En la foto Eduardo Bleier, cuya sonrisa y su praxis humanista perdura en la memoria, ese lugar más significativo que la tierra o el mar.

Detenidos – desaparecidos III

Cultura democrática, Ejército y neofascismo

La sociedad democrática del Uruguay, en su esfuerzo por acceder a la verdad sobre los crímenes de la dictadura, aprendió a poner en práctica una rigurosa acción político judicial, una paciente gestión técnico investigativa y una tesonera acción cultural y comunicacional.

Enunciado así, el texto apenas si dice algo sobre la epopeya.

Sobre las tensiones que caracterizaron al proceso, con jueces y fiscales desplazados, periodistas e investigadores amenazados, hurtos de implementos técnicos, amedrentamiento de testigos, permanentes acciones de contrainteligencia, operaciones mediáticas…

Algún día periodistas como Alberto Silva, que realizó un prolijo trabajo de sistematización de testimonios desde los tiempos de su colaboración con José Germán Araújo en CX 30 (el primero al que un testigo le relató enterramientos en el 13), Roger Rodríguez, Gabriel Mazzarovich, Georgina Mayo o Ivonne Trías por citar a unos pocos de medios diferentes y que no han dejado nunca de continuar las investigaciones, tendrán que exponer la entera complejidad de la sucesión de hechos cuyo propósito lo era el encubrimiento de la verdad.

Y algún día habrá que llegar a exponer, con crudeza y transparencia, los detalles de la acción más grave, ética y culturalmente, de la represión, cual fue la decisión – cualquiera que haya sido la forma de su ejecución- de exhumar la totalidad o parte de los restos de los detenidos – desaparecidos. De desaparecer a lo ya desaparecido. De encubrir el horror.

Las consecuencias de esa práctica primero de negación de la existencia de los detenidos desaparecidos y luego de eliminación de las pruebas de su existencia incluso en la forma de restos óseos no perjudicó, en la forma de traumas y dificultades para desenvolver la existencia vital con cierta normalidad, únicamente a los más directos familiares, hasta hoy, con casos que por delicadeza evitaré describir, sino la espiritualidad democrática que había sido consustancial a lo uruguayo y que trabajosamente la sociedad ha ido regenerando.

Pero es imprescindible señalar que la “Operación Encubrimiento” deterioró hondamente la calidad ética de la cultura general de la nación.

Y que una operación en curso, naturalmente menos salvaje, pero histórico culturalmente no menos perjudicial para la democracia está teniendo lugar en el momento en el que escribo: tratase de la “humanización” del neofascismo.

De la que participan entre otros un filósofo de la “autoridad”, un abogado novísimamente ecologista, un poeta futurista, y en fin, decenas de nostálgicos de la escuela de la logia: “Patria, Familia y Propiedad” que se hamacan entre los sectores más conservadores del Partido Nacional y Cabildo Abierto. La antigua Tradición, Familia y Propiedad…

“Patria” para ejercer el autoritarismo patricio clerical, “familia” para ejercer el autoritarismo patriarcal y “propiedad” para poner al Estado a defender sus intereses terratenientes. Siguen la «tradición»…

(Dicho muy de pasada, esta operación en curso, por las lógicas ultratradicionalistas que trabaja, está muy relacionada con el síndrome del “machismo”, responsable de la muerte de decenas de mujeres. Así como el encubrimiento del destino de los detenidos desaparecidos constituyó la más grave afectación a la ética de la democracia en el pasado, en el presente lo constituye esa amalgama de prácticas y discursos de clase, elitistas, jerárquicos, que es una de las causas de los femicidios).

Desde el 900 hasta la década del 60 del siglo XX el país había producido un desarrollo incremental de su cultura, en todas las esferas.

La dictadura constituyó, tanto por sus prácticas represivas como por su contenido fascista, un quiebre radical de aquel proceso, la instalación de unas acciones y unos discursos que empobrecieron hasta la caricatura al acumulado cultural tan trabajosamente construido.

La prolongación posterior de muchos de los relatos surgidos en los años previos a la dictadura y sellados en su transcurso, entre otras cosas por la lógica de encubrimiento de los hechos y la protección de sus responsables contribuyó a lo que con Arendt podemos denominar como “la banalización del horror”.

Tanto a partir de su actitud de respaldo a la demanda de verdad, como en las marchas del 20 de mayo, como a través de su aporte mesurado y lúcido a la regeneración general de la institucionalidad democrática en todos los planos, lenta, pero consistentemente, la sociedad uruguaya comenzó sin embargo hacia el final del siglo XX a recuperar la calidad de su cultura.

Desde la infraestructura en la que se desenvuelven las expresiones artísticas hasta la calidad profesional del Instituto Policial, para citar dos esferas bien diferentes que ponen en evidencia su extensión.

Como una isla en la que se preserva la suciedad del oscuro período dictatorial, permaneció ajeno a ese proceso de regeneración cultural, en cuanto institución, el Ejército de la República.

¿Cómo se explica ese fenómeno?

Además de la promoción del pacto cuasimafioso del silencio y el encubrimiento (impunidad) que perseguían objetivos políticos, (más allá de la ley de caducidad y sus complejidades históricas, de su aprobación mayoritaria, etc.) hay un componente que quizá ayude a comprender la reproducción insana de las lógicas del encubrimiento en esa institución del Estado.

Y que como difícilmente vuelva a escribir sobre esta temática resulta necesario, aunque muy sucintamente, exponer.

Resulta necesario explicar, comprender, ¿cómo es posible que una institución del Estado uruguayo, esto es, una institución perteneciente a uno de los pocos países que han logrado consolidar institucionalmente una democracia republicana plena, el Ejército, no haya tenido ni el coraje, ni la aptitud científico profesional ni político cultural de esclarecer hasta el hueso (literalmente hasta los huesos) los crímenes que protagonizó?

Que por lo menos una mayoría de la oficialidad no haya tenido la lucidez de recuperar el prestigio democrático artiguista de la Institución que integran para legar a las generaciones que les sucederían un cuerpo profesional preparado para afrontar los complejísimos desafíos del siglo XXI.

Para acercarnos a una posible respuesta a la degradación ética de las instituciones militares, que de eso se trata en suma, además de las razones evidentes ya enunciadas arriba (discurso de la guerra fría propagado por el ultra conservadurismo de algunas dependencias estatales de EEUU, ley de caducidad) existe una más, que corresponde dejar escrita.

Se trata de un proceso al que vamos a calificar como “la lumpenización” cultural de buena parte de los oficiales del Ejército uruguayo.

La crisis de la economía nacional que desde los sesentas hasta entrado el siglo XXI se tornó estructural, con períodos muy extensos de crecimiento muy poco significativo, produjo la emergencia de un empobrecimiento radical de vastos sectores de la sociedad.

Y la reacción histérica de las clases sociales terratenientes, de donde provenían varios de los oficiales, ante las demandas democratizadoras de las relaciones sociales de los sectores populares empobrecidos o que corrían el riesgo de empobrecerse.

Ciertamente, algunos de estos sectores sociales que pasaron a vivir en condiciones de pobreza extrema estructural, sobre todo los que dejaron de pertenecer a organizaciones sociales (prohibidas, demonizadas, etc.) y los fenómenos sociales que de ello se derivan generaron al mismo tiempo la emergencia de respuestas meramente “tácticas” del Estado uruguayo.

Políticas estatalistas y clientelares de empleo, y el aferrarse al beneficio de contar con ingresos estatales, por mínimos que fueran en algunos períodos, de miles y miles de personas que no disponían de otras alternativas en el “mercado laboral”.

No es aquí el lugar para realizar un análisis científico, económico social, del problema, pero, reitero, resulta necesario exponerlo mínimamente para contribuir a buscar explicaciones a la “lumpenización” cultural de algunas instituciones estatales, entre ellas del Ejército, durante la dictadura y hasta bien entrado el siglo XXI.

Pues aunque buena parte de los oficiales de las Fuerzas Armadas uruguayas provienen de familias de militares, algunas de ellas pertenecientes a las clases altas de la producción agropecuaria, o a las clases medias profesionales, el temor a perder legitimidad en cuanto la validación de su necesidad como institución con fines específicos necesarios para la sociedad operó negativamente respecto del posicionamiento político cultural de sus integrantes profesionales.

Muchos de los oficiales que participaron del aparato represivo por lo demás, a la salida de la dictadura, por las razones expuestas arriba, se convirtieron, lisa y llanamente, en delincuentes. Y fueron protegidos por las mismas razones. “Cuidar” el prestigio de la Institución militar.

Varios de esos represores participaron activamente tanto en las operaciones de encubrimiento de las prácticas del terrorismo de Estado como en las acciones de amedrentamiento de los ciudadanos que procuraron aportar datos para el esclarecimiento de la situación de los detenidos – desaparecidos.

Puede y resulta necesario escribir muchos ensayos sobre este proceso de lumpenización cultural de demasiados oficiales del Ejército uruguayo.

Pero no es el objeto de este artículo periodístico sin embargo, que lo que se propuso fue hacer notar que también la noción de “Operación Zanahoria” formó parte de la serie de prácticas cínicas, amorales, producto de esa lumpenización, al tiempo que procuraba describir los componentes principales de la “Operación encubrimiento” y, por razones personales, homenajear a algunas de las personalidades de todas las esferas que a su modo contribuyeron a resquebrajar la “lógica de la impunidad”.

Paralelamente a las investigaciones periodísticas de las que aquí se da cuenta, como ya se señaló, tuvieron lugar desde 1996 y hasta la conformación de la Comisión para la Paz, decenas de reuniones orientadas a lograr reunir las voluntades necesarias para revelar la verdad sobre lo ocurrido con los detenidos – desaparecidos.

El 10 de mayo de 1996, pocos días antes de la primer convocatoria a la Marcha del Silencio, realizada públicamente por el hoy senador Rafael Michelini, la revista Posdata publicó lo que denominó en tapa como una “crónica del principio del fin del silencio”.

La crónica periodística estuvo acompañada por columnas de opinión respaldando la necesidad de acceder a la verdad sobre lo ocurrido con los detenidos desaparecidos. Escribieron el dirigente frenteamplista Jaime Pérez, Matilde Rodríguez Larreta de Gutiérrez Ruiz, Rafael Michelini, el entonces obispo de Tacuarembó, Julio César Bonino, el autor de esta crónica, entonces editor general de la Revista y su director, Manuel Flores Silva.

En aquel proceso que comenzó en 1996, que luego condujo a la formación de la Comisión para la Paz y más tarde a la aplicación radical del artículo 4 de la ley de caducidad fueron protagonistas muchos dirigentes políticos, sociales, religiosos y culturales.

Al principio, en algunos casos, con reticencias sobre si resultaría conveniente o no “reabrir el tema”, pero luego, comprometidamente.

Contó aquel esfuerzo con el apoyo entre otros de Matilde Rodríguez, Alberto Volonté, Juan Raúl Ferreira y Luis Alberto Heber, del Partido Nacional, Manuel Flores Silva, Alejandro Atchugarry, y Guillermo Stirling, (los dos últimos dudaron durante algunos meses, pero luego se sumaron) del Partido Colorado, Pablo Galimberti (por la Iglesia Católica), Saúl Gilvich (de la comunidad judía del Uruguay) y, lógicamente, de los hermanos Michelini, Perico Pérez Aguirre, Familiares de Detenidos Desaparecidos, Gabriel Mazzarovich, el Dr. Gonzalo Fernández Pepe D´Elía y el PIT – CNT en su conjunto, José “Pepe” Bayardi, Gonzalo Carámbula y muchas otras personalidades y periodistas que fueron plegándose.

Entre las personalidades cientos de artistas como Fernando Cabrera, Fidel Sclavo, (Editor de arte de Posdata), otro editor de Posdata, Roberto Domínguez, (Mapocho), el “Darno”, escritores, músicos, ensayistas, dramaturgos, cineastas…

Quede aquí registro de aquellas solidaridades que en este campo iniciaron el proceso de regeneración cultural de la democracia uruguaya.

 

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Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/

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