Goya y el horror de la guerra

Carta abierta a Pepe Mujica y Vladimir Putin

I.-

La interrelación orgánica de la especie humana, predijo Marx, iba a empujar el surgimiento de un orden nuevo orientado a democratizar las relaciones sociales; pero para que ello ocurriese, en determinado momento y en determinadas condiciones históricas, iba a resultar inevitable un instante revolucionario cuyo objeto era “reducir los dolores del parto”, necesariamente previos a la emergencia de ese orden nuevo.

El proceso histórico de la humanidad ponía ello en evidencia antes de Marx y con particular dramaticidad lo puso en evidencia luego.

Las clases dirigentes no ceden poder, salvo cuando no pueden evitar hacerlo para preservar, precisamente, espacios relevantes de poder.

La “libertad de ser libres” como lo enunciaba por su parte Hannah Arendt, no podía afirmarse socialmente si no a través de la revolución, de ahí su significación histórica, la significación histórica de las revoluciones burguesas y proletarias.

Su tema, como el de Engels en los últimos años de su vida, fue procurar comprender el siguiente dilema, que hoy vuelve a tener significación:

¿Cómo evitar que el contenido necesariamente radical de una revolución o un proceso radical de democratización de las relaciones sociales derive hacia el despotismo o hacia diferentes formas de autoritarismo?

Tanto porque todo proceso de transformación democratizadora de la sociedad tiene que lidiar con estructuras estatales que tienen sus propios intereses como porque tiene que hacer frente a reacciones contrarrevolucionarias. El nazismo y el fascismo eso fueron.

Los acontecimientos históricos de los últimos siglos pusieron en evidencia que para evitar la caída en el despotismo resultaba imprescindible encontrar formas de superación de la dialéctica revolución – contrarevolución, con todo su enorme efecto destructivo, antes que creativo.

Marx concibió a la democracia directa que procuraron implementar los obreros protagonistas de la Comuna de París como esa forma política “al fin descubierta” si ella era experimentada en los países más desarrollados, económica, tecnológica y desde el punto de vista de las ingenierías político jurídicas, culturalmente, más desarrollados.

La respuesta efectiva, práctica (no solamente teórica) que dieron los estadistas más lúcidos desde Thomas Jefferson a Engels, Lenin, Olof Palme y Batlle y Ordoñez se centró en la necesidad de encontrar formas político jurídicas que asegurasen el gobierno de las mayorías y el control del poder, el control de las poliarquías (capital – tecnoburocracias), en primerísimo lugar.

Marxismo y republicanismo han puesto enorme empeño procurando encontrar el modo político jurídico que al mismo tiempo expanda la libertad y facilite el proceso de democratización de las relaciones sociales.

El marxismo concibiendo a la humanidad como un todo (el internacionalismo, un sujeto social transformador global), el republicanismo concibiendo al control del poder como un problema primero local y luego necesariamente mundial, (Naciones Unidas) pero enfatizando en las experimentaciones político jurídicas sin considerar suficientemente la complejidad del fenómeno imperialista.

Esto es, en última instancia, sin terminar nunca de dimensionar la significación estructural conflictiva como una de las características orgánicas de la sociedad dividida en clases, más cuando articulada en la forma de Estados nación organizados jerárquicamente para competir unos con otros.

Pues esa competencia traslada los contenidos de la lucha de clases e intereses a la escena mundial.

A mediados de 2019 Vladimir Putin afirmó que el liberalismo como contenido filosófico político, pero sobre todo, como necesidad social, (la democratización burguesa de las relaciones sociales) había agotado sus contenidos.

Cumplió a juicio del líder ruso la función histórica de iniciar el proceso de democratización de las relaciones de producción necesario para comenzar a dar respuesta a la embrionaria interconexión de la sociedad humana.

La revolución “nacional” burguesa, que extendió la libertad, pero en beneficio de elites nacionales en competencia con otras elites burguesas “nacionales”.

Como cuanto más interconectada se encuentra la comunidad humana global (y ese es uno de los contenidos orgánicos de la revolución burguesa, la expansión del capital) más absurdo resulta que unos pocos conglomerados de empresas se apropien de la riqueza generada socialmente, por todos los seres humanos que habitamos el planeta, también resultaría una necesidad social histórica la revolución orientada a democratizar las relaciones de producción, enunciaba desde la segunda mitad del siglo XIX, el marxismo.

Y así la revolución bolchevique y luego la China y todas las demás, burguesas nacionales aquí y allá, campesinas en los países más atrasados, anti – imperialistas, anticolonialistas, etc.

La historia del siglo XX, en fin.

Dos fenómenos, el imperialismo, la imposición de las reglas de juego por los conglomerados de capitalistas y sus Estados “nacionales” tecnológicamente más desarrollados, pues disponían de mayor capacidad militar de imposición y el “capitalismo monopolista de Estado”, esto es, la utilización del Estado “nacional” por las burguesías y clases altas para garantizar su rol como “clases dirigentes” al interior de los Estados nacionales menos desarrollados, enlentecieron durante décadas el proceso de democratización de las relaciones sociales a escala global.

Pero no lo detuvieron.

Ninguna democratización, ni la de las relaciones de producción, ni la de las relaciones sociales, puede efectivizarse en la realidad histórica, como resulta del todo comprobado fácticamente, si no dirigen el proceso las mayorías que amplían su potencia de libertad mediante esa democratización.

Y ninguna evolución civilizatoria y toda democratización de las relaciones sociales lo es, puede efectivizarse si las formas experimentales con las cuales se procura avanzar en esa dirección no contemplan, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades biológicas, tecnológicas y culturales de las comunidades humanas que arriesgan participar de esa experimentación.

De todas las formas experimentales mediante las cuales las sociedades humanas han procurado avanzar en la democratización, dos han resultado históricamente efectivas: la democracia republicana basada en instituciones que otorgan garantías respecto de que la pugna por la democratización de las relaciones sociales se desenvuelve en un marco de reglas de juego elaborado político jurídicamente y dirigido autónomamente por la comunidad política así organizada -el constitucionalismo garantista- y la experimentación de formas de democracia directa donde el pluralismo social y político se expande al mismo tiempo que se garantiza la satisfacción de las necesidades sociales y culturales de TODA la comunidad política así organizada.

La Unión Europea y desde Deng Xiaoping, China, han sido hasta aquí los ejemplos modélicos de cada una de esas experimentaciones, una vez que ellas pudieron (lograron) desenvolverse sin ser objeto de interferencias militaristas externas.

Para exponer los contenidos económico políticos y socio culturales de este proceso histórico escribí un libro de casi 1000 páginas, “Los naipes están echados, el mundo que viene”, que se publicará en breve. Aquí no haré más que enfatizar algunos dilemas del proceso histórico sobre los que resulta imprescindible reflexionar todo lo hondamente que los seres humanos estemos en condiciones de hacerlo.

Vladimir Putin no lo expresó, posiblemente porque no se lo preguntaron, (y no es casual que no se lo hayan preguntado) pero su propia praxis (de él como líder y de Rusia como nación: su alianza con China) algo dice acerca de la cuestión, si las formas de democracia directa cuando evitan la burocratización estatalista de las relaciones de producción también agotaron su contenido histórico político, cual es, como enunciamos, el de iniciar la democratización de las relaciones sociales.

El viejo sabio Pepe Mujica, del otro lado del mundo, por su parte, aseguró que no hay que simplificar la caracterización de los contenidos que constituyen a un gobierno que centraliza el poder con el objeto de asegurar la autonomía de una comunidad nacional en cuanto a su capacidad de decidir por sí misma, sin interferencias externas, su destino y en cuanto a administrar, también por sí misma, los recursos naturales con que cuente, para efectivizar así esa su voluntad de autonomía, que a veces viene acompañada de una orientación democratizadora y en otras, como en el mundo islámico, por el contrario, reproduce sistemas jerárquicos, de casta.

Ironizó Pepe, debatiendo con algunos líderes políticos, respecto a la negativa de algunos de ellos a caracterizar a Venezuela como una “dictadura… del proletariado”, esto es, como un gobierno en el que el poder se centraliza durante un período histórico para viabilizar el inicio del proceso de democratización de las relaciones sociales respecto de la propiedad de los medios de producción o con el objetivo de asegurar militarmente la autonomía de un Estado en relación a las pretensiones intervencionistas de otro u otros o con ambos objetivos al mismo tiempo.

Tanto Pepe como Vladimir parecen anclar sus afirmaciones en algo como un “realismo” histórico político.

Una nación agredida tiene derecho a defenderse, y se va a defender, una sociedad sometida económicamente por prácticas neoimperialistas o directamente imperialistas va a procurar experimentar formas de “liberación nacional” respecto de esas prácticas; unas clases abusivamente explotadas van a procurar modificar esa situación.

Otra vez de nuevo, es la historia del siglo XX.

Capitalismo monopolista de Estado imperialista por parte de los países con economías desarrolladas tecnológicamente y capitalismo monopolista de Estado “nacionalista” por parte de los países sometidos por la imposición de las reglas de juego que militarmente tratan de asentar los primeros.

En el marco de esas reglas de juego, enfatizan cada uno a su modo, Pepe y Putin, el constitucionalismo garantista únicamente es históricamente efectivo, no entrará en descomposición, si la praxis política global contempla a la sociedad humana como un todo y logra erradicar TODA forma de imposición imperialista o neoimperialista.

Y como eso no ocurre, el enunciado democrático republicano no queda más que como eso, como un enunciado, aunque fue profundamente revolucionario en el pasado y lo sigue siendo donde tal o cual comunidad política logra administrar AUTÓNOMAMENTE la dialéctica compleja lucha de clases, organización nacional y espiritual de la competencia con otros Estados, convivencia democrática.

O, lo que es lo mismo, la lucha de clases al interior de las fronteras del Estado nación y en el mercado global no operará ya una evolución político jurídica de la democracia en cualquiera de sus formas si en la esfera geopolítica los intereses capitalistas monopolísticos disponen de mayor capacidad de imposición que la capacidad política de las clases sociales asalariadas para, en un sistema mundo único y el mismo, lograr autonomía con el objeto de experimentar formas de democratización de las relaciones sociales.

La radicalidad de la competencia de las comunidades humanas organizadas en Estados nación en la forma sistema capitalista de producción por otra parte, valoran, torna inviable que los conglomerados de capitalistas nacionales puedan evitar ser absorbidos por conglomerados de capitalistas más poderosos si no es fortaleciendo la capacidad militar de los Estados nación donde se desenvuelven como clases dirigentes o coparticipan del poder junto a los trabajadores, cualquiera sea la forma político institucional en que lo hacen.

Posiblemente, tanto Pepe como Putin, los destinatarios de esta carta abierta, consideran por ahora como inviable la superación del sistema capitalista de producción mediante un aluvión democratizador global por parte de las clases asalariadas junto a asociaciones de productores que aspiran a desenvolver su iniciativa innovadora en forma autónoma respecto de los grandes conglomerados de capital.

Consideran inviable, digamos, algo como un internacionalismo policlasista que logre parir una gobernanza global orientada a la democratización de las relaciones sociales.

Por ello, (entre otras cosas) Vladimir Putin refiere también a la crisis del multiculturalismo. La homogeneidad cultural de un Estado nacional resulta imprescindible para fortalecer la capacidad competitiva de una nación respecto a otras.

Se trata, pues, de una forma de “realismo” que nadie que analice con honestidad intelectual el acontecer mundial puede dejar de considerar, dicho un poco en broma, como “realista”, a poco que se detenga a observar ese acontecer mundial tal cual se presenta en la esfera geopolítica.

De modo que la pregunta sustancial, desde el punto de vista de la civilización, (la evolución cultural de la especie humana como tal especie humana) es la siguiente: ¿es efectivamente realista ese realismo?

II

“La norma no prevaleció, la superó el sentimiento”

Estimados Pepe y Vladimir

La racionalidad democrática fue construyéndose con el acervo griego, hebreo, latino y del primer cristianismo, dio un salto en calidad durante las revoluciones inglesa, americana y francesa hasta alcanzar un elevado nivel de complejidad en Marx y superar su casi que “natural” período elitista en la revolución bolchevique.

La dialéctica de conflicto entre la racionalidad democrática consustancial al fenómeno humano (pues emana de la igualdad genética y de las idénticas aptitudes productivas de la especie) y el militarismo elitista de los grupos de privilegio más conservadores ha caracterizado al proceso de la civilización desde que para producir sus condiciones de existencia, las comunidades humanas debieron organizarse jerárquicamente y competir entre ellas.

Y mientras perdure la sociedad dividida en clases esa dialéctica de conflicto no puede administrarse de otra manera que mediante instrumentos político jurídicos.

Como ya comprendieron los “romanos” más lúcidos, toda lógica normativa, ya religiosa, ya político jurídica, requiere una enorme plasticidad, sentido práctico, nunca un “realismo” dogmático, ahistórico.

Pues ocurre que la realidad cambia, como la naturaleza lo hace y quienes no toman nota de ello terminan, por interés o por inmadurez político cultural, obstruyendo, pero no deteniendo, al proceso evolutivo: el devenir humano del animal que somos.

Esa es la razón por la cual ha resultado tan dramática la administración de la dialéctica: tradición / transformación.

Comprender (procurar hacerlo) qué cambios profundos se están operando en la realidad que les toca vivir, comprender cómo es posible intervenir en el proceso evolutivo de la sociedad humana para mejor contribuir a su elevación es, por tanto, el asunto de los estadistas.

En cuanto son, todavía, líderes “nacionales”, no se les pide que dejen de velar por los “intereses nacionales”, pero esa lógica resultará catastrófica si únicamente operan en la realidad global considerando intereses que ya no responden y cada día lo harán menos, a las necesidades de la especie humana como tal especie humana.

Analicemos pues, primero mirando lejos hacia el pasado y acercándonos luego al presente, uno de los fenómenos esenciales cuando se trata de mirar crítica y rigurosamente a la “realidad” … lo que no puede realizarse de otra manera que observando al proceso evolutivo de la sociedad humana.

Si no lo hacemos así, corremos el riesgo de tomar decisiones u organizar acciones sin tomar en consideración nada más que la apariencia de los fenómenos económico políticos o socio culturales.

“¡Cómo me resistí a que me ordenaran obispo! Al final, viéndome obligado, rogué que se postergara la ordenación. Pero la norma no prevaleció, la superó el sentimiento”, cuenta San Ambrosio, (que no era bautizado cuando el pueblo lo empuja a aceptar el cargo) los detalles de su nombramiento allá por el año 374.

Lo relevante en este pasaje de aquel sabio que junto a San Jerónimo, Santo Tomás y San Agustín procuró engarzar lo greco latino con lo cristiano es la aceptación de que la política, el “sentimiento social” orientado a la solución de necesidades prácticas, con particular intensidad en momentos de crisis, suele no ser muy respetuosa de la tradición normativa.

Pero también expone, el mismo pasaje, que toda la obra de los creadores del sustento teológico que permitió a la Iglesia, tanto en occidente como en oriente, administrar durante más de mil años el conflicto entre tradición y cambio, entre espiritualidad y racionalidad crítica, se realizó mediante la creación de postulados, técnicas y procedimientos normativos, jurídico políticos.

Ya estuviesen esos procedimientos normativos basados en mitos fundantes que procuraban explicar lo que no estábamos en condiciones de explicar científicamente, ya ellos pretendieran validez en fundamentos científico culturales más elaborados.

Al igual que ahora ocurre, en tiempos de Ambrosio la sociedad buscaba líderes con los cuales evitar la caída de un “orden”, el que caracterizaba al Imperio romano, cuyo destino estaba ya sin embargo sellado, porque sus clases dirigentes, salvo excepciones, como las del propio Ambrosio, se habían constituido en una casta improductiva, parásita, que, naturalmente, no tenía ninguna voluntad de revisar dialécticamente qué de lo sublime de la tradición greco latina preservar y qué modificar, qué incorporar y qué no al cristianismo, qué del sistema económico transformar y qué preservar.

Obstruía al espíritu crítico de aquellas elites que Ambrosio combatió, la misma ceguera que actualmente a las elites occidentales, la que emerge de quienes concentran su acción en la preservación de privilegios y por ello no son capaces de observar que se hunde el mundo que les posibilitó acceder a ellos.

Incorporemos ahora un “caso” de descomposición más reciente, uno que afectó a otra sociedad burocratizada estatalmente y por ello mismo, dirigida también por castas improductivas, cortas de vista.

“Después de 1989, todas las propiedades que con la Revolución habían pasado al Estado (fábricas, hoteles, edificios, campos, bosques) fueron devueltos a sus antiguos propietarios (o más exactamente, a sus hijos o nietos); este procedimiento recibió el nombre de restitución: bastaba con que alguien se declarara propietario ante la Justicia para que, al cabo de un año durante el que su reivindicación podía ser protestada, la restitución pasara a ser irrevocable”, relata Milan Kundera en su novelita “La Ignorancia”.

Tomado entonces el escritor checo por el entusiasmo democrático burgués, más bien acrítico, de aquellos días, añade: “Esta simplificación jurídica dio lugar a muchas trampas, pero evitó los procesos de herencia, los recursos, apelaciones, y dio a luz, en un tiempo sorprendentemente corto, a una sociedad de clases, con una burguesía rica, emprendedora, capaz de poner en marcha la economía del país”.

El vértice del Estado surgido de la caída de aquel régimen burocratizado buscó la solución más rápida a la necesidad histórica de dinamizar a la economía según las lógicas del único sistema productivo existente: el capitalismo.

La norma no prevaleció, la superó … la necesidad… histórico contingente. Parecía una realidad muy real aquella necesidad de privatizarlo todo…

La lógica de “todo el poder al mercado”, sin embargo, comenzaba así a alimentar socialmente al neoliberalismo.

Pero el capitalismo es cruel con los que no tienen capital (poder) acumulado suficiente como para competir “en igualdad de condiciones” con otros conglomerados de capitalistas.

De modo que la fiesta neoliberal benefició a los países que mediante procedimientos imperialistas o neoimperialistas habían alcanzado una enorme superioridad tecnológica respecto a las “burguesías” nacionales que pretendían competir en “igualdad de condiciones”, esto es, sin tocar los contenidos orgánicos del sistema capitalista.

Ante el fracaso de aquella solución que parecía la única posible, emergió en todos lados, luego, el neofascismo, el populismo, el ultra conservadurismo, el supremacismo, el darwinismo social “recargado” y en fin, toda la larga serie de las ideologías que emanan de la crisis civilizatoria de estos tiempos.

¿Qué es lo que ocurrió para que desde aquel entusiasmo democrático la sociedad global cayera en la actual crisis de la democracia y en el plano de las ideas, en una especie de teoricismo apocalíptico especulativo?

Ocurrió que todas las prácticas que pretenden resolver los problemas globales desde la perspectiva nacional, (identitaria o territorialmente nacional) sin considerar al mercado global y por tanto, a la sociedad global, ya no dan respuestas a los problemas del desarrollo humano.

En el fondo, todas estas construcciones conservadoras que emergieron del fracaso del neoliberalismo no hacen más que procurar legitimar, como lo hizo Karl Schmitt cuando diseñó su teoría de la dictadura, el intento de tomar por asalto al aparato del Estado para ponerlo a actuar directamente en su beneficio por parte de las clases dirigentes no suficientemente competitivas según la forma orgánica de desenvolvimiento del sistema capitalista, o antes, en tiempos de Ambrosio, con el objeto de preservar al sistema esclavista.

Me disculpo de antemano, estoy tomando de su tiempo más del que resulta razonable, pero a los problemas enunciados antes es necesario observarlos desde la perspectiva de otro fenómeno muy influyente en el acontecer global actual.

Al que no se le presta suficiente atención, pero en el cual es necesario detenerse, pues alimenta el irracionalismo interesado de las clases privilegiadas de occidente.

Lo designaremos como el “síndrome del yuppismo”.

La emergencia del yuppie como subclase social, que tiene en naciones desarrolladas o de desarrollo medio su correlato con las generaciones que deciden dividir su tiempo entre el trabajo alienado y el “goce” emocionalmente vacío de la parranda: van de fiesta en fiesta alimentando su “iniciativa” erótica con alcohol o drogas.

Como el sistema capitalista librado a sus lógicas orgánicas no produce igualdad, sino desigualdad, los yuppies, que son en esencia el efecto de la tecnificación de la división del trabajo, su ampliación a nuevas esferas, sobre todo a las diversas del sector servicios, desempeñan un rol muy relevante en la praxis política y cultural.

Tanto los que operan en el universo de los “exitosos” como los expulsados de la «jarana».

Se trata en suma de nuevos y más numerosos pequeño burgueses que para defender sus intereses individualistas o bien crean partidos para gente linda como ellos, los “exitosos”, con la consigna: “todo el poder al mercado” o bien, cuando son excluidos, partidos de signo inverso: “todo el poder al Estado”.

(Los excluidos de la parranda, cuya movilidad social ascendente detienen las frecuentes crisis del capitalismo, los promotores de la lógica “todo el poder al Estado”, que ahora quiere decir, a los tecnoburócratas preparados para hacerse con el control administrativo del Estado, han parido en 2019 un caso paradigmático.

Un movimiento que parecía disponer de insumos culturales para moverse en otra dirección, Podemos, en España, pretendió integrar un gobierno junto al PSOE, (que resultó ganador de las elecciones presidenciales) pero no de coalición y sometido a la dirección política de quien sumó más votos para presidente, sino un gobierno de fracciones autónomas, tanto para vos y vos lo dirigís, tanto para mí y yo lo dirijo.

La crisis de la democracia es tan pronunciada, que la pequeño burguesía, ya la que orbita alrededor del mundo empresarial, ya la tecno burocrática especializada, ¡dejó de reconocer el sentido de la suma de las voluntades políticas!)

El fenómeno al que analizamos ocurre en un momento de la vida de los países occidentales desarrollados en el que es muy, pero muy significativo, el porcentaje de la población que habita en una especie de “realidad” dominada por lo especulativo (servicios, docentes universitarios de instituciones totalmente alejadas del mundo productivo, sistema financiero).

Muchos individuos toman decisiones de diferente tipo desde la nebulosa de esa “realidad”, alejada, muy alejada, de las fábricas, el campo, los centros logísticos, y, en fin, de los procesos materiales objetivos de la producción del mundo de la vida.

Todas estas “emanaciones” de la crisis de occidente, y otras que resultaría un atrevimiento añadir, pues tomaría demasiado tiempo de sus tiempos, están relacionadas con la crisis de la racionalidad democrática y la consecuente pérdida de fuerza social por parte de los sectores sociales mayoritarios que no disponen de la posibilidad de acumular capital.

La solución a esa crisis no es, por ello mismo, como no lo fue durante la crisis del Imperio romano, la imposición autoritaria de un dogma o unas tradiciones que se pretenden ahistóricas porque contribuyen a fortalecer la capacidad competitiva de los Estados nacionales (o bloques de Estados), homogeneizando una espiritualidad NO ORIENTADA A LA DEMOCRATIZACIÓN DE LAS RELACIONES SOCIALES, sino al contrario, lo que no puede conducir a otra cosa que a formas de supremacismo.

El fenómeno de los yuppies, que hasta aquí analizamos como una mera consecuencia del desenvolvimiento vertiginoso del sector servicios de la economía capitalista, tiene otro componente que no es posible pasar por alto.

Pues estamos esforzándonos por analizar cómo y por qué puede ser extremadamente peligroso considerar a la “realidad”, por ejemplo, según como los yuppies (muy influyentes en las redes) la ven.

La significación social de las clases medias acomodadas produjo sobre todo en Estados Unidos y la Europa tecnológicamente desarrollada, una ideología: el posmodernismo.

Los posmodernos “gozan” jugando con las palabras. Con el lenguaje. ¿Por qué?

Porque allí hay lugar para todos (para los Sloterdijk y los Byung – Chul Han, para los heideggerianos y cultores del yo «superhombre», en fin) y para todo.
Todos los enunciados son válidos porque son enunciados…

Menos para la especie humana produciendo mundo, creando una realidad material y cultural a ella inexorablemente asociada, es decir, menos para la realidad, para todo hay lugar.

Son los hijos de Heidegger y el posmodernismo francés.

¿En qué consistió, ESENCIALMENTE, la operación de Nietzsche y Heidegger contra el marxismo, (más allá de las inquietudes existenciales legítimas contra la cosificación del ser que observaban en la primera modernización capitalista de la economía) y que dio origen al posmodernismo?

En desenvolver la reflexión sobre el sentido de la existencia desde el individuo como absoluto, de un modo abstracto, omitiendo el contenido esencial del ser social productivo, transformador, de la especie humana, y omitiendo, naturalmente, la existencia de las clases sociales.

Y esa ideología y las subclases sociales que la interiorizan como natural han facilitado que el interés de la riqueza organizada institucionalmente en la forma de Estados nación en competencia prevalezca sobre el interés de la especie humana como tal especie humana.

Este fenómeno pudo darse y puede todavía resultar muy influyente porque hasta hace muy poco tiempo, en términos históricos muy poco tiempo, la competencia entre “tribus” prevaleció sobre lo que Marx anticipó se constituiría en una nueva realidad orgánica de la especie en función de su contenido diferencial esencial, la praxis, el trabajo transformador: la “humanidad socializada”.

La humanidad que produce en el mismo espacio natural y que por tanto comienza, puede comenzar, a imaginar soluciones a los problemas del desarrollo considerando a la humanidad y a la naturaleza como un todo orgánico.

El sentido común social de las comunidades humanas fragmentadas en la forma de Estados nación o bloques de naciones en competencia todavía opera en la forma de la subjetividad, aunque ya no es posible a ese sentido común dar cuenta de los fenómenos que emergen de la unicidad global del sistema de producción de las condiciones de existencia.

La emergencia de un nuevo sujeto social que encarne el rol democratizador que en su praxis desenvolvieron primero la burguesía y luego los trabajadores ocurrirá posiblemente en la forma de la cooperación entre asalariados y productores no monopolísticos, pero en tanto esa fuerza social no sea capaz de organizarse internacionalmente hasta resultar hegemónica, el egoísmo individualista de las subclases que emergieron del capitalismo postindustrial sigue resultando determinante en la forma en que se paran las naciones ante el proceso de la civilización.

¿Pondremos a toda la humanidad a seguirles el juego?

En el futuro próximo, mientras la transición entre la hegemonía nacional basada en los intereses de la alta burguesía y de la comunidad pequeño burguesa y el acceso a posiciones hegemónicas de un nuevo internacionalismo, ahora policlasista, se consolide, tendremos infinidad de fenómenos disruptivos respecto de la tendencia histórica de la especie humana a administrar los conflictos de la civilización mediante procedimientos político jurídicos.

Como en el capitalismo la “sociedad (potencialmente) humanizada” (Marx) deviene “sociedad fragmentada” y la “naturaleza humanizada” (Marx) competencia radical por su uso en interés de unos pocos conglomerados de capitalistas anclados en la fortaleza del Estado nacional, el futuro próximo se presenta como extremadamente peligroso.

Ante esta transición, los estadistas tienen dos opciones, o dejarse arrastrar por la radicalidad de la competencia (por la supervivencia) o comenzar a diseñar una gobernanza político jurídica global que considere seriamente la democratización de las relaciones sociales A ESCALA MUNDIAL.

Habitamos un mundo en el que circulan palabras como nunca antes en la historia entera de la civilización, pero nunca fueron ellas tan desaprensivas respecto de los conflictos sociales (aunque no de los existenciales), que emanan de la pervivencia de la sociedad dividida en clases.

Este desapego de la literatura y la filosofía política por analizar no sólo los contenidos alienantes de la sociedad utilitaria sino el estudio de las vías posibles para su superación obedece a que no estamos interviniendo en la praxis social según la realidad concebida desde la perspectiva ontológica del fenómeno humano, la praxis, los hechos concretos concatenados, sino en la mera apariencia de esa realidad: el de las antiguas tribus compitiendo por la riqueza socialmente generada.

La realidad “objetiva”, el “realismo realista”, nunca lo es “realmente” si no contempla no únicamente la apariencia de los fenómenos, sino la entera complejidad que emana del fenómeno humano mismo, propia y únicamente humano, de la praxis.

Pero nos hemos extendido demasiado.

Volvamos pues, para terminar este fragmento de la carta, (por cuya extensión me disculpo, aunque será todavía más extensa), a Ambrosio.

Las comunidades del comunismo primitivo, las tribus germánicas donde la diferenciación entre elites y trabajadores manuales (campesinos, artesanos, esclavos) no se había producido todavía, arremeten contra el Imperio romano en descomposición, que lo está precisamente porque se ha acentuado, estratificado, esa diferenciación.

Los guerreros que vienen de los bosques toman de rehenes a algunos militares romanos. El obispo decide vender el oro de la Iglesia para rescatarlos. Y lo explica así:

“Fuimos censurados porque fundimos los vasos místicos para rescatar a los cautivos, lo cual desagradó a los arrianos, no porque les disgustara este hecho, sino porque les interesaba encontrar argumentos para censurarnos” … “Acaso el Señor no habría de reprocharme: ¿Por qué permitiste que tantos desvalidos murieran de hambre? Tenías oro, pudiste alimentarlos. ¿Por qué tantos cautivos fueron subastados y, al no aparecer compradores, el enemigo los asesinó? Antes que conservar los vasos de metal hubiera sido mejor que salvaras mis vasos vivientes… – Imposible replicar. ¿Qué le dirías? ¿Temí que faltase ornato al templo de Dios? Te respondería: ¡Los sacramentos no necesitan oro!… ¡Qué hermoso es que cuando la Iglesia rescata multitudes de cautivos el pueblo diga: ¡A esos los rescató Cristo! ¡Ese es el oro que merece aprobación! ¡Ese es el oro de Cristo que libera de la muerte!… (Deberes II, 137-138).

La riqueza que produce humanidad…

El texto, citado por un sabio latinista uruguayo, Vicente O. Cicalese, está inserto en un libro en el que expone el engarce entre lo greco latino, su inquietud por la formación humanista y el mundo cristiano romano… que luego influyó en Bizancio y por ende, en el mundo eslavo que de esa tradición abrevó.

¡Y Bolsonaro y Trump y los utilitarios del Brexit arremetían todos los días contra las humanidades, contra la cultura!

Mientras los posmodernos hacían lo mismo esgrimiendo una crítica de la sociedad alienada pero nunca aludían a las causas por las cuales esa alienación se produce… ¿Por qué lo hacían?
Porque la única ética civilizatoria la constituye, como explica a sus contemporáneos, ya tarde, Ambrosio, la democratización de las relaciones sociales, a la cual se oponen radicalmente las nuevas castas y sus empleados rentados.

¿Siguiendo los intereses “realistas” de esas nuevas castas, de los yuppies posmodernos, de los ultranacionalistas, de los petulantes neoestalinistas y neofascistas, organizaremos la praxis política en la tercera década del siglo XXI?

En nombre de ese realismo Mr. R(D)onald Mc Trump pretendió arrasar con la cultura latina en Estados Unidos (y contó para ello con el apoyo de los oligarcas renegados de la latinidad, como Uribe o Bolsonaro y de vez en cuando con algún que otro fanático asesino) mientras por otro lado desmontaba todos los acuerdos político jurídicos de gobernanza global, los acuerdos de no proliferación de armamentos de mediano alcance…los acuerdos de comercio, con el objeto de fortalecer su fortaleza…

Reitero: ¿Será suficiente el realismo realista para responder a toda esta porquería alienada a la monarquía del capital monopolista imperialista de Estado, será suficiente reforzar una espiritualidad nacional como la que proponen todos los conservadurismos? ¿Alcanzará con competir tecnológicamente?

¿O necesitaremos una praxis política democratizadora universalmente organizada sobre la base de un marco conceptual racionalista, no como enunciado ideal, sino como praxis político jurídica, para evitar un choque de trenes entre bloques cerrados y autoafirmados cada cual en tradiciones también cerradas?

Fragmento III de la Carta abierta a Pepe Mujica y Vladimir Putin

Estimados Pepe y Vladimir

El 31 de julio de 2019 falleció María Auxiliadora Delgado, esposa del por dos veces presidente de la República Oriental del Uruguay, Dr. Tabaré Vázquez.

Ustedes lo trataron, pero, antes de continuar exponiendo los contenidos de esta carta me voy a permitir subrayarlo, la característica esencial de Tabaré, como lo nombra su pueblo, es la humildad. Como veremos enseguida, algo como una rebelde humildad.

La muerte de su compañera de la vida fue un hecho biológicamente natural, de suerte que el acontecimiento no tendría por qué haber tenido un impacto social. Pero lo tuvo, y muy hondo.

Lo tuvo por dos razones, en primer lugar por las características de María Auxiliadora, una tozuda al mismo tiempo sobria, alejada de los focos, tejedora de solidaridad social.

Pero aún más significativamente porque la mirada con la que observamos a los individuos que ocupan altas investiduras presenta la idea de que son ajenos a los avatares humanos más simples, como los que refieren a la vida y la muerte: quizá eso ocurre porque con bastante frecuencia se ocupan de temas referidos a la vida o la muerte…

Al día siguiente del fallecimiento sin embargo, la sociedad pudo observar la imagen de un ser desgarrado, demolido espiritualmente ante el féretro de su compañera de la vida, a la que despide, en un hecho que podría representar nada más que el dolor normal de una pérdida, pero de la que en este caso emergía un componente simbólico inusual: exponía de modo transparente al ser sustancial de Tabaré Vázquez.

Expuso prístinamente el rasgo sustancial de Tabaré: la humildad natural del que viene de abajo, encuentra en la vida a una persona que le ayuda a comprender que no tiene menos potencial productivo, creativo y espiritual que los que nacen en hogares con los problemas materiales resueltos y sufre ante la pérdida de ese referente.

La humildad del que sabe, luego, como médico oncólogo, que somos frágiles seres vulnerables, que los ornamentos y las suntuosidades que simbolizan al poder del Estado son componentes absolutamente pasajeros y que, lo único que cuenta a la hora del último suspiro, lo único que permanece como emanación cultural, es si supimos aprender el arte de amar y ser amados, el arte de la amistad, y lo que hicimos o dejamos de hacer con ese contenido espiritual.

Pero vayamos a la cuestión política, que es la que nos ocupa.

La mediocridad pequeño burguesa de la cultura universal de estos tiempos, que también afecta al Uruguay, es, en su ceguera individualista, incapaz de comprender la enorme sofisticación que demanda implementar una praxis democratizadora en las comunidades políticas nacionales que no han incurrido en prácticas imperialistas.

El control del poder, que para Vázquez ha sido casi que un asunto existencial, (porque padecieron sus entornos más próximos de la juventud los abusos en los que el poder es capaz de incurrir), instrumentado mediante una ingeniería institucional y económico política anti imperialista y antioligárquica sofisticada, sin adjetivaciones ni griteríos, sino mediante prácticas orientadas al fortalecimiento del interés nacional y a la democratización de las relaciones sociales.

Esto es, la organización del ascenso de los trabajadores a la condición de dirigentes del proceso de la civilización. La realización de esa acción en él mismo como persona y en la sociedad que le posibilitó hacerlo.

Para lograr esa osadía, además de aprender junto a María Auxiliadora a confiar en sí mismo, en sus capacidades, aprendió a mandar.

Tanto y tan sutilmente que donde la mirada superficial observaba mera capacidad de articular intereses en realidad estableció prácticas donde se emparejaba la capacidad de influencia de los trabajadores y empresarios de la comunidad respecto de la capacidad de imposición de las prácticas neoimperialistas.

Pero el estudio de este asunto lo realizarán los historiadores.

Aquí es importante indicar la admiración de Vázquez por Thomas Jefferson, pues el dos veces presidente uruguayo considera que Estados Unidas se constituyó en una potencia mundial entre otras causas no menos relevantes, pero no tan relevantes como esta, porque hasta su emergencia como potencia imperialista hegemónica protagonizó su desarrollo en medio de rigurosos y muy prácticos, (no meros enunciados idealistas), instrumentos de control del poder.

Y esto es relevante a los contenidos de esta carta porque nunca antes como en el presente el poder estatal burocrático y corporativo de los países imperialistas CREE CONTAR con tantos y tan variados instrumentos para aplicar una fuerza organizada en la dirección de lograr objetivos específicos a sus intereses propios.

Razón por la cual, como es evidente, resulta tan significativo y hasta diría, asunto de vida o muerte, (desarrollo democratizador o riesgo de autodestrucción) para la sociedad humana, implementar instrumentos autónomos (anclados en la comunidad política sutilmente crítica respecto de las lógicas del capital), de control del poder.

Se trata de transitar del anticapitalismo vulgar a la articulación de la fuerza social universal capaz de iniciar la organización del proceso de su superación.

¡Poca cosa! ¿No?

En la historia de la civilización, puede decirse, hasta la revolución bolchevique, los instrumentos de disciplinamiento social y ético culturales fueron implementados por las clases dirigentes con fines dialécticamente conflictivos: administrar la preservación de sus privilegios y al mismo tiempo al proceso general de la civilización: reitero, el devenir humano del animal que somos.

En el presente momento histórico constituye un desafío democrático revolucionario administrar el proceso de desarticulación de privilegios acumulados según las lógicas orgánicas del sistema capitalista de producción sin descuidar la calidad de gestión ético cultural y político jurídica del proceso general de la civilización: la contención de la agresividad, la administración de los conflictos de clase e intereses, la regulación de los conflictos entre potencias, la administración de la imponente potencia científico tecnológica que la especie ha creado.

El desmantelamiento progresivo, mediante instrumentos, acciones y prácticas sofisticadas, por parte de la comunidad politizada global, de todos los engranajes que se limitan a reproducir el poder acumulado por las prácticas imperialistas y neoimperialistas durante los últimos tres siglos.

Las clases sociales e integrantes de la comunidad, cientos de millones de productores entre ellos, que necesitan autonomizarse de las poliarquías capital – tecnoburocracias con capacidad de imposición de las reglas de juego serán los protagonistas principales de esta transformación civilizatoria que ya se ha iniciado.

Los problemas del disciplinamiento cultural (la contención de la agresividad motivada por causas biológicas o económico estructurales) es extremadamente relevante porque ya ninguna nación, ninguna clase social, ningún grupo de interés, está en condiciones de imponer enteramente las reglas de juego a las otras u otros y ya ninguna clase o Estado nación está en condiciones de salirse del juego.

De modo que el tiempo de la aplicación de la fuerza militarizada en la resolución de todo tipo de conflictos terminó, aunque las elites no tengan todavía consciencia plena de ello.

Este es el nuevo fenómeno de la política mundial, dice relación con la progresiva superación de lo que Marx denominó y luego Lenin y Lukács desarrollaron al analizar la emergencia del imperialismo, como los problemas derivados del “desarrollo desigual” de las comunidades humanas respecto del sistema de producción HISTÓRICA, aunque transitoriamente, más eficiente en la producción competitiva de las condiciones de existencia.

Sistema de producción al que ninguna comunidad humana podía dejar de implementar pero ante el cual podía posicionarse de dos maneras: orientando la praxis hacia su superación gradual o hacia la pretensión de su reproducción eterna.

Pido disculpas. Ya he ocupado demasiado tiempo de sus tiempos y la carta deja más cabos sueltos que los que ata, de modo que para concluir me concentraré en el principal de los dilemas de la civilización, del que se ocupa el libro de las 1001 páginas ya mencionado aquí, pero que en lo que sigue me limitaré a enunciar respecto del problema clave en el futuro inmediato: el referido a la capacidad o no de la política de minimizar los riesgos de una militarización generalizada de la disputa por la riqueza socialmente generada a escala mundial.

Fragmento IV de la Carta abierta a Pepe Mujica y Vladimir Putin

Estimados Pepe y Vladimir

¿Hacia dónde nos está conduciendo ahora, ahora mismo, esta especie de anomia cultural a la que la crisis del marxismo y del republicanismo le permitió consolidarse en posiciones hegemónicas?

¿Cómo pudo consolidarse en posiciones hegemónicas un complejo diverso de composiciones ideológicas cuya sustancia es el vacío cultural y como su consecuencia inmediata, una degradación de las lógicas político jurídicas que tan trabajosamente habían sido puestas en pie?

Así como en el principio de la civilización la guerra por fuentes de agua caracterizó al conflicto entre tribus, (tal es uno de los componentes básicos del relato bíblico) y así como los mandamientos ético disciplinantes y una autoridad única, el monoteísmo y la elaboración de un lenguaje articulado más sofisticado que el de los jeroglíficos, resultaban esenciales al fortalecimiento de las comunidades humanas en competencia, a su productividad competitiva por espacios territoriales, así, varios miles de años después, la especie humana parece estar dejándose arrastrar a una lógica confrontativa semejante, ahora por la enorme riqueza generada socialmente en un mismo espacio natural, la entera tierra, pero sin crear al mismo tiempo un nuevo proyecto civilizatorio.

Y de ahí la prevalencia del conflicto táctico: golpe / contragolpe; el “realismo realista”, perturbando la necesaria emergencia del tal proyecto civilizatorio.

Un conglomerado político económico y militar golpea a otro donde considera radica la vulnerabilidad del competidor, luego, la respuesta en dirección semejante, como si la civilización pudiese manejarse con las mismas triquiñuelas precientíficas del conflicto por el dominio territorial pero ahora alienadas a las lógicas de la concentración abusiva del capital.

Así, crudamente así, puede describirse el estado de situación de la política contemporánea.

Hong Kong, Ucrania, el Brexit, Trump, Venezuela, Libia, Siria, India / Pakistán… todos esos conflictos pueden analizarse a la luz de la lógica golpe – contragolpe.

Y un poco como resultado de ese estado de cosas, que tuvo durante la guerra fría en los setentas sus primeros actos de postguerra, y que en la actualidad ya es lógica general y hegemónica, Uruguay en la década de los sesentas, Rusia tras el desmoronamiento del sistema burocrático estatalista autodenominado socialismo real y hasta que emergió un nuevo liderazgo políticamente legitimado, Estados Unidos, Colombia, Brasil y varios países africanos y asiáticos en la actualidad, padecieron o padecen, lo que alguna vez fue caracterizado como el conflicto entre oligarquía y pueblo.

El concepto de oligarquía refería y en algunas naciones refiere, a un grupo pequeño de capitalistas ineficientes, frecuentemente terratenientes, propietarios de vastas extensiones de tierra cultivable o con recursos mineros, banqueros “nacionales” privados a ellos asociados y titulares de empresas monopolistas, abusivamente concentradores de la riqueza, que ante las demandas democratizadoras de los trabajadores tomaban con el concurso de sus representantes en partidos políticos, en las castas militares y en las corporaciones mediáticas, el control directo de la gestión de tal o cual Estado nacional para ponerlo a actuar en su exclusivo beneficio.

De esa lógica político instrumental monopolista, propia de un momento del proceso de la civilización, el de la sociedad capitalista en su fase imperialista, en las sociedades no suficientemente desarrolladas emergieron sangrientas dictaduras y cuando ellas fueron derrotadas, poliarquías cada vez más autonomizadas del control político. Lo mismo ocurre ahora en algunas potencias.

Así como de las dialécticas revolución – contrarevolución, / imperialismo – autonomismo, habían emergido a principios del siglo XX, el fascismo, el catolicismo ultraconservador y monárquico que derivó en el franquismo, el estalinismo, el ultranacionalismo y más recientemente en la historia, el integrismo islámico, así en la actualidad, en occidente, las reacciones histéricas a la socialización del trabajo a escala mundial, empuja la emergencia de nuevas castas que disputan el control monopólico de las estructuras estatal nacionales arrastrando a sus comunidades hacia la nada.

Hasta hace relativamente poco tiempo, en cuanto el proceso de expansión del sistema capitalista todavía no había ocupado la entera extensión del planeta, resultaba posible elaborar políticas desarrollistas considerando únicamente los contenidos orgánicos de una tal o cual comunidad política. Como ello ya no es posible, la tentación de hacer de los Estados nación fortalezas aislacionistas y supremacistas, retorna con inusitada violencia.

Las anteriormente muy sucintamente enunciadas y otras profundas transformaciones estructurales que tienen lugar plantean como desafío la sustitución de marcos conceptuales otrora útiles, por una praxis científico cultural que únicamente puede expandirse como sentido común si ella es elaborada por la sociedad humana como un todo orgánico.

En otro lugar referiré al problema de la necesaria reflexión crítica respecto de algunas categorías que daban cuenta del contenido de algunos conflictos sociales y geopolíticos y que en el estado actual del proceso de la civilización es necesario reformular.

Entre otras cosas porque ha cambiado y se transformará todavía más hondamente en el futuro inmediato el entramado de relaciones entre clases sociales a partir de una composición muy mucho más heterogénea que la que caracterizaba a la sociedad industrial.

El campesinado, tal y como lo conocimos durante siglos y siglos, dejará de tener relevancia estructural en ese entramado, por citar un ejemplo evidente de esa transformación.

Pero ahora creo esencial afirmar lo que sigue.

La producción de cultura democrática y su institucionalización global constituye el desafío civilizatorio del presente. El único y principalísimo desafío del presente.

Por ello mismo, analizar casos donde ello ha logrado efectivizarse en pequeña escala, en naciones en las cuales sus elites no incurrieron en prácticas imperialistas, resulta de enorme interés. Aunque a vuelo de pájaro, analizaremos más adelante el caso Uruguay.

Pero antes corresponde desarrollar, subrayar, un complejo problema cultural.

El que se deriva de que cuando las composiciones ideológicas que “orientaron” como “sentido común” la acción de cientos de millones de individuos entran en crisis no son, de inmediato, sustituidas por otras formas de racionalidad igualmente “efectivas”.

Entre otras causas porque para ser efectivas, las composiciones ideológicas tienen que decir algo que se corresponda con la existencia vital, con la experiencia, o con la forma en que se vivencien las experiencias sociales por las comunidades humanas.

La civilización atraviesa una etapa de transición caracterizada por ese problema: las sociedades más influyentes operan en la realidad considerando al mundo desde la perspectiva de sus intereses nacionales cuando, sin embargo, las composiciones ideológicas a esos intereses nacionales asociadas ya no son útiles al proceso de búsqueda de soluciones a los problemas del desarrollo global.

Pues, al fin y al cabo, este es el problema de la humanidad en el presente: lograr que la racionalidad democrática prevalezca sobre el “realismo realista” de la competencia radical entre conglomerados de interés y clases sociales en la búsqueda de solución a los conflictos geopolíticos y comunitarios.

En algunos momentos del proceso histórico, con intenciones más o menos universalistas, operaron como proyecto civilizatorio el judaísmo, el acumulado cultural greco latino, el cristianismo, el liberalismo revolucionario y el marxismo. En el presente, por razones muy profundas que no pueden presentarse aquí, todas esas elaboraciones político económicas, culturales y político jurídicas fueron anuladas por las prácticas neoimperialistas utilitarias. Y eso explica esencialmente la hegemonía de las lógicas meramente tácticas golpe – contragolpe en las prácticas globales.

Como el período revolucionario históricamente necesario al objeto de la democratización de las relaciones sociales y de producción, en términos generales, por lo menos en occidente, ya tuvo lugar, e implantó un avance civilizatorio, el constitucionalismo garantista, al que difícilmente sociedad alguna esté dispuesta a renunciar (pues para evitarlo cuenta con instrumentos tecnológicos e institucionales muy variados) de lo que se trata es de comprender cuáles han sido los procedimientos más eficientes para crear la cultura democrática que de ese proceso histórico, revolucionario, emergió.

Es a todas luces evidente que el fenómeno imperialista dificulta enormemente la traslación de ese proceso, del marco del Estado nacional, en el que tuvo lugar, al marco de la sociedad global, pero también es evidente que así como fue necesario al proceso de perfeccionamiento de las condiciones de existencia de las comunidades nacionales lo es hoy al proceso de preservación y evolución de la especie humana como tal especie humana.

Analicemos desde el punto de vista práctico, objetivo, algo más detalladamente, el enunciado sobre el conflicto meramente táctico que caracteriza al proceso de la civilización y qué consecuencias tiene en la realidad geopolítica global esa prevalencia de los intereses nacionales o de bloque.

Las naciones tecnológicamente mejor capacitadas para influir en los acontecimientos sociales de las competidoras implementan diverso tipo de acciones desestabilizadoras para debilitar a su adversario, escribimos.

Lo enunciamos antes, en esta misma carta, del siguiente modo: “nunca antes como en el presente el poder estatal burocrático y corporativo de los países imperialistas CREE CONTAR con tantos y tan variados instrumentos para aplicar una fuerza organizada en la dirección de lograr objetivos específicos a sus intereses propios”.

La inestabilidad en Hong Kong, Ucrania, Venezuela, India / Pakistán, Italia, Turquía, Estados Unidos, Inglaterra / Europa, Libia, etc. no es consecuencia única y directa de estas prácticas, hay causas estructurales o político culturales que facilitan la implementación de acciones desestabilizadoras por parte de potencias que para debilitar a sus competidores intervienen mediante acciones de inteligencia militar en la realidad socio cultural de las otras y luego, lógicamente, son objeto de prácticas similares en sus propias estructuras de estabilidad nacionales…

Pero las acciones de inteligencia militar son decisivas en cuanto ahondan los componentes conflictivos del adversario o en países “aliados” de los adversarios. A veces en formas vulgares, a veces en formas más sofisticadas, como las implementadas en la forma de condicionamientos que conducen a una nación a endeudarse: el caso argentino durante el gobierno de Mauricio Macri fue paradigmático en este sentido.

En necesario enfatizarlo, habitamos un mundo condicionado en su desarrollo por una sucesión de acciones desestabilizadoras de unos bloques sobre otros, en una dialéctica perversa acción – replica, en la que grupos de interés monopolísticos procuran obtener ventajas sobre sus competidores.

¿Cómo se detiene esa lógica?

Mediante el diseño de una gobernabilidad global que contemple a los problemas del desarrollo considerando a la humanidad como un todo, para lo cual es necesario que emerja de la praxis social supranacionalmente articulada una racionalidad democrática que se torne hegemónica.

Un nueva gobernabilidad mundial respaldada por cientos y cientos de millones de agentes sociales únicamente puede surgir si las sociedades comienzan a considerar sus formas de intervención en el proceso de la civilización mediante procedimientos científico culturales que vayan sustituyendo al sentido común social característico de las etapas competitivas (nacionales, religiosas, ideológicas) que, por razones fundadas, lo caracterizaron hasta ahora.

Razones fundadas porque efectivamente las comunidades humanas podían resolver mal que bien sus problemas de desarrollo enfocándose en la creación de estabilidad en sus comarcas.

El conservadurismo, el neofascismo, el ultranacionalismo, la acción de castas oligárquicas o burguesas prebendarias o burocrático estatalistas se mueven ahora en la realidad como bestias acorraladas porque el mercado global integrado según las lógicas capitalistas presiona inexorablemente a la sociedad de las naciones hacia la organización política de la humanidad socializada.

Pero como ningún país con elites autonomistas serias del mundo va a permitir, en el actual escenario geopolítico, que acciones político diplomáticas o de inteligencia militar desestabilizadoras ejecutadas por otra nación se efectivicen en sus territorios, mientras se articula la organización política de la humanidad socializada, el riesgo de una cuarta guerra mundial es enorme.

Una parte muy importante de las elites occidentales cree que puede seguir operando en el mundo con las tradicionales lógicas imperialistas del siglo XX. Ocurre, sin embargo, que la inestabilidad social en occidente es tan grave, que la respuesta, (acciones de contra inteligencia de igual proporción a la recibida), serán enormemente más desestabilizadoras que las que pueda occidente implementar en territorio de sus competidores.

Razón por la cual, de lo que se trata, es de promover, un día y otro, una conciencia universal sobre las causas que explican el actual estado de conflictividad desbocada que atraviesa la civilización.

Para ello es imprescindible elaborar un marco conceptual que posibilite la continuidad del proceso democratizador de las relaciones sociales, uno que sustituya al realismo de la objetividad competitiva, por el realismo de la humanidad socializada.

Fragmento V

“Ninguna enérgica dirección del pensamiento pasa sin dilatarse de algún modo dentro de aquella que la sustituye”.
José Enrique Rodó

Estimados Pepe y Vladimir

José Gervasio Artigas y Don José Batlle y Ordoñez crearon un sentimiento que me voy a permitir denominar como la espiritualidad democrática de una nación: sentimiento que caracteriza a la República Oriental del Uruguay.

Procuraron diseñar, cada uno en sus circunstancias, los instrumentos económico políticos, institucionales y político culturales para democratizar las relaciones sociales.

Por ello, en términos históricos, aunque de formas algo diferentes a como lo imaginaron, produjeron los contenidos espirituales que condujeron al Uruguay a disponer de una de las pocas democracias plenas del mundo.

Ninguna sociedad puede experimentar procesos democratizadores de las relaciones sociales si no incorpora a sus saberes lo más sabio de las tradiciones filosófico políticas que en semejante búsqueda precedieron a la que ella experimenta.

Tanto en cuanto los componentes de su potencia transformadora como en cuanto a la comprensión y neutralización de las fuerzas que ya por razones estructurales, históricas o culturales, se oponen o reaccionan temerosas ante el proceso de cambio.

Esto porque el conservadurismo de todas las épocas hace pie en la “autoridad” de las jerarquías establecidas; mientras el democratismo fundamenta su acción en la legitimidad mediante la cual se produce el sistema de reglas de juego a través de las cuales las clases y grupos de interés compiten por la dirección del proceso general de la civilización.

Nombramos antes a Artigas y Batlle, pero al Uruguay democrático, naturalmente, no lo construyeron algunos pocos estadistas, sino cientos y cientos de políticos e intelectuales de alto vuelo y provenientes de muy diversas sensibilidades ideológicas.

Pepe aludió recientemente a uno de ellos, Bernardo Berro, quizá para hacerle un homenaje, pues sus prácticas históricas (un civilismo radical) influyeron en el devenir cultural del Uruguay, pero más probablemente para a su modo “gaucho” (sofisticadamente crítico tanto del historicismo conservador como del voluntarismo determinista), mandar un mensaje a las futuras generaciones.

Hace 100 años, en 1920, un descendiente directo de Berro, Aureliano Berro, publicó un libro titulado: Bernardo P. Berro. Vida pública y privada.

Pepe mencionó en una entrevista a Berro en el mismo momento en que yo me aprestaba a concluir esta carta y leía, precisamente, ese texto.

Procuro desentrañar la forma en que la racionalidad democrática llegó a constituirse en hegemónica en las prácticas políticas del Uruguay.

De modo que, en fin, el azar ha metido la cola y me planteó la necesidad de incorporar más texto a este texto, por lo que ahora que me apresto a concluirlo, sí vuelvo a disculparme por su extensión.

Aunque en realidad no se trató de azar, sino del hecho evidente de que al resultar absolutamente imprescindible encontrar respuestas civilizatorias a la aguda crisis global, esa desafiante circunstancia nos orienta a todos los que buscamos respuestas, a reflexionar sobre cómo han tenido lugar los procesos de producción de cultura democrática en algunas naciones, para que puedan servir como modelo, pues el mismo proceso tendrá que tener lugar en el mundo en cuanto mundo.

Pepe mencionó al expresidente de la República Bernardo Berro, – aunque de origen burgués, algo como un José Mujica del siglo XIX y por ello mismo por él reverenciado, un civilista radical que sin embargo no temió, cuando tocó, a ser protagonista en conflictos militares-, pero pudo haber nombrado también a José Pedro Varela, o a otro cualquiera de los cientos de intelectuales autónomos o, los más, orgánicos de la burguesía y del patriciado, (más o menos organizados en la Masonería los primeros, más o menos orientados por la Iglesia los más devotos católicos), y que mientras se disputaban la hegemonía cultural, procuraron, a su vez, moviéndose entre dos gigantes (la Confederación Argentina y el Brasil Imperialista) y durante un siglo, trabajar lo que José Enrique Rodó denominó: “la cuidadosa adaptación de los medios a los fines”.

No lo lograron enteramente, porque de vez en vez “la norma no prevaleció, la superó el sentimiento”, tanto de un pueblo que aspiraba al mismo tiempo a construir su autonomía e igualdad en medio de intereses imperialistas como por la reacción histérica de las clases sociales acostumbradas a “dominar”, “mandar”, mediante el control monopólico del poder institucional.

El argumento mediante el cual las clases conservadoras han pretendido históricamente justificar su “derecho” exclusivista al mando refería y refiere a que “alguien” tiene que controlar a las “indisciplinadas” e “ignorantes” masas.

Artigas y Batlle y Ordoñez por el contrario, optaron por la implementación de prácticas orientadas a la elevación cultural y a la organización de los sectores sociales históricamente subordinados para que ellos mismos condujeran al proceso democratizador.

No obstante lo cual, he aquí la razón de la significación histórica de sus afanes democrático revolucionarios, sin descuidar, ni por un segundo, la creación de formas políticas que permitieran administrar político jurídicamente a todos los componentes conflictivos del proceso de la civilización.

Siguiendo esa lógica dialéctica, Vaz Ferreira, Arturo Ardao, Rodney Arismendi, Líber Seregni, Julio María Sanguinetti, Wilson Ferreira Aldunate, fueron, luego, durante el siglo XX, otros tantos tesoneros creadores de “racionalidad democrática”.

A la izquierda o el centro izquierda del universo ideológico unos, al centro derecha otros, pero todos ellos “gramscianos”, (conscientes o inconscientemente “gramscianos”) esto es, lúcidos productores de cultura política.

A ninguno de ellos espantaba el conflicto que de vez en vez estalla, porque lo sabían orgánico, pero la dimensión de la tragedia uruguaya del siglo XIX, desde Artigas a Batlle y Ordoñez, una sucesión de guerras civiles, les educó en la enorme, sofisticada complejidad, de lo que en el libro de las 1001 páginas, siguiendo a Marx y Engels, he denominado como la “dialéctica de la humanización”: el proceso económico productivo, ético cultural y político jurídico (TODO AL MISMO TIEMPO), mediante el cual como especie procuramos administrar el devenir humano del animal que somos y los conflictos de intereses y de clase que reproduce inexorablemente la sociedad jerárquica y estatalmente organizada.

En algunos momentos mediante la “crítica de las armas”, en otros, cuando las inequidades anulan el contenido genético de la igualdad de la especie, procurando contener los desbordes en que necesariamente siempre incurren “las armas de la crítica”.

Todos ellos debieron administrar la rebelde, complejísima peculiaridad identitaria de lo “gaucho”, a la que luego se plegó y modeló, el ánimo herido de las sucesivas oleadas de inmigrantes europeos que traían en sus baúles episodios, memorias, de las lucha de clases y espirituales que conmovieron durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX a franceses, italianos, ingleses, irlandeses, polacos, húngaros, gallegos, catalanes, vascos, canarios, alemanes, nórdicos, serbios, croatas, rusos…

Esa mezcla entre lo gaucho artiguista y lo proletario de alma todavía campesina (la mayoría de los inmigrantes del sur de Europa) produjo algo como un rebelde igualitarismo democrático al que enfrentó el ultra conservadurismo patricio a lo largo de la historia, siguiendo esencialmente las tendencias ideológicas producidas por la reacción de la aristocracia europea ante el incontenible proceso de democratización de las relaciones sociales que caracterizó a la Europa del siglo XIX.

Y es que el capitalismo librado a sus lógicas orgánicas produce desigualdad, pero también la competitividad tecnológica con la cual genera las condiciones materiales y CULTURALES (enormes masas de individuos involucrados en los procesos científico técnicos competitivos), para su superación.

(En el sur americano del mundo, ese proceso dialécticamente contradictorio tenía que “disciplinar” a poblaciones gauchas libres, acostumbradas a adentrarse en la vida desde la libertad natural de un hábitat generoso, a la disciplina de las embrionarias formas de producción capitalistas, con horarios, patrones y ranchos estables en los cuales aposentarse y luego había que hacer lo mismo con las igualitarias aspiraciones obreras).

Ni la historiografía de “izquierda”, caracterizada en general por un nacionalismo anti – imperialista y un voluntarismo estatalista más bien infantil, ni la “oficial” academicista, ha realizado todavía en la “Cuenca del Plata” un análisis riguroso de la compleja dialéctica emanada del hecho de que la revolución independentista de América del Sur, tanto como los procesos autonomistas posteriores, estuvieron condicionados en sus contenidos principales por un complejísimo entramado de conflictos estructurales, espirituales y culturales.

Entramado en el que se expresaron la influencia positiva de la revolución norteamericana hasta la emergencia en esa nación del imperialismo propulsor de las lógicas de la guerra fría,

el radicalismo fuera de control de la lucha de clases en la Europa cuya decadencia comenzaba y que se prolongó hasta el fin de la segunda guerra mundial,

las tribulaciones ideológicas contra revolucionarias, ahistóricamente antidemocráticas, del catolicismo ultraconservador,

el anticapitalismo aristocrático existencialista, de origen sajón, y el latinismo vulgarmente antisajón, que contradictoriamente, del proceso de modernización capitalista en todos lados emergió, (pero que contenía componentes antiutilitaristas espiritualmente densos),

la progresiva emergencia de un tercero en discordia (ya hablamos de las batallas del siglo XIX entre la Masonería y la intelectualidad católica, de la burguesía y el patriciado): el intelectual orgánico de los trabajadores. Los partidos marxistas y republicanos radicales, que en algunas naciones, como en el Uruguay batllista y luego en el frenteamplista, empujaron procesos al mismo tiempo democratizadores y autonomistas,

los sucesivos fracasos desarrollistas experimentados competitivamente, – no siguiendo lógicas integracionistas profundas como las que en cambio protagonizó la Unión Europea-,

las dificultades del “disciplinamiento” al mismo tiempo cultural y productivo necesario a las formas de producción capitalista, de los trabajadores herederos del espíritu gaucho y libertario de los proletarios anarquistas y socialistas que desembarcaron de los barcos,

los agudos resentimientos de clase emanados en la realidad sudamericana como réplica a las diversas prácticas autoritarias de las oligarquías “nacionalistas” cuya noción de “patria” radicalmente elitista fue contestada por la noción de “patria” para todos,

y en fin, sin considerar a la vez a toda la trama compleja que aquí apenas enunciamos del proceso de la civilización según como él se vivenció en América del Sur, la concatenación de todas las dialécticas de conflicto económico estructurales y espirituales, culturales, que lo caracterizaron.

Todavía prevalece entre los historiadores la muy esquemática dualidad “civilización o barbarie” como caracterización del conflicto histórico cultural que marcó al continente, un superficial desdén por la significación del mundo indígena, gaucho, criollo, o por el contrario, un igualmente superficial desdén por la significación histórico cultural del aporte europeo al proceso de la civilización.

Pero lo importante a resaltar aquí es lo siguiente.

En el Uruguay, del proceso histórico caracterizado por todas esas -y otras menos significativas- dialécticas de conflicto, emergió una racionalidad democrática que al ser aprehendida socialmente, incorporada como valor civilizatorio, logró generar las condiciones para que por lo menos como tendencia, prevalezca en las relaciones sociales la cultura democrática por sobre las destructivas y a mediano plazo autodestructivas prácticas impositivas sistemáticas de unos intereses y cosmovisiones del mundo sobre otros.

El proceso mediante el cual eso ocurrió me propongo analizarlo, si la azarosa peripecia de la vida me lo posibilita, en toda su complejidad, pero ahora, para concluir esta carta, ocupémonos de lo primordial.

¿Es posible, sigue siendo posible, como querían los estadistas Bernardo Berro, (que como Pepe, cuando escapaba a sus responsabilidades políticas se iba a trabajar como agricultor a una chacra), o José Pedro Varela, tomar de la tradición europea su cultura general y de la anglosajona su civilismo democrático y su productividad o como quería Batlle y Ordoñez, de la tradición republicana radical y del socialismo sus componentes demócrata igualitarios y, como quería Rodó, procesarlos con “moderación” para orientarlos “gradualmente” hacia la extensión de la cultura democrática, siguiendo las lógicas competitivas capitalistas únicamente administradas al interior de las fronteras del Estado nacional?

¿O al interior de un conglomerado de Estados política y económicamente asociados para competir con otros Estados?

O lo que es lo mismo: ¿Sigue siendo posible experimentar procesos de democratización de las relaciones sociales al interior de una comunidad política organizada en la forma Estado nación como logró hacerlo el Uruguay?

La respuesta es, categóricamente, no.

Y ello implica la necesidad de operar una enorme transformación cultural universalmente producida.

Todas las tecnologías necesarias a la articulación de un sujeto democrático universal están disponibles para viabilizar esa producción.

Ningún “realismo realista” que se ocupe de la geopolítica según las lógicas del Estado nacional (o una articulación de Estados nacionales), ninguna forma de aislacionismo supremacista, ni de neoimperialismo, ningún autoritarismo (porque cada vez son más los individuos preparados para disputar, para competir, por la riqueza generada socialmente), ninguna lógica “caudillista” (como la de aquellos que movilizaban a sus tropas con la Cruz ondeando a su frente), ni “doctoral”, civilizatoria idealista, ningún voluntarismo populista, logrará implementar de ahora en más formas de estabilidad político institucional si en sus prácticas considera únicamente, toma en consideración únicamente, a las viejas lógicas del Estado nacional.

Las elites políticas tendrán que aprender a implementar prácticas civilizatorias que consideren científico culturalmente a la “humanidad socializada”.

Y para ello tendrán que respaldarse, como es lógico, en los “ciudadanos del mundo”.

Hace ya muchos, demasiados años, un jovencito hijo de un diplomático soviético en Uruguay se acercó a la redacción del periódico en el que entonces yo laboraba. Había decidido que quería ser periodista y buscaba apoyo para desarrollar una investigación sobre la comunidad rusa en Uruguay. Las redacciones de los medios frecuentemente “expulsan diplomáticamente”, digamos, ya que del hijo de un diplomático hablamos, a los innumerables jóvenes que se acercan por tal o cual razón “personal”, salvo que vengan a aportar información relevante.

Este último no era el caso, pero el joven resultó, para decirlo en lenguaje rioplatense, “muy entrador”, por su inteligencia y simpatía, de modo que logró que un par de periodistas de aquella redacción lo “apadrináramos”.

Aquel joven, Sergey Brilev, es hoy uno de los más importante periodistas de la televisión rusa, un profundo conocedor de la Historia de la República Oriental del Uruguay y espiritual y culturalmente, una formidable mezcla de lo mejor de lo ruso y de lo uruguayo y como viaja mucho, el embrión del nuevo ciudadano del mundo que irá emergiendo en todas partes.

La última vez que nos vimos, ante el semblante sabio de José Gervasio Artigas, que en la forma de un busto de mediano porte nos miraba desde un ángulo del escritorio donde en su domicilio moscovita trabaja historias que luego serán documentales, dialogamos, largamente, sobre la sofisticada riqueza de la cultura política uruguaya.

He procurado aquí, muy simplificadamente, exponer el contenido de aquella conversación, cuyo asunto central lo fue el análisis de la forma en que el Uruguay transitó desde “la tierra purpurea”, (W.H.Hudson), bañada por el rojo de la sangre de los “gauchos” dirigidos por caudillos indecisos entre crear un Estado nacional o aliarse en forma más o menos autónoma con Argentina o Brasil, (una sucesión de guerras civiles con potencias extranjeras inmiscuidas, muy involucradas) al, desde el punto de vista de la cultura democrático institucional, el pequeño país modelo que, con altibajos, desde aquellos conflictos y de los conflictos de clases del siglo XX, emergió y pervive.

Lenta, pero sistemáticamente, los “ciudadanos del mundo”, los ciudadanos de la “humanidad socializada”, los ecologistas y los movimientos feministas más maduros, los productores de la nueva economía, los asalariados gramscianos (que comiencen a manejar con sutileza la dialéctica cultura nacional / cultura universal), los intelectuales que intercambian en redes como Médium y otras ancladas en las universidades públicas, los periodistas que han logrado superar la vulgata posmoderna, los jóvenes cosmopolitas, irán constituyéndose en el sujeto social del enorme cambio civilizatorio que resulta necesario implementar.

A nadie escapa que hay que administrar un “mientras tanto” plagado de peligros, pero si la orientación general no enfatiza en la producción de cultura democrática universalmente institucionalizada el riesgo de la militarización de la política mundial, los tsunamis de inestabilidad que de esa militarización emanan, acabarán abriendo un nuevo y dramático período guerrerista.

El estado actual de transición entre las lógicas del Estado nacional y la humanidad socializada, precisamente por tratarse de una transición, no facilita que la lógica “rodoniana”, “administrar cuidadosamente los medios a los fines”, por el carácter cortoplacista de los líderes globales, logre imponerse como cultura general asimilada, como ocurrió en la democracia uruguaya.

Sin embargo, únicamente los estadistas que consideren la entera complejidad de este proceso pasarán, como Artigas y Batlle y Ordoñez, a la historia. A los demás les espera primero el repudio general, luego, el olvido.

Nota:
Como Pepe y Vladimir Putin tienen interiorizadas, por aquello que expone Rodó: (“Ninguna enérgica dirección del pensamiento pasa sin dilatarse de algún modo dentro de aquella que la sustituye”) componentes de una formidable epopeya democratizadora de las relaciones sociales, a ellos decidí dirigirles esta carta abierta. Tengo para mí que han tenido y tienen, condiciones para no pasar al olvido. Como pasarán, desgraciadamente, los líderes mundiales del G7, que una y otra vez se reúnen con nutrida agenda y no resuelven ninguno de los problemas que los convoca porque siguen pretendiendo funcionar según las formas diplomáticas de la ya agonizante “humanidad fragmentada”.

 

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Gerardo Bleier

Gerardo Bleier

Gerardo Bleier nació el 26 de noviembre de 1960. Escritor, Periodista y Asesor en Comunicación Estratégica. Dirigió revistas, radios y programas de televisión. Publico varios libros de poesía entre ellos Ideanimas (Arca) y Cenizas (Artefato) y una novela Cráneo de Vaca (Cruz del Sur). http://gerardobleier.blogspot.com/

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