificio teniendo en cuenta un presupuesto acotado, no resulta el lugar ideal para alojar un museo.

El Estado podría haber comprado parte de la obra y haber usado esa porción de dinero destinada al edificio, que no fue poca tratándose de 700 mil dólares, o bien a remodelar alguno de los museos existentes o a refaccionar alguna de las tantas casas patrimonio nacional que se encuentran cerradas, en desuso esperando ser desempolvadas y recobrar la vida que otrora tuvieran. Allí podrían alojarse un compendio de obras de artistas nacionales bajo una comisión que se encargara de reunir y recuperar obras vitales para nuestra historia del arte.

La obra del museo fue tasada por Juan Castells en 2:1 millones y el Estado complaciente pagó sin chistar sumado a los 700 mil del edificio.

¡Cuánto podríamos hacer con ese dinero por el arte nacional o por la cultura que tan aquejada está!

No estoy de acuerdo con el procedimiento, ni con el precio, ni con la decisión. También faltaría un programa de acción amén de la transparencia de la transacción.

Era preferible en todo caso, vender la obra a manos extranjeras, quienes han hecho y hacen mucho más por difundir nuestros artistas. Museos como el Reina Sofía de Madrid o el Malba de Costantini en Buenos Aires, por solo nombrar algunos, se hubieran ocupado mejor que nuestro Estado que poco y nada hace por el arte nacional.

Antes deberíamos de encargarnos de desarrollar una plataforma comercial para defender y difundir a nuestros artistas. Tenemos una bienal que viene luchando edición tras edición y que no cuenta con el apoyo económico del gobierno que debiera. Cada vez la bienal de Montevideo se reduce más y eso redunda en una deficiente difusión del arte nacional mucho más el posicionamiento como plataforma internacional que se pretende. Otro tanto con las galerías de arte que no encuentran el ámbito acorde para el desarrollo del mercado del arte, debiendo participar en ferias fuera del país para posicionar nuestros artistas, hablando siempre de unas pocas que lo logran, y con clientes en su amplia mayoría extranjeros. No tenemos mercado de arte definido y las obras cotizan en virtud de los precios de los rematadores que no son especialistas en el tema y que venden al mejor postor sin siquiera considerar un valor base de las obras tanto dentro como fuera del país.

Es muy difícil subsistir en el ámbito artístico en Uruguay, mucho menos con este tipo de decisiones inconsultas, que benefician los bolsillos de algunos, perjudicando al arte nacional, amén de la economía del país que no está pasando por su mejor momento. Antes de poner dinero en ese emprendimiento, habría que pensar en muchas otras necesidades vitales para el desarrollo nacional, más allá de que sabemos del inexistente interés que representa el arte para el Estado. Todo lo que nos lleva a pensar que en esta transacción hubo intereses ocultos, diferentes a los aparentes.

Las mejores obras de Gurvich no están en el museo, tampoco se trata del edificio acorde y hay decenas de proyectos esperando la aprobación, ¿por qué entonces proceder así de esta forma tan poco democrática?

Si el Estado realmente quiere dar una mano a las artes visuales, en este caso logró todo lo contrario.

 

 

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Daniel Benoit Cassou

Daniel Benoit Cassou

Daniel Benoit - (Uruguay, 1961), es contador público de profesión. Hizo su formación artística en los talleres de Hugo Longa, Clever Lara y Lacy Duarte; escultura con José Pelayo y fotografía con Enrique Abal, Oscar Bonilla y Roberto Schettini. Realizó cursos de formación teórica con Nelson Di Maggio, Alfredo Torres, Nelson Baliño y Emma Sanguinetti, entre otros. Ha participado en muestras de fotografias, colectivas asi como individuales: 2007 – Facultad de Ciencias Económicas; Centro Cultural Lapido; Club de Golf; Fotogramas - Montevideo 2009 – Galería de arte La Pasionaria – Club de Golf - Montevideo 2010 – A la Follie; Trattoria La Commedia; Club de Golf – Montevideo 2011 – Museo del Azulejo; Fotograma; Club de Golf – Montevideo; Bienal X – Salto 2012 – Espacio Innova – Punta del Este Es asiduo asistente a las principales bienales de arte: Venecia, Lyon, San Pablo, Cuba, Porto Alegre, Lima, así como ferias de Basilea, Paris, Buenos Aires, entre otras. Es coleccionista de arte nacional, asesor de arte contemporáneo, escribe en sus blogs y es columnista de la revista de arte nacional “Cooltivarte” desde el 2012, asi como de la revista “Arte” del periodico “El Pais”. Blogs: www.coleccionbenoit.blogspot.com ; www.asesordarte.blogspot.com

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