CAMOUFLAGE EN MONTEVIDEO Fotografía Javivi Rivero

CAMOUFLAGE – 15 de Setiembre, Teatro El Galpón

Llego a ver a Camouflage un poco apurada, pero más puntual que siempre. Entro a medias, pero adivino un “21:30” en el cartel de la entrada. Miro el reloj de nuevo porque no puedo creerme a mí misma. Son las 20:55. Debo haber crecido o algo.

Me dispongo a armarme un tabaco. Pienso que si alguien (dudo) alguna vez leyó alguna nota anterior mía, hay una que dice que dejé de fumar. Me regodeo en mi incoherencia y saco las hojillas. Arranco una. Se me acerca un hombre, un extraterrestre. “¿Tenés entradas?”, me pregunta, con un interés casi drogadicto. No, le contesto, extrañada. Intercambiamos las formalidades de rigor. Se aleja. Al poner yo el tabaco en la hojilla, siguiendo con mi labor, se acerca de nuevo. “Perdoná, pensé que las hojillas eran un talonario, viste que a veces sale gente con entradas a venderlas y salen con talonarios”. Me río. No, no había visto.

Termino de armar a duras penas un cigarro un poco desarmado y lo enciendo. Ya por la mitad, se acercan más marcianos. Ya entiendo, quieren sacarse una foto con el cartel que tengo justo atrás. Me corro a un costado y los miro. Son casi turistas japoneses. Después de ellos llegan otros. Luego otros. Pero serán interrumpidos. Por los bomberos.

Mientras espero, escucho las sirenas. Ya las conozco, la semana anterior vi bomberos dos veces saliendo yo de la facultad. Calculo que habrán hecho dos cuadras en el camión. Se detienen justo enfrente, pero no veo el fuego. No es sino hasta que un señor grita a las carcajadas “¡Es un asado!” que veo que sale humo de un edificio, más o menos del quinto piso. “¡Se le prenden fuego las morcillas! ¡Ayuda!”.

Siguen llegando treintañeros, se paran a mirar el espectáculo. Los bomberos dialogan con un señor, seguramente el delincuente iniciador del fuego, un señor que no entendía nada, en su infracción alimenticia. Ya resuelto el problema, sale un hombre del teatro y nos avisa que acaba de terminar la banda telonera: ya está por empezar. Voy a acreditarme y estoy rodeada de alemanes, muchos toman cerveza uruguaya. Pero mi dignidad le gana a mi curiosidad (“¿Les gustará?”) y entramos.

Hay gente en los pasillos, grupos de gente con camisa cuchicheando. Un señor le dice a otro “Me parece que estos son los de New Order”, refiriéndose al público, con un “son todos unos caretas” implícito. Me divierto contando David Gahans, ya vi como tres.

Piden que nos sentemos, va a empezar el toque y estamos todos desperdigados por los pasillos. Se apagan las luces y se encienden otras, grandes focos de luz interpelándonos, buscando algo entre medio de nosotros. A veces nos ciegan y otras nos muestran. Silencio. «Greyscale», dice una voz grabada a lo lejos. No entendemos mucho. Sigue hablando, El gris es un color sin color. Idiomas, voces, y enseguida Laughing. Entran. No puedo creer que estoy en un toque de tales características. 

Todo lo que le sigue es impresionante. La gente se mueve hacia la parte de adelante del escenario enseguida, la gente quiere bailar, la gente quiere ver todo bien de cerca, no se quiere perder nada. Enseguida nos volvemos un pegote.

Me pasa que estando en este toque, y conforme va avanzando, tomo la decisión de ir a ver a Depeche Mode a donde sea. Me gusta Camouflage, pero le falta la violencia de Depeche Mode, le falta complejidad en las letras, le falta un poco de contenido, tampoco es tan industrial como Kraftwerk, siento permanentemente que me falta algo.

Marcus salta, corre todo el escenario, da un verdadero show. Al cabo de tres temas está completamente sudado. Se dirige a nosotros en inglés. Pide una toalla, se la traen, y nos cuenta: «Hace unos días tocamos en Sao Paulo. ¡No tenían toallas!». Retoma con I’ll follow behind.

La gente baila, grita «¡Marcus!», cantan en voz alta, interpretan las canciones, saltan, explotan. La gente de los 80 sabe de esto de hacer música, saben hacer música para bailar, para saltar, para cantar, para coger, para escuchar, para pensar.

Luego de un par de temas nos cuenta otra anécdota, sobre su necesidad de moverse: «En un concierto me quebré una pierna, pero seguí tocando». Aquí la gente aplaude, grita y chifla. «Dije, ‘tal vez debería ir a hacerme rayos X’. Estaba quebrado. Al día siguiente tenía otro concierto, y me senté en una silla. Fue un concierto fantástico, pero nunca más voy a sentarme en un concierto».

Comienza Misery, y enseguida We are lovers, que la gente corea. Luego Leave your room behind, para lo que nos pide ayuda con los coros. Nos enseña lo que hay que cantar. «Va a ser increíble, créanme». Lo fue. Le creímos bien.

Ya tirando al final empiezan a caer los éxitos. Asoma Suspicious love. La gente pide Love is a shield, que será la última canción que toquen. Aparece la sensual Handsome, Shine y nos arroja The great commandment «como para ir picando». Sigue haciendo la espera con End of words y Me and you. Un señor que estaba dormido adelante saca unos binoculares y se levanta a verlos. Otro señor al lado baila desaforadamente.

Finalmente juegan al bis y nos traen Love is a shield. Por fin. Las señoras enloquecen, el baile llega a su cúspide y dura lo que dura la canción. Y así sin quererlo nos vamos. Un toque que nos deja muchos temas nuevos y que sin duda fue increíble, aunque a mí personalmente Camouflage me parece una banda impresionante a la que le faltó incubadora. Pero habla una residente de los años 1990 y 2000. Qué tendré yo para decir. Me llama Britney, nos vimos.

Imagen portada: Fotografía: Javivi Rivero – 4 cuarenta

 

 

   

 

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Mad Madelaine

Mad Madelaine

A diferencia de su progenitora, no nació, sino quizá apareció, con la única misión de fundar y administrar el Primer Club de Fans de los Fideos con Manteca y Queso. Como ocurre con los clones, y los viajes en el tiempo, algo salió mal y Mad Madelaine fagocitó a quien escribe adquiriendo sus superpoderes: Nació el 6 de Marzo de 1991, estudia Lingüística en Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, y puede correr a la velocidad de la Luz.

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