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Chango Spasiuk: bella conexión cielo-tierra

Anoche, 12 de mayo de 2018, Chango Spasiuk se presentó en Montevideo con su grupo y ofreció un concierto generoso y memorable.

Hay varias formas emocionales de llegar a un toque. A veces llego expectante, entusiasmada o escéptica. Otras cansada o distraída, o pasada de rosca. Anoche llegué a la querida Sala Zitarrosa con calma y con la única expectativa de aprovechar la experiencia Chango Spasiuk en toda su dimensión.

Por otra parte, hay dos grandes maneras de salir a un escenario: conectado con uno mismo y con la puerta a las estrellas, o no. Es cierto que hay quienes conectan más tarde pero cuando un músico ya inicia su presentación desde ese espacio vacío y fértil, la experiencia suele ser genial.

Hay un tercer elemento en esta fórmula química de la magia: el público como unidad, ese conjunto de individuales energéticas que se amalgaman más o menos armónicamente, entre sí y con el artista, y que de principio a fin interactuarán contribuyendo más o menos con lo que suceda.

El gran cuarto elemento de un show musical es el sonidista y sus habilidades para que estés donde estés sentado en la sala, escuches cada sonido con la nitidez y el volumen más conveniente.

Anoche, para regocijo de todos, conjugaron las cuatro condiciones de la mejor manera.

Como público, los uruguayos somos poco expresivos, pero se puede reconocer la admiración en la calidad y duración de los aplausos. A la entrada de Chango el aplauso fue compacto y extenso y al terminar el primer tema el público aplaudió intensamente por largos veinticinco segundos. Eso en términos montevideanos implica fascinación.

Comenzó el viaje con su “Tristeza”, a dos guitarras (Diego Arolfo y Marcos Villalba), violín (Juan Pablo Farhat) y acordeón. Una música intensa, profunda, que te acoge y te desgarra a la vez. Hubo un momento de protagonismo de una de las guitarras que fue especialmente bonito e inmediatamente una comunión gozosa del violín y el acordeón, que juntos generaron una cualidad de sonido a la que no nos exponemos tan seguido y que es muy placentera.

A medida que avanzaba, la trama sonora iba conformando diferentes paisajes, manteniendo siempre ese carácter introspectivo y a la vez festivo, nostálgico y jovial, íntimo y radiante. A lo largo del concierto la antorcha líder fue pasándose de músico a músico, lo que derivó en una experiencia rica y no predecible.

Marcos Villalba en la percusión es gran responsable del espíritu y la energía del show. Lo que gesta en el cajón me genera mucha admiración. Con escobillas, manos, puños, dedos este hombre logra una enorme paleta de colores sonoros que impulsan el barco con arte y decisión. ¡Tiene una energía arrolladora con efecto hechizante! Me fascinó escuchar cómo su impronta personal sigue intacta cuando pasa a la guitarra y cuando canta. Cambia de instrumentos, cambian los sonidos en sí, pero el efecto profundo es muy similar, lo cual para mí es una prueba más de que lo que sucede en estas instancias musicales tiene además de la sonora, la dimensión energética.

Diego Arolfo en la guitarra tiene un papel importante también en el componente rítmico del grupo. Llaman la atención los arreglos rítmicos entre ambas guitarras cuando tocan juntas y entre la guitarra de Arolfo y los demás instrumentos en la mayoría del show. El trabajo armónico de toda la banda sorprende por su riqueza y originalidad. Es una música diferente pero que se siente cómoda y es bienvenida desde el corazón. Arolfo cantó un par de canciones y en su voz podía sentirse la misma impronta de generosidad y honestidad de todo el resto de los sonidos de la noche. Hay una pureza de intención en el regalo de esta banda que es compacta encima del escenario y que llega nítidamente a las butacas.

A modo de apunte entre paréntesis, me resultó llamativa la ausencia del bajo y notar que en verdad, aquí, no hacía falta.

La participación de Juan Pablo Farhat con su violín fue otra genialidad. Nos trasladó a un tiempo-espacio diferente. Elijo recordar para siempre su diálogo con el acordeón, algunos unísonos, ciertas melodías, una nota aguda que cual flecha encendida desató toda la festividad de forma magistral por el cuarto tema, y los punteos con los dedos que generaban unos sonidos mágicamente profundos.

A la media hora de comenzar, Chango Spasiuk explicó que tocaría músicas que había compuesto para películas y que no habían sido tocadas en vivo ni editadas hasta que sacó el CD “Otras músicas”. Para esta segunda parte convocó al escenario al pianista Matías Martino, quien participaría de todo el resto del concierto, al principio tocando el piano acústico de la sala y más adelante un piano eléctrico.

La calidez y amabilidad de los sonidos de Martino en el piano fueron un deleite aparte. Le agregó a toda la convivencia ese ingrediente tan particularmente cálido y gentil que dan las cuerdas y la madera, con un toque de su parte muy cuidadoso y respetuoso pero distendido y feliz.

Estas composiciones hechas para películas te inundan de emociones y paisajes. Por un lado, se las siente más pensadas que las canciones chamameceras y por otro lado tienen un vuelo diferente y generan múltiples realidades.

En esta sección del show tocaron una canción, con aire de cuna, en la que un mismo motivo, descendente, iba pasando por los diferentes instrumentos, inundando todo con amor. Me resultó brevísimo. Al terminar, el hombre delante mío le pasa el brazo por el hombro a su compañera y esta apoya su cabeza en él. ¡Cuánto bien nos hace lo que surge del lugar adecuado!

Luego siguió un momento con mucho aire, a dos guitarras, piano, violín y acordeón, con unos arreglos preciosos y muchos paisajes de la naturaleza llegándonos en forma de notas.

En Uruguay algunos andan con el termo y el mate y otros andan con el acordeón“, bromeó Chango Spasiuk, y presentó al gran Hugo Fattoruso.

Lo que se divirtieron esos dos, no tiene nombre. Se los notaba a ambos en su salsa, disfrutando a más no poder del encuentro, con cara de felicidad extrema. Fue un privilegio y una gozadera ese instante compartido, exultante, probablemente irrepetible y maravilloso.

Al comenzar el siguiente tema, con una intro de piano tranquilísima, dulce, introspectiva, amorosa, luego el violín y el acordeón con la más alta dulzura imaginables, surge mi reverencia absoluta a esa versatilidad emocional que tienen los grandes músicos que les permite pasar de un universo a otro en cuestión de segundos. Al finalizar, un señor sentado atrás mío comenta: “mañana voy a buscar la guitarra”. Yo continúo observando las capas y más capas de efectos disparados porque a un ser humano se le ocurre expresarse con un instrumento musical y hacerlo desde la honestidad y la coherencia.

Sigue el tema “Infancia”, donde otra vez quedo boquiabierta con Villalba, el jarrón, el shaker y el cajón, y los matices geniales de volumen y sentimiento de todos los músicos. El sentimiento profundo con el que toca Chango, las sonrisas, la complicidad, la hermosura de la generosidad y del deseo colectivo de compartir.

Al momento siguiente, visiblemente emocionado, Chango Spasiuk presentó a su siguiente invitada: Ana Prada, quien aportó, con su actitud y voz bellas, un precioso toque de alegría, ternura y confianza. Cantó una canción de cuna con música de Spasiuk y una letra con historia interesante, “Sueños de niñez”, y su propia canción, “Brillantina de agua”. La letra de “Sueños de niñez” fue escrita por un niño en situación de calle, en el marco de un taller literario organizado por una ONG.

Todo seguiría desplegándose por muy diferentes áreas: zonas tangueras, un solo de percusión arrollador y fascinante y mucha más inspiración de sentimientos.

Para mi regocijo, Chango Spasiuk nos regaló también algunas palabras durante el toque. Sobre el final, le pidieron que volviera pronto a Montevideo y él respondió:

Ojalá. Realmente es un momento del mundo interesante y todos necesitamos vernos más seguido. Como dice Atahualpa, tenemos que tratar de encontrar la sombra que el corazón ansía. Eso se hace colectivamente, viendo la diversidad no como un problema sino como un tesoro. En América todos tenemos sangre de indios en las venas y otros las tienen en las manos. La diversidad en muchos lugares del mundo parece que es un problema. Acá tenemos que aprender que es un tesoro del cual nos podemos nutrir todos. Estamos hechos de diversidad. El problema a veces es la ignorancia, el profundo desconocimiento. Cuando aparece el conocimiento, echa luz y ve que hay tantos vasos comunicantes. Y la música crea esa oportunidad, nos da esa posibilidad“.

Presenciar un concierto de Chango Spasiuk es muchísimo más que disfrutar de la maestría musical. La maestría y el buen gusto son características intrínsecas de Spasiuk pero también lo es su habilidad personal para conectar al cielo con la tierra. El espacio desde el que él crea y ejecuta tiene para nosotros, audiencia, un valor adicional y esencial: nos ayuda a conectar mejor con nuestro interior y con nuestro gozo, y nos abre la puerta para que podamos expandir nuestra propia conciencia, instalándonos en ese espacio de amplia riqueza emocional, de autenticidad, disfrute expansivo y existencia significativa.

Escuchando sonidos que hacen emerger en nosotros, simultáneamente, de forma palpable, emociones variadas, a veces inclusive contradictorias, es más fácil poder observar nuestro mundo interior multifacético. Lo cual deriva, necesariamente, en eso que Spasiuk suele mencionar: “sentirse un poco más a salvo“. ¿Cómo no agradecer tal regalo? Gracias sentidas.

 

 

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Patricia Schiavone

Patricia Schiavone

Patricia Schiavone es Coach Personal, Practicante e Instructora de Reiki y amante de la música. Su página de facebook: @sersentiryhacer y su web: https://patriciaschiavone.com







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