Regina José Galindo (Guatemala 1974). Mujer, artista, poeta, performer, carne, piel, dolor, huesos, dientes, entrañas. Si alguien se acercase alguna vez y preguntase qué es lo que genera en mí la obra de Regina, enunciaría todas las palabras con las que he comenzado esta nota.

El cuerpo compartido de Regina José Galindo

Regina José Galindo (Guatemala 1974). Mujer, artista, poeta, performer, carne, piel, dolor, huesos, dientes, entrañas. Si alguien se acercase alguna vez y preguntase  qué es lo que genera en mí la obra de Regina, enunciaría todas las palabras con las que he comenzado esta nota. Ella es, en sí, una artista frenética en guerra contra la injusticia social. No es una activista, no es alguien que da su vida por la vida de otro, no fusila gobernantes, y su nombre no aparece en las listas de exiliados o refugiados de guerra, no. Es meramente un canal transmisor, dice lo que ve porque lo que ve duele. Grita lo que escucha y no oyen otros. Decapita estados de ánimo ficticios y no se calla, sobre todo, no se calla. ¿Tiene miedo? Seguramente el mismo que tenemos todos, pero ella habla, gesticula, manifiesta su rabia y la escupe a través de una obra artística. Su historia pública comenzó en los años 90 elevándose hasta el cielo de un puente en Guatemala recitando sus poemas y lanzándolos al aire pasajero. Le voy a gritar al viento fue el nombre elegido para esta acrobacia poética. La obra de Regina impacta, quiebra el estado del alma e intoxica de luz la oscuridad corrupta de las cosas. Es, en esencia, un disparo directo a la aorta en un mundo putrefacto, arte en movimiento, acción, renacimiento y muerte circular. Su trabajo se centra en su propio cuerpo, un cuerpo que es compartido y sometido brutalmente a violencia. ¿Su intención? Reflejar las experiencias de otros dentro de una realidad dolorosa.

Sabiendo todo lo anterior, no es de extrañar que la hayamos podido ver, por ejemplo, en el interior de una bolsa de plástico en un basurero de Guatemala (No perdemos nada con nacer, 1999), encerrada en una celda conectada a una bomba de oxígeno (Todos estamos muriendo, 2000), afeitada y despojada de todo el vello de su cuerpo caminando por las calles de Venecia (Piel, 2001), dibujando con sangre humana la huella de sus pasos (¿Quién puede borrar las huellas? 2003), embarazada atada a una cama con cordones umbilicales (Mientras, ellos siguen libres 2007), llevando una extensión de cabello de mujeres muertas sin identificar (Extensión, 2008), en el interior de una cámara mortuoria refrigerada (Piel de gallina 2012), o cubierta de carbón, inmóvil, siendo orinada por voluntarios (Piedra 2013).

Y toda esta violencia, ¿para qué? ¿Es gratuita? ¿Tiene tendencias masoquistas? ¿Busca la provocación? No. Nada es gratuito o casual en su obra. Lleva el cuerpo a situaciones límite para provocar una reacción, una reflexión en los otros. Denuncia y cuestiona, cuestiona y denuncia como mujer, como guatemalteca y como persona. Muestra el dolor de una Guatemala violada y conservada en carne viva. Habla del maltrato a la mujer, de genocidios y matanzas. Visibiliza cadáveres e intenta crear un vínculo, una conexión entre ella y nosotros, entre nosotros y ellos, los olvidados, porque en el fondo –y a pesar de todo el lodo – hay lugar de sanación porque hay lucha, y donde hay lucha hay vida, y donde hay vida –dicen – hay esperanza.

Foto: http://www.reginajosegalindo.com/

 

   

 

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Lucía Baltar

Lucía Baltar

Ciudadana del mundo, mendiga en la tierra. Gritó por primera vez una mañana de marzo de 1987. A los 12 años escribió sus primeros poemas –todos ellos prescindibles-. Llenó libretas durante años. Ganó un premio literario a los 19. Estudió la carrera de psicología pero nunca se atrevió a ejercerla. Terminó un Máster de Escritura Creativa y realizó un poemario. Emigró de España en abril de 2014 –su pasaporte dice que nació en las Islas Canarias. Ella no lo niega–. La mayor parte de su tiempo lo pasa observando la vida de otros, leyendo la vida de otros y escuchando la vida de otros. Ahora se entretiene escribiendo con la luz y robando suspiros con la cámara fotográfica. Ha aprendido a cebar mate, a decir “ta” y “bo” mientras habla y a cruzar en rojo. Se distrae con facilidad, se apasiona por completo y escribe para gritar con igual intensidad que aquella mañana del 87, es decir, con sangre, fluidos y la carne desgarrada.







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